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El Límite

Tengo que agradecer a Mariano el que vaya centrando sus artículos, más que en disquisiciones lógicas, en la perspectiva espiritual, tracendente a toda reducción confesional o institucional. Él va recogiendo los testimonia de cómo  se sigue manifestando hoy en el interior de las personas el Ser que nos hace ser a todos los seres» (cf. la última entrada de Boff). Y declara, el primero por ahora, que sigue mi invitación a entrar directamente en los textos de Grothendieck, él, Mariano, que es matemático, filósofo y psicólogo, además de creyente.  Así lo manifiesta al final de su artículo. Gracias. AD.

Hubo un tiempo en que el ser humano no conocía el límite. No porque lo hubiera superado, sino porque aún no lo había concebido. Su cuerpo, su mundo, su noche estrellada, el susurro del viento y el rugido de los dioses no eran cosas distintas. Él era tierra, fuego, agua, sombra. No se pensaba separado del todo. No se decía frente a las cosas, sino con ellas y en ellas. Todo lo que existía tenía voz y sentido: el viento hablaba, los animales enseñaban, las piedras conservaban memoria. No había un “yo” que dominara ni un “mundo” que se resistiera. La conciencia nacía sumergida en un todo vivo y resonante. El universo no era objeto, sino compañía.

En esa etapa originaria —no solo cronológica, sino estructural—, la experiencia humana era holística, simbólica, mítica y mística. Nada de razones. Nada de justificaciones. No porque fuera primitiva, sino porque aún no se había fracturado. El límite aún no existía, no era necesario porque no había escisión. La muerte no era una ruptura, sino una transformación. El dolor no exigía explicación, porque formaba parte del ciclo sagrado. La pregunta no era “¿qué soy yo frente al mundo?”, sino a lo sumo, un asombro: el “a priori” de toda pregunta.

Pero un día —quizá al mirar su reflejo en el agua, o al contar las estrellas con la razón naciente— el ser humano se descubrió distinto. Por primera vez se sintió fuera del mundo, observador de lo observado, pensador del pensar. Y con ese gesto, nacieron los límites: entre el yo y lo otro, entre el saber y el no saber, entre el cuerpo y el espíritu, entre el bien y el mal, entre lo que puede decirse y lo que solo se presiente. El límite no fue entonces una derrota, sino una conquista trágica: dolorosa pero necesaria, porque abrió el espacio de la conciencia. Gracias al límite, el ser humano pudo nombrar, pensar, distinguir, comparar, elegir. Pero también, desde ese día, empezó a añorar algo perdido: la unidad.

Desde entonces, toda ciencia, toda filosofía, toda religión, todo arte, no son más que formas diversas de responder a esa fractura. Lo primero que la razón nos arrojó ante los ojos fue la ruptura de la unidad, objetivada en el Límite. Porque ésta es la armonía del todo, anterior a cualquier distinción, la latencia viva de un orden.

En el principio del principio, no reinaba el caos. Reinaba la Unidad. ¡Cuántas teorías cosmológicas y antropológicas, por lúcidas que sean en su ámbito, quedan relativizadas ante esta afirmación cuando se considera la totalidad del ser! Teilhard de Chardin hizo un buen intento de integración del caos con el “Acto Saturado de la Creación”. Pero se quedó en intento. En el límite. En la metáfora, que a fin de cuentas es el mejor método de aproximación hacia la esencia de dicho acontecimiento. Pues en el leguaje literario, la metáfora representa en cierto modo, lo que en el lenguaje matemático el límite. Su intuición se detuvo —como toda gran visión humana— en el umbral del misterio, en donde la metáfora es el modo más honesto de acercarse a la esencia de lo inefable.

El límite se volvió condición del pensar, pero también herida abierta. Todo razonamiento parte de lo que puede decirse, pero todo verdadero pensamiento presiente que hay algo que no cabe en su decir. Todo acto creador humano nace en la tensión entre lo que se posee y lo que se desea. Pero todo impulso espiritual es nostalgia de lo que alguna vez fue —o pudo ser— comunión sin separación.

Y, sin embargo, el límite no nos deja en la nostalgia. No nos condena al corte. Muy al contrario: nos empuja hacia adelante, nos llama a un nuevo tipo de unidad, ya no inmediata como en los orígenes, sino libremente buscada e interiormente aceptada, no conquistada. En lo más técnico de la ciencia, en lo más agudo de la razón, en lo más profundo del corazón humano, el límite no cierra: abre. Abre a un orden mayor, a una verdad que no se posee pero que sostiene, a una realidad que no se controla pero que llama. El límite es frontera, pero también umbral.

En ningún ámbito ha alcanzado el concepto de límite una formulación tan precisa y fecunda como en la matemática. Allí no es metáfora ni aproximación: es piedra angular. Gracias al límite, el pensamiento numérico pudo abrazar lo discretamente continuo, modelar el cambio, pensar lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande con rigor absoluto, pero dentro de los límites. El cálculo infinitesimal hizo posible medir lo que se transforma, describir lo que tiende sin llegar, comprender lo que nunca se toca, pero ordena todo lo que se mueve.

