Amén total por mi parte. Creo que el poner el sentido de la realidad y, por tanto, la realidad misma, surge de la persona, llamada a ser libre y creadora en su pequeñez única e irrepetible. Pero eso no ni engrandecer demasiado a un indviduo más de la especie biológicahomo sapiens, ni prescindir de las relaciones con los otros seres que se fundan no ya en partículas o moléculas semejantemente ordenadas en espacio-tiempo (ADN), sino en el respeto a un Tú semejante a ella que descubre con la otras criaturas y en el Creador del Universo. AD. [PD: Escribí esta entradilla el viernes, con el propósito de revisarla, pues tal vez me pasaba de misticismo. Pero desde ayer sábado no he podido dejar los medios que me informan del irresponsable ataque a Irán de una persona de EEUU que dice hacerlo por orden y amor a Dios. ¡Estoy muy aplanado! Aún así quiero seguir en directo el domingo noche la sesión de la ONU. AD.]
Resumen introductorio:
En tiempos de discursos espirituales cada vez más amplios, inclusivos y difusos, se hace necesario recuperar una espiritualidad encarnada, concreta, histórica. Esta reflexión contrasta dos visiones contemporáneas de lo espiritual y propone, desde el corazón del cristianismo, una comprensión del espíritu como testimonio personal a una llamada en libertad.
Cada vez que abrimos la boca para decir algo, cada vez que dibujamos la palabra, cada vez que la imaginamos, lo hacemos no desde una neutralidad aséptica. Ni el niño en sus primeros balbuceos lo hace. Nuestro gen existencial no es el bilógico. Es un gen orientado a la libertad, a la creatividad. Y la libertad no tolera la ley, porque la ley mide, cuantifica y cualifica, es decir enmarca lo in-enmarcable.Con esta advertencia quiero testimoniar que lo que a continuación dibuje o teclee, es fruto de esa libertad. De ese genotipo que se expresa libremente a través de mi singular fenotipo.
PRÓLOGO:
Vivimos tiempos en los que la espiritualidad se ha convertido, en muchos discursos, en sinónimo amable de sensibilidad, empatía o energía difusa. Es frecuente encontrar ensayos bien intencionados que proclaman la importancia de una conciencia planetaria, del cuidado ético por la Tierra, de una conexión intuitiva con el Todo. Y, sin embargo, cuanto más se multiplica ese lenguaje de armonía, más parece diluirse la tensión vital del verdadero espíritu.
Porque la espiritualidad, si ha de ser algo más que un consuelo lírico o una respuesta emocional ante la incertidumbre existencial, debe abrirse al Misterio. No al misterio como evasión o niebla, sino como Presencia que interpela. No basta con intuirla como energía sustentadora ni como pulsión de comunión interna. Eso puede conmover, pero no transforma. El verdadero espíritu no surge del bienestar, ni de la razón lúcida, sino del “estremecimiento”. Este es un acontecimiento íntegro, que invade todas las potencias del ser humano, desde lo más profundo de su interioridad hasta su mayor exterioridad. Su piel misma lo expresa en forma de una dermatitis atópica y tópica. ¡Se nos pone piel de gallina!
Algunos discursos actuales —incluso los sustentados en fuentes religiosas o papales— tienden a ofrecer una espiritualidad impersonal, quizá porque también así comenzó su planteamiento. Dios deviene en Principio cósmico, la fe en una intuición naturalizada, y la esperanza en una expectativa azarosa. Esta “espiritualidad ecológica” puede parecer profunda, sin serlo. Habla de lo sagrado sin rozar lo santo. Proclama lo humano sin asumir el drama de su fragilidad y su necesidad redentora.Frente a esta tendencia, emerge otra visión: la que no parte de lo que sentimos, sino de lo que se nos ha ofrecido. No nace de la interioridad sola, sino del encuentro con una Voz que nos llama desde más allá del límite. Esa voz no es un rumor cósmico. Tiene nombre, rostro, un tiempo que abarca todo tiempo, testimonio de eternidad, y sobre todo, tiene una libertad que no se impone: se da.
Esta reflexión nace de ese contraste. No como réplica airada ni como afirmación dogmática, sino como un ejercicio de fidelidad: a lo real, a lo humano, a lo histórico. A ese lugar donde la espiritualidad deja de ser intuición y se vuelve adhesión. Donde la energía se hace carne. Donde el misterio se hace historia. Donde Dios deja de ser idea, fuerza u horizonte, para ser Testimonio vivo. Espíritu encarnado.Y entonces, el testimonio, cuando es auténtico, no compite con las verdades parciales: las transfigura.
DESARROLLO:
Una de las señales más inquietantes de nuestro tiempo no es la negación de Dios, sino su disolución. Ya ni se le nombra ni se le combate, sino que se le diluye en categorías funcionales: energía, conciencia universal, vibración cósmica, principio de amor… Esto permite hablar de Dios sin nombrarlo, y venerar lo espiritual sin confrontarse con lo santo.
