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La paz justa
Por un asunto personal que ahora no viene a cuento mencionar, llevo unos días dándole vueltas a esta pregunta: ¿qué es más importante: la paz o la justicia? Hasta hace cuatro días, con el adolescente impetuoso que llevo dentro desde hace cincuenta años, habría contestado sin dudar: “¡la justicia!”, así, con signos de exclamación. ¿Qué es la justicia? Contribuir a que cada persona viva según lo que se merece, sabiendo que ese mérito tiene diversos orígenes: su condición de ser humano, su condición de ciudadano, su esfuerzo, sus logros, etc.
La justicia nos da la idea de retribución: ¿soy un hombre?, pues entonces merezco ser tratado como tal; ¿soy un ciudadano?, pues entonces merezco que las leyes me protejan; ¿he contribuido a una causa noble?, pues entonces merezco que eso me sea reconocido.
Sin embargo, a medida que voy peinando canas, valoro cada vez más la paz. Curiosamente, la definición de paz no es muy distinta de la idea de justicia: vivir de tal manera que los derechos humanos de todos sean respetados habitualmente. La proximidad de ambas definiciones hace pensar en que tal vez la paz y la justicia estén próximas la una de la otra. Repitamos la pregunta: ¿qué es más importante: la paz o la justicia? La respuesta correcta parece obvia: no son incompatibles; no es la una o la otra; lo importante es una paz justa. Es cierto.Sin embargo, en la vida a veces hay que escoger; hay ocasiones en las que la realidad, sin tú desearlo, te sitúa ante esta bifurcación: ¿paz o justicia? ¿Por cuál optamos?
Lo dicho: durante años he contestado “¡la justicia!”, así, con signos de exclamación; ahora, cada vez más, contesto “la paz”, así, sin signos de exclamación.
Sin embargo, ¿tiene sentido una paz sin justicia? Ciertamente no. Definitivamente la respuesta es “una paz justa”. No obstante, la paz justa es como una montaña con dos caras, la norte y la sur, la paz y la justicia. A veces, conviene subirla por la cara norte (la paz) y a veces por la cara sur (la justicia); hay que saber escoger qué ladera es la mejor en cada momento; pero el resultado final, la cumbre, solo puedo ser la paz justa.
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Ucrania
Las causas de la invasión rusa de Ucrania desde febrero de 2022 hasta la fecha son complejas y no las expondré aquí, si es que alguien las conoce con exhaustividad. Hay muchos factores en juego, y algunos se remontan a siglos atrás. Subrayaré tres:
1. Con la invasión de Ucrania, la Rusia de Putin ha enviado un mensaje a la OTAN y a la Unión Europea: “No nos gusta que os estéis acercando tanto a nuestra frontera”. No olvidemos que la Rusia de Gorbachov aceptó la reunificación alemana a cambio de un compromiso occidental de no ampliar la OTAN al este, un compromiso que no se acabaría respetando.
2. Con la invasión de Ucrania, la Rusia de Putin ha vuelto a estar en el panorama mundial, del que había desaparecido hacía más de treinta años con la implosión de la Unión Soviética. Desde entonces, nadie temía a Rusia, y francamente a nadie le importaba Rusia. Ahora, en cambio, nadie mueve un dedo sin mirar antes a Moscú.
3. En Ucrania había dos sensibilidades políticas muy marcadas: la mitad de la población era partidaria de acercarse al oeste (OTAN y Unión Europea) porque veían en occidente el futuro y el progreso, y la otra mitad, de acercarse a Rusia porque veían en Rusia el aliado histórico natural. Ambas llevaban parte de razón, pero sus razones eran incompatibles. Nadie puede nadar en dos océanos a la vez, ni subir una montaña por dos laderas al mismo tiempo. Hoy, con el país hecho añicos, los ucranianos solo sueñan con volver a sus casas, llorar a sus muertos y vivir en paz.
Sin duda, la realidad es mucho más compleja, pero creo que estos tres factores son esenciales. Los dos primeros se pueden reducir a una sola idea: la añoranza rusa de la Guerra Fría; concretamente, la añoranza de Putin de aquellos años gloriosos. El tercero se puede expresar en estos términos dicotómicos: ¿Es Ucrania rusa o europea?Las cifras de muertos de esta guerra son de espanto. No las sabemos con exactitud, pero podrían ser de unas 200.000 bajas rusas y unas 50.000 ucranianas, lo que nos daría un total de unos 250.000 muertos.
Las cifras de desplazados y refugiados rondan los diez millones: cerca de cuatro millones de desplazados (o sea, dentro de Ucrania) y unos seis millones de refugiados (o sea, en el extranjero). Es una tragedia de proporciones descomunales.
Si nos pusiéramos a discutir, encontraríamos buen número de razones prorrusas y otras tantas pro-ucranianas, pero sean las que sean las que más eco tengan en nuestro espíritu, hay dos ideas indiscutibles:
1) El desplazamiento tan acelerado de la Unión Europea y de la OTAN al este de Europa fue una torpeza. Objetivamente, cada país soberano se alía con quien quiere, pero en el mundo real siempre has de prever cómo reaccionarán tus vecinos antes de dar según qué paso. Occidente creía que el oso ruso estaba muerto, pero en realidad estaba vivo. Viejo, sí, pero vivo.
2) Putin no tiene ningún derecho a tratar de rehacer el mapa europeo anterior a la caída del muro de Berlín. Los rusos perdieron la Guerra Fría. En la vida hay que saber pasar página. Este regreso de Rusia no es más que una aventura sin sentido, como el retorno de Napoleón de la isla de Elba, que acabó con la derrota definitiva de Waterloo. Quién sabe en qué acabará el regreso ruso.
Seguiré, espero.
