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Viernes Santo: el Dios crucificado

Una muy buena reflexión teológica para hoy. Me adhiero totalmente a ellas. AD.

En la madrugada del 16 de noviembre de 1989, cuando todavía era noche cerrada en San Salvador, la capital de El Salvador, los soldados del batallón “Atlacatl” irrumpieron en el campus de la UCA (Universidad Centroamericana) para acabar con el P. Ignacio Ellacuría y sus compañeros, así como con los posibles testigos, dado que el gobierno salvadoreño quería hacer creer que eran guerrilleros del FMLN, en lugar de soldados del ejército nacional, los que cometían aquel asesinato en el que fallecerían ocho personas: seis jesuitas, la cocinera de la residencia y la hija de esta.

Una vez muertos los jesuitas, los soldados arrastraron, sin motivo aparente alguno, el cuerpo del P. Juan Ramón Moreno hasta una de las habitaciones de la residencia, que aleatoriamente resultó ser la del P. Jon Sobrino, que en esos días estaba de viaje en Asia. Con el forcejeo se cayó de la estantería de Sobrino un ejemplar del libro El Dios crucificado, de Jürgen Moltmann, padre de la Teología Política europea en el protestantismo (en el catolicismo fue Johann Baptist Metz). El libro quedó en el suelo, junto al cuerpo de Moreno, impregnado de su sangre, y desde entonces esta obra pasó de ser un libro de teología a constituir un símbolo de la fe cristiana en el violento mundo contemporáneo. El ejemplar en cuestión está en el museo de la UCA dedicado a san Óscar Romero (asesinado en 1980 por los paramilitares) y a los mártires jesuitas, y sigue todavía hoy manchado con la sangre del martirio.

La expresión “el Dios crucificado” es valiente, arriesgada, tal vez incluso temeraria. ¿Puede ser crucificado Dios? ¿Puede morir Dios? Si puede morir, ¿cómo es posible que sea Dios? Parece un contrasentido. En los años sesenta y setenta del siglo pasado tuvo cierta importancia en Europa y en Estados Unidos la denominada “Teología de la Muerte de Dios”, que con el paso de los años acabaría perdiendo fuelle.[1] Algunos de sus representantes fueron Gabriel Vahanian, Paul van Buren, William Hamilton III, Monseñor John Robinson, Thomas Altizer y John Caputo, entre otros. Hubo teólogos de esta corriente en el catolicismo, en el protestantismo y también en el judaísmo (Richard Rubinstein, incluso el filósofo Emil Fackenheim). Estaban marcados por la expresión de Nietzsche “Dios ha muerto”, por la teología del magnífico pastor protestante Dietrich Bonhoeffer (ejecutado por los nazis en Flossenbürg, en abril de 1945, supuestamente por el hecho de no haber delatado a sus amigos y familiares que habían preparado un complot contra Hitler) y por los campos de concentración nazis (“¿Se puede creer en Dios después de Auschwitz?”), concretamente por el impresionante relato autobiográfico La noche, del Premio Nobel de la Paz 1986, Elie Wiesel, en particular por la escena del ahorcamiento del niño: “¿Dónde está Dios?”, “Dios está ahí, colgado de esa horca”.

Los teólogos de esta corriente afirmaban que el Dios en el que creíamos hasta entonces había muerto: un ser todopoderoso e infinitamente misericordioso. Ante la realidad de los campos de concentración y ante otros horrores provocados por la naturaleza (terremotos, etc.) y por la maldad humana (guerras, masacres, etc.), Dios o bien no es todopoderoso, o si lo es, entonces no es infinitamente bueno, pero no puede ser las dos cosas a la vez; por tanto, ese Dios ha muerto. Si a pesar de ello creemos en Dios, tal vez tendremos que aprender a formular su ser con otras categorías, porque esas ya no nos sirven. Esa es la Teología de la Muerte de Dios.

Desde niños hemos visto la imagen de Cristo crucificado por todas partes: en casa, en las aulas de los colegios cristianos, en las iglesias, en el arte, en las cumbres de las montañas, en la cadena que llevan colgando del cuello las estrellas del rock. Hemos visto miles de veces esa espantosa imagen que ya forma parte de nuestro universo con naturalidad. ¿Cómo puede uno acostumbrarse a ver algo así? Un hombre crucificado. ¿Un Dios crucificado?

Lo que ocurre es que a Dios lo contaminamos con nuestra idea previa de lo que nosotros suponemos que debería ser. Concebimos a Dios como aquel ser que lo creó todo, que lo puede todo y que es infinitamente bueno, por lo que no entendemos cómo no actúa para impedir tantos males que nos habitan. La respuesta está en el Viernes Santo, en el Cristo crucificado, en “el Dios crucificado”. El Altísimo no salva desde arriba, sino desde abajo. El Altísimo es en realidad “el Bajísimo”, como reza el título del conocido libro de Christian Bobin, Le Très-Bas. Su poder no es el de una varita mágica que todo lo soluciona, sino el del amor; y el amor, donde más se expresa, es precisamente allí donde hay más sufrimiento, en la cruz. De ahí que en el primero evangelio que se escribió, el de Marcos, a Jesús sólo se le pueda proclamar Hijo de Dios cuando está crucificado, no antes, y además es un centurión romano, un pagano, quien lo hace, y no uno de sus seguidores (Mc 15,39), precisamente porque es allí donde se expresa plenamente, mejor que en ningún otro lugar, su amor, un amor que es poderoso porque logra transformar nuestras vidas si estamos dispuestos a acogerlo con nuestra libertad.

Tal vez se entienda esto con un ejemplo. No hay ser humano más débil que un bebé, y sin embargo no hay ser humano que tenga más poder para movilizarnos que un bebé. Su poder reside en su debilidad, en la capacidad que el amor que sentimos por él y la piedad que tenemos hacia su fragilidad tiene de transformarnos y de llevarnos a hacer lo que otras personas aparentemente más fuertes no lograrían. De este modo, paradójicamente, un bebé, el ser humano más débil, tiene más fuerza para movilizarnos que el adulto más fuerte. Igualmente, no hay un Dios aparentemente más débil que el que hoy vemos, una vez más, clavado en cruz. Y, sin embargo, no hay un Dios más poderoso, más capaz de transformar nuestras vidas, que Él.

Tal vez sea esta una buena ocasión para aprender algo importante de nuestros hermanos ortodoxos de Oriente: “No hay que tratar de explicar el Misterio; hay que vivirlo”.

Hoy, Viernes Santo, es un día para contemplar ese Dios crucificado que desde su debilidad nos invita a transformarnos para que transformemos el mundo. No hay nada más poderoso que esto.

    José Sols Lucia. jose.sols@ibero.mx

[1] Retomo aquí alguna idea expuesta en el “Pensamiento desde mi ermita Polanco” número 6, titulado “¿Cómo es posible que haya pasado esto?”; cfr. José Sols Lucia, Pensamientos desde mi ermita Polanco, Ciudad de México, Obra Nacional de la Buena Prensa, 2022, págs. 31-37, en particular las págs. 36-37.

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