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Cronopatías

Este artículo que envía Mariano para este «martes de reflexión atriera» (su columna sustituye el hueco que temporalmente han dejado los artículos exegético-interpretativos del querido Salvador Santos que seguramente trabaja ya en otra próxima serie) me ha hecho antes que a nadie un bien a mí. Andaba tan pendiente de las noticias políticas y eclesiales que esta semana pasada no he podido preparar una columna para publicar el viernes. Espero pausar mi tiempo interior y no dejar que la inmediatez con que llegan las noticias del Gemelli, de Whasington y de Kiev me impidan escribir algo sosegado aquí. Gracias, Mariano, por tus metáforas! AD. 

Las cronopatías son alteraciones o trastornos relacionados con la percepción y gestión del tiempo. Aunque no es un concepto médico formalmente establecido, se usa en distintos contextos, sobre todo en psicología, neurociencia y filosofía, para describir problemas derivados de la forma en que las personas experimentamos el tiempo.

Las cronopatías no son solo una experiencia individual, sino un fenómeno social que refleja el modo en que una sociedad entiende, usa y sufre el tiempo.

En el mundo actual, donde el tiempo vuela y los acontecimientos se precipitan aceleradamente, se ha convertido en un recurso medible, escaso, capitalizable y lo que es peor, computarizable, convirtiéndose en una mercancía, más que en un flujo natural de la existencia, con lo que las cronopatías parecen estar en auge.

Citaré a continuación solo cuatro de ellas con su repercusión social asociada y con un personaje prototípico de dicha cronopatía:

Aceleración temporal (cronopatía del tiempo rápido): Se da cuando las personas sienten que el tiempo transcurre demasiado rápido, lo que genera ansiedad, estrés y una sensación de falta de control sobre la vida. Común en sociedades con un ritmo acelerado, en personas con muchas responsabilidades o en estados de hiperactividad mental.

Nikola Tesla (1856-1943): Trabajaba de manera frenética, con jornadas de hasta 20 horas diarias, casi sin dormir, produciendo ideas y diseños que el mundo tardaría décadas en comprender. Esta percepción de un tiempo que se escapa contribuyó a su aislamiento social y crisis nerviosas.

Cronopatía por desincronización circadiana: Ocurre cuando los ritmos biológicos del cuerpo (ciclo sueño-vigilia, metabolismo, etc.) están desajustados respecto al entorno. Se observa en trabajadores nocturnos, personas que sufren “jet lag”, o quienes pasan por cambios drásticos en sus rutinas, ocasionando insomnio y fatiga crónica.

Charles Darwin (1809-1882): Sufría una extraña enfermedad que le causaba insomnio, agotamiento y malestar crónico, lo que le obligaba a vivir con horarios irregulares. Sus ritmos de trabajo eran poco convencionales, y se sospecha que su trastorno circadiano afectó su manera de procesar el tiempo en su obra sobre la evolución, que de algún modo también es un estudio sobre el paso del tiempo en la naturaleza.

Cronopatía existencial: Relacionada con la angustia ante el paso del tiempo y la finitud de la vida. Puede manifestarse en crisis existenciales o en una obsesión con la productividad y el aprovechamiento del tiempo, provocando angustia con crisis existenciales

Soren Kierkegaard (1813-1855): Vivió obsesionado con el tiempo y la finitud de la vida. Su obra filosófica es una meditación constante sobre la angustia del individuo ante la existencia. La ansiedad que sentía por el tiempo lo llevó a evitar el matrimonio y llevar una vida casi ascética, dedicada por completo a la escritura.

Cronopatía tecnológica: Aparece en personas que dependen excesivamente de la tecnología y pierden la noción del tiempo, como quienes pasan horas en redes sociales o videojuegos sin percibir el tiempo real, solo hay una obsesión, la inmediatez.

Andy Warhol (1928-1987): Es el artista de la era de la reproducción mecánica y la velocidad. Su obsesión con la cultura de masas y su manera de vivir en un torbellino de imágenes y tecnologías anticipa la actual adicción a las pantallas. Sus screen tests, donde filmaba rostros en tiempo real durante minutos interminables, juegan con la percepción del tiempo.

