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Saber mirar el poliedro de la realidad

La sabiduría de Francisco y el nuevo papa León XIV

Una de las enseñanzas que nos ha dejado Francisco es aprender a mirar, desde la humildad, la complejidad poliédrica de la realidad. Me ha llamado estos días la atención el hecho de que, en las numerosas tertulias en torno al acontecimiento de la muerte de este pastor bueno que ha acompañado los últimos 12 años la marcha en la historia del Pueblo de Dios, su figura para unos se concrete en la afabilidad y la cercanía, para otros en una personalidad compleja y, para no pocos, ambas características la vez. Quizá ello obedezca a esa forma con la que Francisco había llegado a configurar su mirada, que lo capacitaba para discernir la diversidad de caras y la multiplicidad de aristas con que se nos manifiesta lo real.

Aprender a domesticar la mirada de ese modo es tarea interminable para una vida que está acotada. De ahí la necesidad de abordarla caminando juntos, sinodalmente, especialmente cuando la realidad objeto de nuestra mirada es la eclesial. Para comprender a Francisco hay que contemplar la iglesia y el Mundo desde aquel punto de mira que nos proporcione esa perspectiva poliédrica.

Desde semejante tesitura se antoja asaz ocioso plantear su pontificado como más o menos progresista o inmovilista. Llama la atención, sin embargo, que tanto quienes se sitúan hacia la “izquierda” como quienes lo hacen hacia la “derecha” juzguen su pontificado a favor, los primeros, del inmovilismo en virtud de un supuesto fracaso de las reformas emprendidas y, los segundos, difuminando las novedades identificándolas con “lo que siempre ha sido” o con crasos errores. ¿A qué viene tanto bombo y platillo con eso de la sinodalidad –dicen, por ejemplo, estos últimos– la iglesia siempre ha realizado sínodos?  Unos y otros necesitan sus respectivos sofismas para hacer plausible su posición en la gran proliferación de tertulias.

Para algunos tertulianos Francisco ha sido excesivamente reformista y para otros un reformador fracasado. Me impactó la conversación que Javier Cercas refiere, entre Spadaro y Francisco, en su reciente libro El loco de Dios en el fin del mundo: – “¿Usted quiere llevar a cabo la reforma de la Iglesia?”, a lo que Francisco responde, – “No, yo lo que quiero es poner a Cristo en el centro de la Iglesia. Luego será él quien haga las reformas”. Proviene de la entrevista que Spadaro le realizó hace ya doce años.

Francisco detalló el programa de su pontificado en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium donde sitúa sus líneas de acción en el contexto del Concilio vaticano II y, en concreto, en el desarrollo e implementación de su Constitución dogmática Lumen Gentium. Se trata de un programa que pretende llevar a término la moción que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia a través del acontecimiento conciliar y que había sido recogida explícitamente en los pontificados precedentes. El de Pablo VI con la consecución misma del Concilio y la encíclica Ecclesiam Suam, el de Juan Pablo II en la Redemptor hominis y el de Benedicto XVI en Deus Caritas est. Solo hay que leerlas con un poco de atención para captar la sintonía entre ellas y entre ellas y el Concilio.

Se podrá hacer todas las comparaciones que se nos antojen entre los sucesivos pontífices posconciliares y establecer distintos matices en la aplicación, pero resulta difícil de negar cabalmente una continuidad progresiva y leal puesta en práctica del Concilio. Por ello, queda en evidencia una pretensión espuria en aquellos discursos que intentan desmentir una cabal sintonía subyacente. No obstante, hay que reconocer el arrojo, la parresía y la determinación de Francisco en su propuesta de implementación y consumación conciliar.

Por ejemplo, hemos podido leer artículos de gran nivel literario como uno titulado “Francisco, un Papa sin estética y, por tanto, sin ética” cuyo contenido revela ciertas nostalgias, aunque no demuestra, en absoluto, la acusación que profiere en su epígrafe. Antes bien, refleja una importante carencia de conocimiento o, quizá simplemente, de sensibilidad teológica de quien lo suscribe. En cambio, discursos de esa índole, proponen una Iglesia vulnerable al encallamiento pastoral del inmovilismo conservador o un supuesto progresismo político que necesita de una iglesia a la que poder combatir para dotar de sentido su posicionamiento.

Sin embargo, Francisco ha sabido leer los signos de los tiempos para aplicar el coloquio de la Iglesia con el Mundo que ya proponía Pablo VI en Ecclesiam Suam. Pues no se puede entender una iglesia, cuya misión es transparentar la presencia del Resucitado, sin un diálogo encarnado con cada altura histórica y en cada cultura, tal como hizo el propio Maestro, que no fue otro que Dios encarnado en un tiempo y un lugar. Porque la  verdadera Iglesia de Cristo no puede actuar de otra manera y no lo puede hacer sin renovarse por gracia del Espíritu. El papa Francisco ha cumplido, yo diría, heroicamente su misión  para, según el mismo dijo, los cardenales lo eligieron.

