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La Palabra

Cuando el ritmo de la vida empezó
Una danza hacia el Origen

Al leer este texto que envía Mariano me he acordado de lo que aí hace unos sesenta años oí a un viejo jesuíta francés, que había sido uno de los primeros estudiantes de la Ecole Biblique, de Jerusalén. Era el P. Monier,del que hablaré otro día. Estaba en las trincheras durante la primera guerra mundial. Una noche se encontró con una biblia, muy popular, abandonada allí tal vez por otro soldado. Dice que pensó en todos los textos originales de los que estaban sacando la nueva traducción auténtica (La Biblia de Jerusalén), en la que él colaboraba. Sin, embargo se decidió a abrirla. Y se encontró con estas pañabras. «En el principio era el Verbo…» Sin seguir más, se quedó atónito. El Espíritu, en aquella noche, a través de ese texto y a la luz de una vela, le había revelado la Verdad del Misterio, más que sus muchos estudios exegéticos. Con este deseo de que llegue este artículo al fondo de cada uno os presento est eartículo e Mariano. AD.

En artículos anteriores, cada palabra se tejía a partir de una imagen concreta: un cuadro, un trazo, una escena inmortalizada por un pincel. El claroscuro de Rembrandt en El regreso del hijo pródigo nos habló del perdón como acto creador; el gesto suspendido de Dios en La creación de Adán de Miguel Ángel nos reveló la tensión latente de la libertad en su umbral original; la luz dirigida de Caravaggio en La vocación de Mateo nos mostró cómo la eternidad irrumpe en lo cotidiano sin previo aviso. Y así sucesivamente en otros más.

Cada uno de esos textos fue un intento de hablar desde la imagen; de dejar que el arte abriera camino donde el discurso se agota. Porque hay verdades que no se dicen: se contemplan. Y hay realidades que no se explican: se intuyen.Pero ahora pretendo acercarme a la Palabra que no busca: crea. Que no interpreta: origina. Que no es pincel ni cincel humanos, sino el Pincel y el Cincel de todo lo que es. Ahora no basta con una sola obra o unas cuantas. Toda forma de arte debe ser convocada. Porque aquello que deseamos rozar no se deja encerrar ni en mil imágenes, ni en cien mil palabras.

Este texto de ahora no parte de un cuadro ni de una sinfonía de obra humana, sino de un relato sagrado que nos precede y nos excede. El Prólogo del evangelio según san Juan no describe el comienzo del mundo. Porque allá donde el tiempo aún no existe, no hay comienzo. Lo canta. Lo invoca. Lo hace vibrar. Y nosotros, humildes danzantes en ese compás invisible, intentamos entrar en ese ritmo de los ritmos con todo lo que tenemos: la música, la pintura, la poesía, la arquitectura, la atmósfera de colores, de formas sutiles, luminosas y etéreas, grávidas e ingrávidas, en el que todas las artes gravitan. Porque solo en la conjunción de todas ellas —y aun así insuficientes— podremos acercarnos a ese Verbo que no dice: hace. Que no explica: crea.

Precisamente esta pretensión ya en sí resulta pretenciosa. Pero también es coherente con lo que se nos ha dado: Si el ser humano es, como proclama la Escritura y la tradición, “el culmen de la obra creadora de Dios” —imagen suya, coronado de gloria y dignidad, como dice el Salmo 8—, también su camino de regreso al Origen ha de estar a la altura de ese don.Si fuimos creados por la libertad absoluta, entonces solo desde la libertad otorgada, libertad imagen, libertad relativa a la libertad absoluta, podremos acceder a su Logos. No a través de métodos, ni doctrinas, ni técnicas, ni leyes que coarten nuestra libertad otorgada. Sino a través de ese lenguaje que nace sin causa previa, que fluye sin cálculo, que da sin exigir: el arte de darse, a imagen del arte creador que se da, que se ofrece en modo gratuito y sin coacción, casi pidiéndonos permiso.

La Palabra no comenzó en el mundo. El mundo comenzó en la Palabra. Y con ella, el ritmo. El pulso. El compás del ser. Todo lo que ha sido hecho fue hecho por ella. Pero no a la manera del artesano funcional, sino como quien canta una melodía y el universo la escucha y se deja ser.

El hombre no fue pensado como mecanismo, ni generado por necesidad. Fue pronunciado libremente, como un verso que el Verbo quiso decir por amor. Por eso, el único camino para volver al origen no es el control, sino el arte. Porque solo en el arte, el ser humano crea sin necesidad, como su Creador. Solo en el arte, el hombre repite el gesto gratuito de hacer sin poseer, de formar sin dominar, de decir sin reducir. Como bien suele decirse: El artista se debe a su arte. En éste se refleja, y por eso sufre dándose.

Personalmente, no conozco a ningún verdadero artista que no sufra al realizar su obra. Cuanto más quiere afinar su técnica, más desafina en su espíritu. Hay una tensión inevitable entre la perfección formal y la fidelidad interior. El artista auténtico lo sabe: hay momentos en que la búsqueda de la excelencia técnica se vuelve una jaula, un ruido que apaga lo esencial. Es entonces cuando duele seguir, porque lo que debería elevar se vuelve lastre. El arte es lo más cercano al espíritu, pero también puede ser lo más alejado cuando se convierte en estrategia de estilo, en esfuerzo por marcar tendencia, en método a seguir, en construcción de firma. Hay artistas que, en su afán por consolidar un nombre, acaban repitiéndose, esclavizados por su propia marca, empobreciendo lo que al principio era un manantial.