El tiempo, contra lo que muchos piensan, no es una realidad objetiva que flota ahí fuera, indiferente a nuestra existencia. No es una línea recta inmutable sobre la que avanzamos como meros pasajeros. El tiempo es creatura humana. No hay dos tiempos iguales, porque no hay dos personas iguales. Cada cual lleva el suyo, hecho de recuerdos, de esperas, de ansiedades y olvidos. Es un tejido que tejemos con los hilos de nuestra percepción, y como todo lo humano, puede enfermar. Y ha enfermado.

Vivimos en una era cronopática, donde el tiempo se ha roto, se ha fragmentado, acelerado y desincronizado hasta volverse irreconocible. En lo personal, nos ahoga la inmediatez. La paciencia es una virtud en extinción, reemplazada por la urgencia de la notificación, del mensaje instantáneo, de la respuesta sin pausa. La espera, antaño territorio del deseo y la reflexión, ha sido exterminada. Queremos todo y lo queremos ahora. La memoria se erosiona bajo el bombardeo de información efímera, y el presente se vuelve un parpadeo entre dos olvidos. La ansiedad, la impaciencia, la frustración constante no son otra cosa que síntomas de esta enfermedad del tiempo personal, al son de una sociedad desquiciada, desincronizada y anacrónica.

A nivel global, la cronopatía es aún más feroz. En la política, lo inmediato devora lo importante. Los líderes ya no pueden pensar en el largo plazo, atrapados en la dictadura del titular, de la tendencia en redes, de la reacción visceral. Las decisiones se toman no en función de su solidez, sino de su impacto inmediato. No hay estrategia, solo urgencia. La ciencia, que antes avanzaba con el tiempo pausado de la investigación, se ve obligada a correr, a producir descubrimientos exprés, a entregar resultados antes de que las preguntas hayan madurado. En el ámbito de la información, la verdad y la mentira han dejado de ser opuestos porque la velocidad las ha mezclado en una masa informe de datos que nadie verifica. Todo es cierto y falso al mismo tiempo, porque nada permanece lo suficiente para ser confirmado o desmentido. En el ámbito de la técnica aún es peor, le ha tomado la delantera a la ciencia, no puede esperar a la más mínima reflexión que analice y valore sus consecuencias futuras.

El futuro ya no es un horizonte que construimos con nuestras decisiones, sino un abismo que se nos viene encima a toda velocidad. Nos adaptamos o caemos. Y en esta carrera sin tregua, lo humano se desdibuja, convertido en un reflejo borroso de impulsos inmediatos. La paradoja es que, en medio de tanta aceleración, la sensación es de estancamiento. Se avanza mucho, pero se llega a ninguna parte. La cronoarmonía, ese equilibrio entre el tiempo interno y el tiempo externo, entre el tiempo vivido y el tiempo compartido, entre la duración y la vivencia, empieza ya a ser un recuerdo lejano. Sin embargo, hay quienes aún intentan recordarnos lo que estamos perdiendo:

En un viejo barrio de calles empedradas, donde los días parecen resistirse al frenesí del mundo, había una pequeña relojería. No tenía grandes rótulos ni luces llamativas. Solo un escaparate polvoriento donde colgaban relojes de cuerda, de péndulo, de bolsillo, testigos de un tiempo en extinción. Su dueño, un anciano de manos hábiles y mirada paciente, pasaba los días restaurando mecanismos antiguos, devolviendo el latido a aquellos corazones de engranajes que el tiempo había detenido.

Una tarde, entró en la tienda una joven. Traía consigo un reloj heredado de su abuelo, un artefacto hermoso pero roto. «No funciona», dijo con impaciencia. «Necesito que lo arregle rápido». El relojero lo tomó con delicadeza, lo abrió y observó su mecanismo con ojos que habían visto pasar muchas horas. «No es cuestión de rapidez», respondió, «sino de encontrar el ritmo que ha perdido». Eran relojes construidos por las propias manos de las personas, relojes que precisaban ser acariciados al darles cuerda, caricias para seguir marcando su tiempo. Relojes que expresaban la personalidad de quien lo portaba.

