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La justicia y la paz se besan

Este artículo nos llegó la semana pasada. Aunque ha permanecido un tiempo en la carpeta, no pierde actualidad en que todo el mundo recuerda la figura de Francisco, promotor de la paz en todas las partes de mundo. AD.

 

El camino cuaresmal nos conduce a una meta: la resurrección; o lo que es lo mismo, la transformación radical del ser humano, cuyos pilares básicos e imprescindibles son la justicia y la paz. La resurrección humana no es otra cosa que el ser justo y pacífico.

La justicia y la paz cada vez están más marginadas, tanto individual como socialmente. Platón lo diagnosticó con cierta exactitud: no hay transformación social, ni se consigue una sociedad equilibrada y justa, si no hay transformación individual, personal, basada en la armonía y en la concordia. Pero en nuestra sociedad, con sus diferentes y potentes medios sociales de comunicación, lo individual afecta a lo social y viceversa. Con razón nos dice el poeta bíblico que “la justicia y la paz se besan” (Sal 85,11); no hay paz sin justicia, ni justicia sin paz. Cuando un individuo está anclado en la armonía, en el sosiego interior y en la concordia es porque las coordenadas de su actuación se apoyan en la justicia. Y lo mismo ocurre en una sociedad armonizada, sosegada por medio de la concordia, ella actúa desde los valores de la justicia.

Pero en estos tiempos esa resurrección, esa transformación desde la justicia y la paz no se visualiza ni individual ni socialmente. Los gestos diarios son contrarios y viven de espaladas a la justicia y a la paz. ¿Dónde están estos valores en nuestra sociedad de cultura cristiana, por ejemplo, en la política, en la Iglesia? Hablar de justicia es hablar de derechos (también de deberes) desde la igualdad, que viene a ser el suelo donde se construye el edificio de la justicia, cuyo resultado más resplandeciente es la paz; de ahí que el poeta bíblico acierte diciendo que la “justicia y la paz se besan”.

Ahora bien, los derechos humanos se marginan con más frecuencia de lo deseado, porque la igualdad está ausente y, a veces, ni se la espera. Hoy cada vez se evidencia más la desigualdad por el color de las razas, la emigración, la explotación de los obreros, el rechazo de los pobres, la violencia de género, la marginación de la mujer… Y lo más llamativo y desconcertante es que es el núcleo del discurso de muchos políticos, considerando estas desigualdades como necesarias y normales. Cada vez, pues, se hace más patente el dicho aquel de “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre). Sólo con echar un vistazo a nuestro alrededor comprobamos la falta de derechos, de igualdad, de paz.

Los derechos y la paz de hombres y mujeres de hoy no pueden estar más lejos en estos momentos históricos. El poeta alemán, Hördelin, lo expresa bellamente en su poema Pan y vino al considerar su época como tiempo de indigencia, de penuria por la pérdida o lejanía de los dioses. El grito de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46) se hace eco del desamparo y desconcierto en que vive el ser humano en determinados momentos, cuando la justicia y la paz no se incluyen en el vocabulario y en el quehacer del día a día.

Si uno echa un vistazo a cualquier territorio: individual, social, político, eclesiástico…, la justicia y la paz se presentan como meta inalcanzable. En el territorio individual la posverdad (distorsión deliberada de una realidad, dice la RAE, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales) y hasta la mentira a secas campan a sus anchas, sin tener en cuenta el daño y el dolor que esto conlleva en el otro. ¿Dónde está lo que dice Lévinas: “cuando yo miro al otro, me hago responsable de él”? La ética, pues, está totalmente marginada y desprotegida. Ya la ética no es la “filosofía primera”.

Todo esto se potencia en el mundo de la política, donde el adversario político ya no es adversario, alguien que no opina igual, sino un enemigo a destruir. ¿Dónde están los derechos de los ciudadanos y de los propios adversarios políticos, donde el objetivo primordial de la tarea política es defender y potenciar los derechos de los ciudadanos mediante la concordia y el diálogo? El barrizal es el campo de batalla y “su verdad” es lo que se suele aducir para llevar a cabo tan violenta tarea (si A. Machado levantara la cabeza se volvería otra vez a Colliure) y de ahí se pasa a la belicosidad directamente: Ucrania, Gaza, Burkina Faso, Mali, Nigeria, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Somalia, Sudán… Ante esta perspectiva no creo que K. Marx tenga razón cuando sostiene que “la violencia es la partera de la historia”.

Otro espacio donde la justicia y la paz no se besan es la Iglesia (se puede extender a otras Iglesias cristianas), la cual se presenta como “sociedad perfecta”, pero los derechos de los bautizados brillan por su ausencia, ya que el “Estado de la Ciudad del Vaticano” (el Código de Derecho Canónico lo dice bien claro en el canon 331: el Papa en su potestad ordinaria tiene autoridad “suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia y que puede siempre ejercer libremente”) se confunde más con una monarquía absoluta, marcando distancia con la koinonía, con la comunidad de creyentes. El texto de Pablo a los Gálatas (3,28) lo aclara: en los que han sido bautizados en Cristo no hay diferencias y desigualdades por ser “judío o griego, libre o esclavo, varón o hembra, pues todos sois uno en Cristo”.

A este respecto la pregunta inmediata es ¿dónde están reconocidos los derechos, la igualdad entre los bautizados, entre los laicos, las mujeres, los matrimonios, la libertad de pensamiento, etc? No es de extrañar que el Estado de la Ciudad del Vaticano no haya reconocido y aceptado el texto íntegro de la Declaración de los Derechos Humanos ni los Tratados Internacionales correspondientes, a pesar de que el papa Juan Pablo II en las Jornadas de la Paz de 1999 dijo que los derechos proclamados en la Declaración Universal “son inherentes a la persona y a su dignidad…, y que nadie puede privar legítimamente de estos derechos a uno solo de sus semejantes”. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Esta monarquía absoluta de la Iglesia, aunque ha sido constante, sobre todo, a partir del s. IV, sin embargo no han faltado voces representativas contrarias a esta praxis como la del concilio de Cartagena en el año 254, presidido por san Cipriano: “el pueblo tiene poder de elegir obispos dignos o de rechazar a los indignos”; o la reflexión del papa san León Magno (440-461): “el que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos”.

La resurrección en estos tiempos se configura en forma de justicia y de paz. Una sociedad, una política nacional e internacional, una Iglesia, que no asuman la justicia, la defensa y la praxis de los derechos humanos no consigue la paz, esa armonía y concordia, basadas en la palabra, en el diálogo.  Autoridad suficiente tiene D. Bonhoeffer, ejecutado por los nazis en Flossenburg, para recomendarnos que el diálogo entre religiones e ideologías, entre los pueblos de uno u otro signo político, es un imperativo categórico irrenunciable. D. Bonhoeffer lo concreta en la Iglesia, de ahí que el diálogo debe estar avalado no sólo con la acción, sino también con la oración: “La Iglesia sólo puede cantar gregoriano si al mismo tiempo clama a favor de judíos y comunistas”.

El anhelo humano, pues, no puede ser otro que el GPS de la esperanza nos lleve a la meta de la resurrección y que en nuestros días oscuros esta resurrección se manifieste en que la justicia y la paz se besen (Sal 85,11) y que “los montes traigan la paz para el pueblo y los collados la justicia” (Sal 71,3).

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