Un número que no se alcanza, pero al que se puede aproximar indefinidamente. Una curva que nunca roza el eje, pero lo abraza desde la eternidad de su asíntota. Así trabaja la matemática: no reduciendo el infinito, sino tendiendo hacia él. El límite permite hablar con veracidad de lo que escapa a lo tangible. Y en esa paradoja está su grandeza: solo aceptando que hay algo a lo que no se llega, podemos calcular con exactitud relativa todo lo demás.

Este límite matemático es también una imagen profunda de la condición humana. Porque el ser humano, como la función matemática que se aproxima a su realidad, vive en tensión constante hacia un sentido que no posee del todo. La realidad misma parece construida según esta lógica: no se ofrece nunca del todo. Se nos ofrece muy discretamente, pero se deja rozar con fidelidad creciente. La matemática no es solo una ciencia de la cantidad: es una mística del acercamiento. El buen matemático que capta el verdadero sentido del límite, así lo siente.

La física convierte ese límite en experiencia del mundo. En la física relativista, Einstein mostró que el espacio y el tiempo no eran absolutos, sino relativos al movimiento y la masa. Estableció un límite absoluto: la velocidad de la luz. Los agujeros negros nos enseñan que hay regiones del universo más allá de las cuales ya nuestra razón carece de razones. El horizonte de sucesos es un límite de experimentación y observación, no de existencia.

Y la física cuántica es aún más radical. El principio de incertidumbre muestra que no es posible conocer simultáneamente ciertas propiedades: no porque falte capacidad técnica, sino porque así está constituida la forma de contemplar racionalmente la realidad. La función de onda colapsa al ser observada. Mejor dicho: colapsa la razón que observa. El observador altera y modula lo que mide. La realidad ya no es independiente de quien la observa. El límite ya no está solo en el objeto, sino también en el sujeto. Lo que parecía frío cálculo, trasciende todo principio de causalidad y se transforma en revelación.

La filosofía ha pensado también el límite desde múltiples ángulos. Kant lo formuló con claridad: no podemos conocer las cosas en sí, solo los fenómenos. El límite es el precio de la razón, pero también su gloria. Sin él, todo se disolvería en ilusión. La fenomenología mostró que la conciencia no agota lo que percibe: lo toca, pero no lo domina. La hermenéutica descubrió que todo sentido es interpretación, y toda interpretación un acto de humildad. Heidegger llevó esta conciencia hasta la existencia misma: el ser humano es finito, y esa finitud no es una carencia, sino su posibilidad más alta.

La experiencia humana confirma todo esto. El cuerpo, el tiempo, el lenguaje, el deseo, el otro: todo nos recuerda que no somos todo, pero que estamos hechos para más. El límite no nos niega: nos configura. Nos abre al otro y a lo otro, nos lanza hacia el futuro, nos obliga a elegir en su doble vertiente, de acoger o de rechazar. En cada límite hay una promesa que nos susurra: no estás solo, no eres absoluto, pero estás siendo sutilmente llamado, invitado…

La dimensión espiritual acoge esta verdad con mayor delicadeza aún. Dios no es lo que colma nuestras categorías, sino Quien las trasciende. El límite, en lo espiritual, no es una frontera: es un lugar de revelación. Lo divino no se impone, se insinúa ofreciéndose, no imponiéndose. Habita en el vacío que se acepta. Se revela en la herida asumida. La mística lo ha sabido siempre: quien pretende poseer a Dios lo pierde. Quien se entrega al límite, lo encuentra. Por eso le exigencia de “demostrar” a Dios es una distopía. Es como poner puertas al campo, dicho sea, en forma popular.

Tal vez aquí quepa recordar que: en la plegaria más honda del Evangelio, resuenan aquellas palabras que no invocan una fusión, sino la restauración de la unidad viva: “Padre, que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que ellos también estén en nosotros”. Como si el límite, en su herida, llevara grabada “la promesa de una nueva Jerusalén”, no impuesta desde fuera, sino redescubierta en lo más hondo del ser. Y aquí, en la “promesa” es donde el Límite deja de limitar.

Y también es aquí donde se muestra el mayor contrasentido de nuestros días: cerrar la razón sobre sí misma, negando aquello que más claramente nos revela. Quedarse en una razón contingente, funcional, técnica, sin ver que el límite que descubre es su mayor evidencia, es negar la verdad que la razón misma nos ofrece. Es querer comprender sin comprenderse y resistirse a aquello que más profundamente nos hace humanos.

No hay mayor ceguera que la del pensamiento que se niega a mirar donde más puede ver. La razón, al descubrir el límite, no pierde su fuerza: la descubre. Quien convierte ese límite en muralla traiciona su evidencia más alta a la vez que asfixia a su razón: que el conocimiento auténtico no es posesión, sino comunión. Que la verdad no se agota en la explicación, sino que empieza a desplegarse en la contemplación. Que el límite no clausura el sentido: lo abre.Y así se cumple una vez más aquella vieja sabiduría: solo quien acepta el límite, es digno de la totalidad. Solo quien no pretende comprenderlo todo, es capaz de comprender lo esencial. El límite, en su humildad silenciosa es a su vez, la luminosidad victoriosa de la razón sobre sí misma. Porque allí donde se detiene, comienza a ver por participación, no por posesión.En el límite está: El susurro de Dios hoy « ATRIO

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