La joven suspiró. No tenía tiempo para metáforas. Estaba acostumbrada a respuestas inmediatas, a soluciones al instante. Pero el relojero no tenía prisa. Con un gesto, le indicó que tomara asiento. Mientras sus manos trabajaban con precisión y cuidado, como las de un cirujano ante su accidentado paciente, comenzó a hablarle del tiempo, de cómo el mundo se había acelerado tanto que los días ya no tenían peso, de cómo las personas vivían corriendo sin saber hacia dónde. «Los relojes», dijo, «no miden el tiempo, lo narran. Y cuando se desajustan, nos recuerdan que también nosotros estamos desajustados».

La joven, al principio inquieta, empezó a escuchar. Se vio reflejada en esas palabras. ¿Cuándo fue la última vez que dejó que un momento simplemente ocurriera sin apresurarlo? ¿Cuándo había esperado algo con paciencia sin desesperarse por su llegada? En ese instante, el tiempo pareció dilatarse. Sintió, por primera vez en mucho tiempo, que su respiración se acompasaba con los tic-tac que brotaban de las paredes de la relojería.

Cuando el reloj estuvo listo, el anciano se lo entregó con una sonrisa. «No es solo el reloj lo que estaba roto», dijo con suavidad. La joven lo comprendió. Salió de la tienda con el reloj en su muñeca y una extraña sensación de alivio. Afuera, el mundo seguía corriendo, pero por primera vez en mucho tiempo, ella decidió no correr con él. Se quedó allí, observando el atardecer sin urgencia, permitiendo que el tiempo, por una vez, la abrazara en lugar de empujarla. Tomó conciencia que debía acariciar su nuevo reloj para no olvidarse de lo que el relojero le susurró. Ese reloj al que cada vez le da cuerda, le recuerda el tiempo en el que fue acariciado por su abuelo. El tiempo de la vida precisa de la vida del tiempo.

Tal vez ahí, en ese instante, comenzó a curarse del mal de nuestra época.

Había comenzado este artículo con una intención clara: abordar el tiempo desde la ciencia, la técnica y la filosofía. Creí que con datos, teorías y conceptos lograría capturar su esencia, diseccionarlo, someterlo a la razón, y curarle de todas sus patologías, pero a medida que avanzaba, sentí que algo se me escapaba. El tiempo no se deja atrapar. Cuanto más intentaba apresarlo en definiciones, más se desvanecía entre mis palabras. Me vi a mí mismo cayendo en la misma trampa que describía: la prisa, la urgencia, la necesidad de llegar a una conclusión antes de haber experimentado la pregunta. Pues al preguntarme por él soy yo quien debe responder de él.

De repente, entendí que no era yo quien escribía sobre el tiempo. Era el tiempo el que me estaba describiendo a mí, apresurándome, empujándome al vértigo de lo inmediato. Me vi atrapado en el mismo torbellino que había intentado analizar con distancia. Y entonces, supe que debía detenerme.

Fue en ese instante cuando recordé que no es la ciencia, ni la técnica, ni la filosofía lo que se acerca a la verdad más honda del tiempo, ni de ninguna otra cosa. Es la metáfora. Solo ella es capaz de bordear el misterio sin disiparlo, de capturar la esencia sin aprisionarla, de devolvernos la experiencia del tiempo sin convertirlo en un algoritmo. Todo nuestro saber es metafórico, no metafísico.

La metáfora de la joven y su reloj, el viejo relojero y su taller polvoriento, son más consistentes que cualquier teoría. Porque en ellos late una verdad que todos conocemos: el tiempo no es algo que podamos poseer sin a su vez ser poseídos por él. En esa relación dinámica nos determinamos. Una relación cálida que precisa acariciarse mutuamente. ¡Debemos tocarlo! ¡Debemos vivirlo!

Pero no olvide querido lector, la sabiduría popular suele estar por encima de toda razón filosófica o científica y nos dice que: “El Tiempo lo cura todo”. ¿Se curará a sí mismo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8 comentarios

  • Jaume PATUEL PUIG

    Y continuando, Mariano, tu última frase, a mi me gusta entender: EL TIEMPO NO CURA NADA, pero SE PRECISA QUE PASE EL TIEMPO..y de ahi las diferentes cronopatías o, por otra parte. lo que tu expresas: LA ARMONIA DEL TIEMPO.Y ese «saborear» el tiempo en que estamos, somos y vivimos trae a colación una paz interior, que sientes que «eso» es lo que somos y vivimos cuando dejemos de respirar. Y entonces miras el paso de las agujas con otra mirada de forma kairológica y no cronológica.Gracias, Mariano. ¡A h! Por cierto, y el «ego» se siente que cumple una misión aunque sienta que va a transformarse. 

