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El testimonio

Entre el Límite y el Susurro

Me invitas, Mariano, a introducir este artículo tuyo, sugerido, según  me dices, por un texto de Grothendieck que publqué hace poco, El susurro de Dios hoy. ¡Qué satisfacción tener interlocutores como tú en el presente histórico con tanto ruido y tanta angustia de guerras. Yo sigo con mis meditaciones y mis compañeros de cordada hacia lo alto y profundo de mi estar siendo. A veces pienso que ya no voy a tener tiempo de poner en palabras de hoy lo que voy viendo y oyendo en mi interior. A veces temo incluso que se apague este frágil instrumento de encuentro que es ATRIO. Pero mantengo la esperanza de dar testimonio de ello algún día concluyendo escritos que preparo, pues la cosecha de hoy puede ser siembra para futuras generaciones. No ceses tú, Marano, de escribir, que tienes contenidos y estilo para ir sembrando con esperanza. AD.

Este texto no pertenece a ninguno de los dos. Y, sin embargo, ambos lo han inspirado. No es la voz de Alexander Grothendieck, aunque él lo susurró desde su cabaña interior. Tampoco es la voz de quien escribió El Límite, aunque en él resonó con hondura el eco de lo inalcanzable.

Este texto es apenas la voz que los escucha. La voz en off que no quiere explicarlos, sino permitir que se encuentren y sugerir una invitación.

Porque cuando dos miradas han tocado el misterio desde extremos tan distintos —la razón que se rinde y el silencio que susurra—, solo queda callar y dejar que ellos hablen desde lo que no dijeron sus autores, porque límite y susurro son principio y no fin Hay veces en que el pensamiento y la mística no se contradicen, sino que se miran con asombro. Se reconocen sin necesidad de tocarse. Es ahí donde nace este ensayo. No como argumento, sino como contemplación, donde el límite de la razón y el susurro que, limita con la palabra, quedan expectantes.

Hubo un tiempo en que no existía el límite. No porque se hubiese traspasado, sino porque aún no se había concebido. El ser humano vivía en el todo, sin saberse separado. No era sujeto frente al mundo: era parte. No había distancia entre él y el cosmos. Todo hablaba el mismo lenguaje. Era la unidad primordial, no como dogma, sino como experiencia vivida.

Pero un día el ser humano se descubrió fuera. Vio que había otro. Que había un “yo”. Que había muerte. La conciencia trajo consigo la nostalgia de la unidad. Y desde entonces todo lo humano no ha sido más que una tentativa de reconciliación. Toda ciencia, toda fe, toda filosofía, todo arte, son formas de responder a la fractura.

Uno de ellos lo llamó “el límite”: esa frontera móvil que permite pensar sin poseer, que abre el saber sin cerrarlo. El límite no niega la verdad: la hace posible. Permite mirar sin reducir. Da forma sin clausura. Es la herramienta más precisa que la razón ha hallado para respetar el misterio.El otro lo llamó “el susurro de Dios”: esa voz tenue que no exige, que no impone, que no se prueba ni se defiende. Una voz que no se mide ni se grita, sino que pasa como viento y deja una huella profunda en quien se atreve a escuchar. Una voz que no se puede compartir, pero que transforma. Que no busca adeptos, sino fidelidad interior.

Ambos sabían que el mundo grita. Que las instituciones, las ideologías, las patrias, los dogmas y hasta la ciencia misma pueden ser instrumentos del estruendo. Ambos sabían que el ruido ensordece. Y que solo en el límite, solo en el susurro, puede brotar algo que da sentido pleno a la vida.

Y sin embargo no huyeron. Ni se ocultaron del todo. Dijeron lo justo. Escribieron sin querer convencer. Dejarán, quizás, una estela para quien venga detrás. Pero nunca fundaron escuela, ni lo pretendieron. Porque sabían que lo más real no se enseña. Solo se muestra. Y ni siquiera eso: solo se insinúa, pero desde la integridad del ser. No solo desde su mente. No solo desde sus razones. No solo desde sus sentimientos. Si desde toda su materialidad y su espiritualidad. Sí desde su persona íntegra.

No dejaron escuela, no dejaron método, no dejaron epistemologías ni leyes de conducta. Pero dejaron testimonio. Porque la verdad solo se puede testimoniar. Y sin testimonio, tanto el límite como el susurro se disolverían en pura abstracción. El testimonio ancla lo invisible en la historia, lo inabarcable en la carne, lo inefable en el tiempo. No obliga, no impone. Se ofrece. Se presenta y se ausenta. Y al hacerlo, respeta el mayor don que el ser humano posee: su libertad.

En la historia humana hay muchos testimonios, pero uno solo se ofreció como el centro del tiempo, de la historia de toda la humanidad. Como plenitud y medida del hombre. No vino a explicar el límite ni a amplificar el susurro: vino a encarnarlos. No vino a resolver, ni a solucionar ningún problema, sino a cumplir una promesa de plenitud. No vino a gritar, sino a hablar con autoridad en la hondura del corazón. Su palabra no fue “razona”, ni siquiera “cree”, sino: “sígueme”. Y ese seguimiento no se da desde la certeza, sino desde la adhesión a dicha palabra con todas nuestras facultades. Con todo nuestro ser. Porque dicha palabra no puede ser poseída. Ella es “acogida”. “La que acoge”.

El «sígueme”, interpela a todo el ser. Porque la plenitud no se alcanza por elucubración —por más científica o espiritual que sea—, sino por adhesión al testimonio que se da y se retira en ofrecimiento, que es espera. La verdad se ofrece en una forma viva que puede ser negada, como lo fue. Y por eso mismo es tan auténtica.

Este texto es eso: una simple insinuación. Una invitación a dar testimonio en plenitud, con todas nuestras facultade. Materiales y espirituales. De que la verdad no está donde se afirma con fuerza, sino donde se murmura con respeto. De que el límite no encierra, sino que llama. De que el susurro no es ausencia de poder, sino expresión de la verdadera potencia: la que no necesita imponerse.

Ambos textos no desvelan, “Revelan”.

Revelan que el testimonio no es un sistema de pensamiento, una idea, un conjunto de verdades, sino, ante todo, el encuentro personal que da sentido nuevo a toda la existencia y desde el cual se puede entender toda doctrina. Esa Presencia que es umbral y palabra y está más allá de todo límite y de todo susurro.

Sin testimonio, el límite y el susurro son pura abstracción.

Este texto no dice nada nuevo. Pero si alguien, leyéndolo, guarda silencio por un instante, entonces quizás haya escuchado lo mismo.

Y eso basta.

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