Aquí, tomo como contrapunto el artículo: “Cómo retrasar el fin del mundo”, de Leonardo Boff que, con loable sensibilidad ecológica, propone una espiritualidad nacida de la interioridad humana y referida a una energía que subyace en todo. Habla de una Fuente, de un Ser que hace ser a todo ser, de un impulso evolutivo… Su lenguaje es atractivo, sugerente, movilizador. Pero el problema no está en lo que dice, sino en lo que omite.
Porque el ser humano no es solo compasión y cooperación. También es violencia, ruptura, ambición, mentira. No basta con describirlo como parte de una “naturaleza amorosa”. Es un ser herido, escindido, y por eso precisa estar abierto a la salvación. La espiritualidad que no reconoce esta fractura cae en un buenismo que espera lo mejor sin comprender la contradicción humana. Espera que la evolución de la conciencia nos redima por sí sola.
Aquí cabe una pregunta ineludible: ¿puede un ser libre y omnipotente crear algo destinado a desaparecer?, como así lo parece sugerir el citado artículo al ligar a la persona con el fin del mundo, con un acontecimiento cósmico…
Es aquí donde el cristianismo se vuelve escandalosamente singular. No ofrece fórmulas, ni evolución, ni expansión de conciencia. Ofrece un Testimonio. Un rostro. Una historia. Un acto: la Cruz. Ese acontecimiento íntegro y estremecedor, ya aludido en el prólogo, no es símbolo de dolor, sino de fidelidad. La Cruz, como anticipación de la resurrección, que no es evasión ni evolución, sino cumplimiento de una promesa primordial, donde la carne no es obstáculo, sino lugar de ofrecimiento.
El cristiano no parte de una intuición de presencia, sino del reconocimiento de un encuentro personal. Y el encuentro no se fuerza: se acepta, se rechaza o se ignora (forma sutil de negarlo). Por eso, la espiritualidad cristiana no es experiencia universal de lo divino, sino adhesión libre y personal a un Testimonio dado en Persona. Un testimonio que no se impone por milagros ni poder, sino que se ofrece con la humildad de quien sabe que solo la libertad puede acoger lo verdadero.Frente a la espiritualidad que espera la salvación como fruto de una evolución madurativa de la conciencia, la fe cristiana afirma que el mundo ya ha sido salvado. Pero esa salvación solo se actualiza donde hay adhesión. No basta el salto de conciencia. Hace falta el sí, y ese sí solo se da ante un Tú en cuerpo y alma. Por eso el Espíritu se encarnó. Sin Él, todo sería abstracción. La maduración no precisa de la Cruz. Esta, rompe todo proceso madurativo, toda lógica se desfonda. Ese es el punto crítico donde el límite de la razón se cierra y calla.El Dios de Jesús no es energía, ni ley natural. Es Persona. Llama por el nombre. Come con los suyos. Llora ante la tumba del amigo. Muere perdonando. No vino a completar un proceso: vino a interrumpirlo con la lógica del amor encarnado. “El reino de los cielos ya está aquí…no como algo que se ve con signos espectaculares, ni como una conquista futura que debéis provocar con esfuerzo humano. Porque el Reino de Dios no viene como los reinos del mundo, con ejércitos o estrategias. No es algo que podáis decir: ‘Está aquí’ o ‘Está allí’. Porque, en verdad os digo, el Reino de Dios ya está entre vosotros. Está dentro de vosotros. (Lucas 17,20-21, paráfrasis).
Por eso, la espiritualidad cristiana lo es encarnándose. Y lejos de oponerse al cuidado de la Tierra, lo radicaliza. No ama la naturaleza por ser madre, sino por ser creatura. No ama al otro por compartir vibración, sino por ser hijo del mismo Padre. No espera lo inesperado como azar o como manifestación de una inteligencia directora del orden cósmico que acabará imponiendo su verdad y así desplazando a la molesta Cruz; sino como cumplimiento de una promesa dada, que testimonia su fidelidad desde el principio hasta el fin de los tiempos.
El ser humano, creado a imagen de Dios, lleva implícita la necesidad de que su Creador se encarne en su propia obra para poder reconocerse en Él. Esta condición autoimpuesta que solo puede surgir desde la libertad absoluta, es el a priori del “Acto Saturado de la creación”. Así fue el principio, y así será hasta el fin de los tiemposLa esperanza no es un optimismo ingenuo, sino la memoria viva de un acto irrevocable: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. No se trata de retrasar ese fin, sino de vivirlo con sentido. Porque el fin no es destrucción, sino transfiguración, y la Cruz su puerta. Y lo que será, ya está en germen allí donde alguien, en medio del ruido del mundo, escucha esa voz y esa carne que lo testimonia desde el principio, y es capaz de responder: “Aquí estoy”: Para seguirte, abrazándome en tu Cruz.
EPÍLOGO:
He ahí la diferencia: no basta la energía que sostiene. Hace falta el Testimonio de Quien llama y la fidelidad de quien, libremente, se deja abrazar por esa llamada, de Tú a tú.