  • Carmen

    Y eso que gracias a Óscar que mandó cosas sobre los infiernos  , algo leí.  Y decía algo sobre que los infiernos no es el infierno que nos dijeron,  y Antonio pensó que era un tema superado y que parecía mentira que hablásemos de eso.   Pues me tranquilizó bastante.  Porque si es algo que desde los años 70 todo el mundo sabía menos yo…      Pero claro.   Entonces habrá o no habrá juicio final?   Porque si no hay infierno, no sé yo si tiene sentido…  El caso es que a mí hermano, el que tiene ahora 8 6 años, bueno, según él 87 porque cuenta como los chinos,  el caso es que le dije hace aaaañosss,  vamos a ver… Eso es imposible, faltaría que encima le tuvieses miedo al infierno, eso no puede existir.   Has sacado una familia de tres hijas adelante y con tu mujer, te has ganado el cielo, fijo.       Y no había leído nada de lo que dijo Antonio.    Intuición femenina.     Pero claro,  ustedes son muchos creyendo en el juicio final y me produce una cierta inquietud…como me equivoco con frecuencia…           

    La verdad, creo que el juicio final lo hacemos cada uno , una de nosotras, si tenemos el tiempo suficiente para reflexionar sobre nuestra vida.   Si de repente coges y te mueres, no lo sé.   Así que, pidan disculpas a quienes les tengan que pedir y… paz, hermanos.    Paz.     Es que he leído hoy un artículo que me ha hecho pensar.   En El País.   Habla sobre la vida y la muerte.     Me ha encantado.       Sorry.   Buena noche a todos.    Crean en lo que crean.

  • Carmen

    Porque claro, si Dios, que no sé qué es, pero vamos, ni idea,  todo lo inundase,  cuando dejes de vivir como que no mueres, porque parte de esa inundación soy yo misma.   Y si dejo de vivir,  volveré al sitio de donde procedo. No exactamente.  Dejaré este espacio tiempo.   Iré a un lugar donde el tiempo no existe.   Como ven , no me hace falta un Dios personalizado.   En absoluto.    No me importa en absoluto por qué empezó todo.     Sencillamente, empezó…       Anda que buen jaleo les estoy contando.      Pero yo no he sacado el tema…

  • Carmen

    Y cómo imaginan la vida eterna? La vida fuera del tiempo? Pero puede haber vida fuera del Tiempo?   De verdad creen que Jesús volverá a la tierra para hacer una especie de juicios de Núremberg?  Menudo miedo…   Yo prefiero desaparecer.     No sé.   Me aterroriza lo absolutamente desconocido.    Me parece genial todo,   pero,  a mí ,  que me dejen en paz para siempre.      Lo vivido,  vivido está.    Por eso le doy tanta importancia a La Vida.  Y, desde luego, a la mía.    En realidad es lo único que tengo.      Pero… Que cada cual espere lo que desee y ojalá sus deseos se cumplan.    Pero el mío, también.  No? 

  • Carmen

    No estoy muy segura de que exista el Tiempo.  Diría que es una definición de esas del ser humano y que ha servido para un montón de cosas. Una magnitud fundamental en física.  Quizás ya no tanto, no sé. 

    Mide la huella que pueda dejar la vida.  Las repeticiones que se puedan dar de hechos muy parecidos.  Nos sirve para fijar fechas.  Para hablar de lo que fue. De lo que es.  No de lo que será, salvo alguna deducción que otra, alguna intuición…no sé.

    Pero EL Tiempo en sí mismo,  no sé. No logro entender qué es.      Es curioso, porque sé cómo se mide, o como lo medimos,  pero no sé qué ES.      Pero bueno, eso me sucede con mil cosas.   Pues una más…   Ahora, si hablamos del transcurso de La Vida…  Y la huella que deja…    Pero entonces,   en un lugar del universo en el que no haya vida,  el tiempo transcurre igual o sencillamente no existe porque nadie lo mide?     Es muy extraño y difícil de entender este concepto.   Al menos lo es para mí.      En La Luna, por ejemplo.   Qué sucede con el Tiempo?   Se detiene?   O existe porque la luna da vueltas alrededor de la tierra y las podemos contar?    Entonces el tiempo estaría en estrechísima relación con el Espacio recorrido.    Y no tendría sentido por él solo.     No sé.      

