Hace unos días que recibí este artículo de Antonio Ll. y le he estado dando vueltas, mientras esperaba ocasión para publicarlo. A pesar de su aparente origen divulgativo, no procedente de las revistas que marcan el marchamo de autoridad en la ciencia de hoy, sintoniza bien con las últimas reflexiones de Grothendiecck sobre física cuántica y la teoría de cuerdas que permanecen inéditas en cajas de manuscritos y con su creciente admiración por las plantas creadoras de oxígeno libre necesario para la biosfera. Por otra parte enlaza esta aportación con lo escrito anteayer por Mariano sobre el límite (boundary aquí). Gracias por entrelazar reflexiones. AD.
Recientemente ha salido publicado en una revista de divulgación científica (Muy Interesante 4.06.2025, Eugenio M. Fernández Aguilar, “Una nueva teoría sugiere que la frontera entre lo cuántico y lo clásico podría estar en moléculas como el ADN”) que reseña la publicación de un artículo científico del físico W. David Wick (“Can the Infamous Boundary Be Found in Macromolecules?”) donde aborda uno de los enigmas más interesantes de la ciencia moderna: La frontera entre lo cuántico y lo clásico y tanto las causas como las consecuencias de encontrar la determinación de esa frontera.
Hasta la fecha, la determinación de esa frontera, denominada como “Infamous Boundary” (Límite infame) por otro famoso físico (John Bell) debido a su naturaleza esquiva y difícil de delimitar se atribuía a la influencia de los elementos de medida y del observador lo que hace que el criterio a emplear en su análisis sea clásico o cuántico.
Es evidente que los instrumentos de medida no influyen en la determinación del movimiento de un tren, por ejemplo, y por eso empleamos criterios clásicos mientras que si queremos analizar el movimiento de un electrón, si que influyen y por ello usaremos criterios cuánticos.
W. David Wick se pregunta “¿Y si esta frontera no estuviera en los aparatos de medición, sino en las propias moléculas complejas que forman los seres vivos?”.
Wick cree que “existen argumentos plausibles para pensar que ciertas moléculas orgánicas grandes podrían ser el escenario donde se hace visible este cambio de comportamiento físico”.
No lo prueba en su artículo; de hecho, no pretende probarlo. Simplemente establece una nueva línea de análisis para abordar ese límite entre lo cuántico y lo clásico.
Yo tampoco pretendo abordar esa justificación. En el fondo no tengo el conocimiento matemático y físico necesario para ello; pero si podemos ponernos en el escenario que Wick propone y analizar las consecuencias que tendría esa especulación. Esto es lo que hacen muchos físicos cuando afrontan teorías no demostradas (O incluso indemostrables como la Teoría de Cuerdas) pero si especulan con cuáles son sus consecuencias y de ahí deducen si es consistente con la realidad observable.
En primer lugar, veamos como argumenta Wick su propuesta y luego veremos lo que significa.
Según Fernández Aguilar, “Wick parte de un hecho conocido en química: hay moléculas con la misma fórmula química que adoptan formas diferentes en el espacio, y estas formas pueden tener efectos completamente distintos en procesos biológicos”.
La física moderna maneja dos maneras muy distintas de describir sistemas térmicos: una desde la perspectiva de von Neumann y otra desde la de Schrödinger.
La primera no contempla a posibilidad de que la materia pueda estar en diferentes estados y por lo tanto puede asegurar cuál es el estado de la materia usando operadores matemáticos (Funciones, vectores, tensores, matrices, etc…) a la vez mientras que Schrödinger, recordemos su famoso experimento mental con el gato, afirma que sí es posible y que de hecho es lo que reina en la realidad cuántica. La materia se encuentra siempre en una mezcla de estados al mismo tiempo.
En física teórica, esto se concreta en estados de energía de las diferentes partículas; pero recordemos que el experimento de Schrödinger, va más allá, afirma que ese conjunto de estados, en este caso 2, no es un asunto energético sino de vida o muerte (literal) del gato.