Es verdad que ha tenido fuertes resistencias, que ha debido cargar sobre sus espaldas y lo ha hecho con buen ánimo, valentía, temple y misericordia. Pero, no nos dejemos engañar por ciertos discursos, esas resistencias que él ha afrontado no lo han sido propiamente hacia su persona sino contra el Espíritu. Ya estaban larvadas, bien camufladas y operantes en la Iglesia, obstaculizando la gracia del Concilio, al Espíritu que había hablado en él. Podríamos decir que Francisco ha realizado un gran exorcismo en la Iglesia, por eso los demonios han vociferado exabruptos contra él, y lo han hecho con el conocimiento teológico que, Benedicto XVI advertía, debemos reconocer al Satán. Efectivamente, de ese modo, han salido de su escondite y podrán ser expulsados de las entrañas de un cuerpo que ha sido llamado a ser sacramentalmente el Cuerpo de Cristo, el  santo pueblo de Dios que peregrina en la historia. Son la legión de voces que hoy intentan deciernos quién es León XVI, presentando su perfil en franco y elaborado contraste con el de Francisco.

En muchas de sus conversaciones, constatando la mengua de fuerzas de Francisco, llegaron a sugerir la cuestión de su posible abdicación. No obstante, él se mantuvo en su puesto hasta el final, fiel la llamada y al encargo que ella conlleva. Hizo lo debía y lo pudo hacer, porque el relevo que le transmitió su antecesor lo facultaba, lo empoderaba para ello. Pues, la abdicación de Benedicto no obedeció solamente a su fragilidad personal sino también a fragilidad de un pontificado abordado en la soledad de la cúspide eclesial. La Fuerza de Francisco ha estado en la concepción de un papado entendido desde la sinodalidad y asistido por ella, poniendo en valor el sensus fidei y el consensus fidelium. Como obispo de Roma ha prestado el servicio de gobernar la Iglesia acompañado por un equipo de cardenales, desde su puesto en el colegio episcopal como primus inter pares y caminando con el pueblo de Dios para no perder el “olor a oveja”.

Todos hemos podido vivir con él ese gran signo que fue su última cuaresma, su Semana Santa personal, acompañando al Maestro. En ella, no han faltado cirineos que le han ayudado y han hecho posible su camino  sinodal hacia el Gólgota, ese lugar contradictorio que se abre a la Esperanza, escándalo para judíos y necedad para griegos. Y en esa última andadura del camino le dio tiempo a despedirse de aquellos a los que amó, ofreciéndonos como regalo poder ponernos en contemplación cuando accedió a la casa del Padre en la Pascua de Resurrección.Francisco repetía con frecuencia cuatro principios por medio de los cuales  trataba de aprehender la perspectiva poliédrica de la realidad. Ante la tentación de reducirla al espacio de confort sabía que “el tiempo es superior al espacio”, su inexorable transcurso nos arranca, tarde o temprano, de esa parcela de territorio en que nos parece estar a salvo. bien anclada en el pasado o proyectada en un futuro que aún no es ni sabemos si llegará a ser. Porque, aquí viene un segundo principio, “la realidad siempre es superior a la idea”, las ideologías son alienantes. El tercer principio reza: “la unidad es superior al conflicto”, por eso Francisco siempre ha sido respetuoso con ella. No en balde ese es justo el testamento de Jesús su plegaria: “Padre que todos sean uno como tu y yo somos uno”. Pero Francisco no aplicaba este principio mojigatamente, sabía que el conflicto es ineludible porque la unidad se realiza en la diversidad reconciliada: “En la Iglesia caben todos, todos, todos…” También nos exhortó a no amilanarnos con el chantaje del cisma. Porque, cuarto, “el todo es superior a la parte y a la mera suma de las partes”. Desde ahí, no hay que temer a una iglesia sinodal, en la que las iglesias locales juegan un papel sustancial para configurar ese todo del Pueblo de Dios que camina junto, siendo uno en su diversidad.

Hemos escuchado decir que Francisco no ha cambiado nada. Para los que así piensan dejó dispuesto un último importante signo: su entierro a ras de suelo en Santa María la Mayor, bajo una simple lápida de mármol procedente de la tierra de sus abuelos migrantes y su féretro fuera portado, al interior del templo, por personas instaladas en las periferias. ¿Todos estos gestos no seguían poniendo a la Iglesia en salida?

El gesto en sí va más allá de lo que parece, porque, previamente, Francisco consolidó una renovación del cabildo de la Basílica y de sus funciones. Sus canónigos, según los nuevos estatutos, ya no tendrán funciones administrativas de patrimonio, su dedicación estará focalizada en la espiritualidad y la pastoral, toda una renuncia al clericalismo y la mundanidad que con tanta fuerza ha querido extirpar de la Iglesia. Y todo bajo el amparo de la “Salus Populi Romani”, a la que rinde su vida como Obispo de Roma.León XIV no es solo “un papa que viene de lejos” sino alguien acostumbrado a radicar su misión pastoral en las periferias, a vivir la Iglesia como “un hospital de compaña”. Bien podemos hacernos la cuenta de que con él las periferias han llegado al Vaticano, parece que las lleva en sus entrañas.

Si en su primer gran escrito programático Francisco se proponía implementar la Constitución Dogmática Lumen Gentium (ecclesia ad intra), el papa León parece querernos desvelar con la elección de su nombre su intención de implementar la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (ecclesiam ad extra). Su voluntad continuar el camino sinodal, expresada en pequeño pero cuidado discurso en la logia de las bendiciones el día de su elección, seguro viene enriquecida por su experiencia y por sus estudios de Derecho Canónico. León XIV nos ha llegado en el Jubileo de la Esperanza.

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