  • Antonio Llaguno

    Me ha gustado mucho tu artículo, Mariano. Te contaré algo. Yo doy un modesto coleccionista de relojes, de forma que es difícil que lleve el mismo reloj  dos días seguidos, aunque como es lógico, con el tiempo, repita. Hay personas de mi entorno que lo perciben, hay gente muy observadora, y preguntan cosas curiosos. Es una afición cara pero que si sabes moverte puedes hacerte con una modesta colección de buenas piezas sin gastar  mucho, y nunca falta quien pide consejo para hacer un buen regalo gastando algo menos. Siempre es posible, pero no siempre mi criterio sobre lo que considero bueno coincide con lo que el otro u otra considera buena elección, en especial cuándo ven que si alguien me pregunta la hora miro el móvil. Y es que entiendo bien al relojero de tu relato, el reloj para mi no es un instrumento para medir el tiempo sino para guardarlo y cuándo miro su aguja trotadora recorrer su esfera a 28.800 alternancias/hora lo que veo no es “pasar el tiempo“ sino el aviso de que, incluso cuando estoy quieto, el resto del Universo está moviéndose para mi y eso me da paz pero al mismo tiempo me llama a moverme, porque me indica lo estéril que es la permanencia, que todo fluye y que como decía Bruce Lee, hay que ser como el agua, que si se estanca, se pudre

  • oscar varela

    Buen día!

    • oscar varela

       
      PARÁBOLA DEL ABUELO Y DEL NIÑO
       
      Mientras tanto, no muy lejos de casa, igual que un pajarito inesperado que se nos posa en la ventana y la llena de graves lejanías, me llenó de distancia este pasaje:
       
      —Abuelo —dijo el niño—, le tengo miedo al tiempo. Tú me dijiste que en su barba se enredan
      todas las cosas. ¿No será una trampa?
       
      —No. La trampa es el hombre —respondió el anciano.
       
      —¿Y a qué se parece, entonces, el tiempo?
       
      —Míralo —dice el abuelo—, es un ojo grandote encadenado a números. Sin embargo, tiene dos patitas con las que camina el mundo y no se cansa. . .
       
      —¿Pero eso es el tiempo? —contestó el niño.
       
      —No. Él está más adentro… los hombres no lo comprenden. Por eso, él los usa como las monedas
      hasta gastarle su precio. . .
       
      Repentinamente el abuelo se ha quedado dormido. El niño, mientras tanto, curioso y celoso de su cajita, no mira otra cosa. . ., se va al patio y corre. Luego se para y piensa. . . No piensa, se lleva el reloj al oído, lo escucha, lo aleja, lo agita, hasta que al fin con un martillo lo raja, lo destroza y no encuentra, no ve lo que él quería, . . Huye entonces gritando: «Mamá, he roto el tiempo. . ., he roto el tiempo. . .»
       
      Luego la madre y el hijo lloraban juntos por el mismo motivo: el niño porque el tiempo ya no estaba en sus manos, y la madre porque el abuelo dormía ya sin tiempo…
      ······························
       
      De LOS RELÁMPAGOS LENTOS – Manuel del Cabral
       
      Nacido el 7 de marzo de 1907, Manuel del Cabral es justamente conocido como uno de los poetas contemporáneos más importantes de nuestra lengua.
      Los cuentos de Cabral están en la mejor línea de la literatura fantástica moderna, pero hay una constante en el escritor dominicano que lo distingue radicalmente, y ese factor es la esencia metafísica que continuamente emana de su obra.
      Esta característica sustancial del notable poeta dominicano, está expresada elocuentemente por él mismo cuando vaticina: “Pero el océano y el viento volverán a su diálogo más viejo mientras esperan que llegue el primer hombre, porque el otro nunca ha sido el primero. Sin embargo, yo también con mi canto duraré tantos siglos. Pues sucede que el viento y el océano ha tiempo que mi canto lo aprendieron para cuando regresen los hombres que no pueden volver sino cantando.”
      ··············