El verdadero arte no marca tendencias. No admite réplicas. No se impone. Lo suyo es lo que se desvanece una vez realizado para renacer de nuevo. Como en Bach, cuya música no necesita al compositor para seguir viva, o como en la caligrafía japonesa, que se traza sobre arena o agua, sabiendo que será borrada por el viento o el tiempo. «El arte verdadero es el que no deja huella para ser aplaudido, sino para ser continuado por otros. Es semilla, principio de vida, no estatua. ¡Ay de la propiedad intelectual… qué pobreza intelectual!»

Crear es, en el fondo, morir un poco. No por tragedia, sino por entrega. Cada obra terminada es una renuncia. Es el final de un combate silencioso entre lo que uno quiere decir y lo que, al final, ha sido dicho. Entre lo que se soñó y lo que ha podido nacer. Por eso, ningún artista verdadero se instala en su obra. Sabe que ahí no está él, sino apenas un reflejo. Y que, si se quedara, se marchitaría.Pero sigamos: ¿avanzar hacia dónde? No hay una meta fija.

No hay un “lugar” al que llegar. Lo que hay es un impulso de fidelidad: ser fiel a lo que en uno quiere hacerse palabra, imagen, forma. Y esa fidelidad exige siempre un paso más, una nueva renuncia, una nueva desnudez.El artista que se queda en su obra, se encierra en ella. Y, al hacerlo, la convierte en prisión. Ya no respira, ni deja respirar. Solo sirve entonces como espejo de vanidad o mercancía de mercado. En cambio, la obra que se deja ir, que no se defiende ni se embalsama, se convierte en semilla. Vive en otros. Inspira. Provoca. Transforma.Es ahí donde el artista se identifica con su obra y empieza a reconocerse en ella como imagen de su fidelidad. Solo siendo imagen de la Palabra absoluta encuentra su verdadera forma, su medida, su razón de ser.

En este sentido, el mayor acto creativo no es realizar una obra maestra, sino ser capaz de soltarla. Dejar que hable por sí misma, que haga su camino, que ya no dependa de su creador. Porque lo creado no es el final, sino el principio. Y solo cuando el creador se retira, la obra empieza a ser lo que está llamada a ser. Dios, al crearnos, también se retira en cierto modo, para que crezcamos en libertad y le devolvamos nuestra obra, que es, en verdad, la suya.Así, el arte auténtico se revela como un aprendizaje espiritual. Enseña a no poseer, a no retener, a no necesitar aplauso. Enseña que la belleza más profunda es aquella que no se puede guardar. Que la verdad más alta no se puede repetir. Y que lo verdaderamente valioso no es lo que uno deja en el mundo, sino lo que permite que el mundo continúe diciendo, viviendo, creando.

Por ello, la Palabra no se impone. Se ofrece. No exige ser entendida, sino acogida. “A los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.” Así reza en (Jn 1,12).Recibir la Palabra no es entenderla, sino dejarse transformar por ella. No se trata de añadir información, sino de ser transfigurado. No de saber, sino de ser. Y quien la recibe, no adquiere dominio, sino el poder de llegar a ser hijo. Un poder que no se ejerce desde la voluntad, sino que florece desde la acogida. Es el hijo quien al verse reflejado en el Padre se ofrece como hijo, del mismo modo que el Padre lo hace como Padre.

Aquí el arte vuelve a ser mediador: acoger la Palabra no es afirmar una doctrina, sino entrar en un ritmo, en una relación creativa. Y el arte es el lenguaje del ritmo creativo. La filiación no se alcanza por lógica, sino por sintonía interior con la luz que nos pinta, nos cincela y nos nombra.

El hombre ha sido creado a imagen de la Palabra. Y cuando la recibe, esa imagen se actualiza. Se vuelve hijo, no por semejanza física, sino por ritmo interior. Ritmo de ida y vuelta, como ese vals que se repliega a la vez que se abre y vuelve a danzar, sin partitura cerrada. La imagen se hace viva cuando el ser humano crea como fue creado: cuando ama sin poseer, cuando forma sin clausurar, cuando dice sin encerrar.

El hijo no repite: responde. No copia: resuena. Y así como el Verbo crea sin violencia, el hijo se deja hacer y deja hacer. Participa en el arte de su propio nacimiento.Recordemos que, si Dios nos creó libremente, solo podemos volver a Él desde la libertad que Él mismo nos otorgó. Y es en el arte, más que en la razón, donde esa libertad se expresa sin calcular, sin instrumentalizar, sin poseer. El arte es el lugar donde el ser humano no conquista, sino que recibe su ser recreándose —en el sentido lúdico del término—. Donde no se impone, sino que se deja modelar por el compás de la Palabra que aún resuena.

Por eso, este artículo no concluye ni puede concluir. Se abre. Como el frescor de un fresco inacabado. Como una nota que sigue sonando, aunque no la oigamos. Porque el ritmo de la vida no empezó para cerrarse, sino para seguir danzando.Y quien lo reciba, sabrá que esta danza no está acabada, al igual que este artículo. Porque en cada lector que entra en ella y en él, se renueva un giro más. Una nueva pareja se incorpora. Una nueva forma se perfila. Porque esta Palabra no envejece. No agota. No cierra. Gira. Y gira no en círculo, sino en espiral ascendente. Hacia una plenitud sin fin. Hacia una libertad absoluta que, como la creación misma, es inimaginable e inexplicable.

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