Es cierto que en el momento en que queramos determinar el estado “real” del gato (Vivo o muerto) convertimos en determinista la situación y pasamos a un sistema que se comporta de forma clásico, pero es que es ese precisamente el límite que queremos descubrir.
En química, sabemos que existen ciertas moléculas (Enantiómeros) que se comportan de forma diferente en diferentes organismos vivos (Como si fuera un espejo) y que de hecho, los químicos clasifican como comportamientos “diestros” o “zurdos”, siendo como son, la misma molécula.
Wick propone que si al estudiar una de estas moléculas (Los enantiómeros) , por ejemplo al reducir su temperatura, esta molécula se comporta en un único estado de los posibles, ha colapsado a su forma clásica mientras que si se mantiene en una superposición de estados, es que conserva su forma cuántica.
Lo importante de esta propuesta es que el instrumento de medida, non tiene ya influencia en la observación y el observador tampoco, luego la frontera debe estar en la naturaleza de la propia molécula.
Y estos enantiómeros son bastante comunes (ADN, ARN, proteínas, encimas, etc…) es decir, podemos interactuar con estas moléculas a un nivel accesible (Para un investigador en física experimental, claro).
Esto lleva a conclusiones interesantísimas como la posibilidad de moléculas que “se observan a si mismas”; pero, sobre todo, es que propone ciertos experimentos reales y factibles para explorar esta posibilidad.
Como dije, no soy ni físico ni matemático (Aunque esta propuesta tiene la maravillosa virtud de no necesitar, para entenderla, nociones de matemática superior muy elevada) por lo que no entraré en cómo son esos experimentos y cómo se podrían establecer conclusiones, para eso ya está el artículo del Sr. Wick, que sí lo es.
Lo que me ha interesado es: “¿Qué pasaría si esto fuera verdad?”
La primera conclusión es que probablemente, todos los esfuerzos en unificar la mecánica relativista, la mecánica clásica y la mecánica cuántica (Problema fundamental para el mundo de la física teórica) carezcan de interés, no hay que unificar nada porque son formas superpuestas de realidad que en un momento concreto colapsan en una de ellas pero que el resto de su realidad (No me atrevo a decir el resto del tiempo), mantienen esos estados superpuestos.
Eso sería maravilloso, porque dejaríamos de hacernos “masturbación mental” en encontrar teorías cada vez más difíciles de entender y de demostrar para tratar de saber cómo es nuestro universo y nuestra realidad.
Pero lo más interesante es: ¿Puede alguien afirmar, sin ningún género de dudas, que una realidad tan compleja, tan maravillosamente bella, y tan poco obvia, ha podido generarse desde la nada más absoluta por el más absoluto azar?
La respuesta más sencilla es que no y recordemos lo que suele proponer nuestro amigo Willy de Ockham y su navaja.
Si la naturaleza es así de compleja (Y así de hermosa), tanto que supera los límites del “sentido común” (¿Cómo interpretar o intuir que nuestro ADN puede estar en varios estados a la vez? Pues lo estaría y además como propiedad intrínsecamente suya, no por influencias externas, porque ya nació así de origen) ¿No sería lo más lógico pensar que hay un diseño inteligente detrás?
No pretendo afirmar que si esta vía de investigación llegase a resultados comprobables (cosa que es posible, puesto que propone un método para obtenerlos) estaríamos demostrando la existencia de Dios, sino que hace mucho más defendible esta postura.
Obviamente, el cientifismo imperante tratará de desacreditar esta propuesta. Lo hará desde una perspectiva “ad hominem” (el Señor Wick no es nadie), o con desacreditaciones de su pensamiento afirmando que es solo una especulación (cosa que es cierta pero no preocupante, puesto que Teorías consolidadas en el mundo académico como la de cuerdas, la gravedad cuántica de campos, o los multiversos no dejan de ser especulaciones también y sin propuestas de experimentos para su confirmación); pero de confirmarse les os aseguro que el Sr. Dawkins y sus achichincles deberían pensarse mejor sus argumentos.
Es decir que, esto, aún, no significa nada; pero (como diría mi paisano José Mota)… ¿Y si sí?
