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Pentecostés GPS de la esperanza 

      Sin duda la experiencia pentecostal es muy llamativa e iluminadora. Unos hombres y mujeres rurales, pescadores, escondidos por “miedo a los judíos”, experimentan una transformación, una metanoia, radical, tanto individual como colectivamente, que les empuja a realizar unas acciones inesperadas y cargadas de admiración.

      El “miedo a los judíos” es algo pasado y, como consecuencia de esa vivencia espiritual profunda, se lanzan a denunciar la injusticia que se ha cometido con Jesús de Nazaret, un profeta, que pasó haciendo el bien, no un revolucionario político, sino un revolucionario ético, como se recoge en su programa ético de las bienaventuranzas o en la parábola del samaritano o cuando invita a amar a los enemigos.

      Los discípulos, después de la fuerte vivencia pentecostal, denuncian sin tapujos que los “judíos colgaron del madero” a Jesús de Nazaret y que ellos son testigos de su resurrección (Hch 4,10). Aquella esperanza del profeta Joel (Jl 2,28): “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán…, porque Dios derramará su espíritu en aquellos días”. Esa actitud pentecostal de denuncia inicia el camino de la esperanza, de la transformación total, pues en su día “el lobo y el cordero habitarán juntos, y comerán juntos el becerro y el león y un niño pequeño los pastoreará” (Is 11, 6). Esa experiencia espiritual de Pentecostés es un magnífico GPS para mostrarnos el camino de la esperanza a seguir con decisión y certeza. La esperanza, pues, ese “todavía no”, como dice E. Bloch, no es un más allá en un horizonte invisible, sino un aquí y ahora con cierta oscuridad, que se otea cercano.        

      Pero la vivencia espiritual de Pentecostés, ya sea individual o colectiva, no es sólo un buen y certero GPS, sino también un potente motor para realizar las transformaciones sociales y eclesiales necesarias e inaplazables. La comunidad primitiva de Jerusalén, integrada por apóstoles, discípulos y discípulas, experimentan esa vivencia transformadora del Espíritu Santo y su respuesta no es permanecer en aquella casa, encerrados, pero gozosos y alegres por lo que les ha acontecido, sino que salen a la calle para evidenciar la injustica trágica que se había acometido contra Jesús de Nazaret. Sin duda que para ellos hubiera sido más cómodo permanecer en la casa, donde estaban reunidos, y vivir gozosamente esa experiencia inigualable.   

      No fue así. El GPS de Pentecostés los orienta y señala la verdadera ruta a seguir y que deben desbrozar. Pero Pentecostés añade un nuevo elemento, imprescindible para caminar: fuerza, energía y combustible necesarios para la tarea transformadora de la sociedad y de la propia Iglesia. La primera realidad transformadora es que se constituyen en comunidad, al permanecer “unidos en la oración y en la fracción del pan”(Hch 2,42). Es un salto cualitativo importante el formar una comunidad de iguales, permaneciendo unidos en la oración, la celebración de la eucaristía y en la acción profética de manifestar a los judíos la injusticia que cometieron con Jesús de Nazaret y que el crucificado ha resucitado y que “el nuevo cielo y la nueva tierra”, anunciado por los profetas se ha iniciado ya.     

      Ahora bien, esta comunidad de creyentes desbroza el camino de la esperanza de una manera inesperada y desconcertante con una acción transformadora increíble para los judíos y no judíos, como poner en común todos sus bienes (Hch 2, 44-46), hasta el punto de que entre ellos no había pobres. La esperanza no es ya una utopía inalcanzable, es un camino con algunos kilómetros menos de recorrido. La pobreza, ya sea económica, cultural, de los derechos humanos…, obstaculiza considerablemente la andadura y el avance por el camino de la esperanza.

      Una mirada a nuestro alrededor nos pone ante los ojos los verdaderos obstáculos para poder avanzar en el camino de la esperanza: pobreza económica por doquier, desigualdades muy llamativas en los derechos humanos, guerras visibles y ocultas, como las de África, abandono de la “casa común”… Esto en la sociedad civil, pero también en la eclesial, tanto en las altas y no tan altas jerarquías, como en las pequeñas comunidades parroquiales, conventuales, etc, hay obstáculos, algunos de ellos con carácter inamovible como el patriarcado y el clericalismo, que impiden el desbroce del camino de la esperanza y su transformación adecuada. 

      El Espíritu de Dios nos transforma y a la vez nos señala la tarea transformadora de esperanza a realizar en la sociedad civil y en la Iglesia, mediante unas herramientas que debemos llevar en nuestra mochila: oración, fracción del pan (eucaristía), que es tanto como decir amor de comensalidad o ágape, y reparto de nuestros bienes para erradicar la pobreza, que es para mí la roca del ateísmo (no el sufrimiento, como decía el dramaturgo alemán, E. Büchner). Con estas herramientas la esperanza,”la pequeña esperanza” de Ch. Péguy, ya no es “un todavía no”, sino un todavía sí que se toca con las manos y que nos lleva a la praxis el verdadero espíritu de Pentecostés.

 

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