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El susurro de Dios hoy

Sabéis que estoy sumido, ensimismado, en una búsqueda (ascensión o inmesión, no sé bien) de sentido último de mi vida y del Universo. No sé si es la enorme cantidad de memoria de lo  vivido y revivido en momentos como este de cambio de paradigmas o mi incapacidad la que me impide comunicame más pr escrito. Algún día tal vez lo haga. Pero hoy he acabado mi enésima lectura del capítulo III de La Llave de los sueños, y me encuentro con con este final de Alexander Grothendieck. Sé que muy pocos son los que, aún cuando había comentarios directos, han entrado en la lectura de sus difíciles libros, aquí con frecuencia presentados. Pero hoy siento un impulso especial a presentar estos párrafos, escritos por AG cuando acaba el parágrafo 36: Dios habla en voz muy baja. Escribe un 28 de junio de 1987. Solo siete meses antes había descubierto y creido que era el buen Dios quien le hablaba desde lo más profundo de su psique. Y había empezado a leer algunos libros de místicos, entre quienes Marcel Légaut iba rpresentar a partir del capítulo siguiente su gran guía espiritual. No es un exabrupto airado. Es todo un análisis  de cómo la religión intitucionalizada y la idolización de la Ciencia moderna concurren a silenciar la verdadera voz de Dios en lo más íntimo de las personas. AD.  

Nos gusta imaginar a Dios dictando Sus mandamientos con la voz del trueno, para que sean grabados, inmutables, en tablas de granito. En verdad, Dios habla en voz baja, y al oído de uno sólo. No ordena ni impone, sino sugiere y anima. Y lo que Él dice es locura para todos los que nos rodean, igual que para nosotros que somos su dócil imagen. Nada a nuestro alrededor ni en nosotros, salvo esa única voz, nos incita a prestarle atención, y todo nos disuade de hacerlo. Por eso es tan raro que escuchemos y más raro aún que hagamos caso.

Y seguramente por eso hay tan pocos elegidos.

Esa voz imperceptible es como un viento suave que pasa por la hierba, y cuando ha pasado parece que no ha pasado nada, todo sigue siendo igual. Los mismos profetas, los místicos, los santos primero lo rechazaron, como una vana quimera o como un sueño loco, antes de atreverse a reconocerlo y de apostar su vida a esa fe temeraria, esa fe loca, desafiando toda “sabiduría”. Si hoy en día a algunos nos parecen grandes, ellos que fueron modelados con el mismo barro que nosotros, es porque se atrevieron, ellos, a ser ellos mismos osando dar crédito al viento que sopla y que pasa, subiendo de las profundidades. Su fe es la que los hace grandes, restituyéndoles ellos mismos a sí mismos. No la fe en un “credo” compartido por todos o pregonado por un afanoso grupo de defensores. Sino la fe en la realidad y el sentido de algo delicado e imperceptible que pasa como la brisa y nos deja solos ante nosotros mismos como si jamás hubiera estado.

Ésa es, la verdadera “fe en Dios”. Aunque nunca se hubiera pronunciado Su nombre, sin embargo es ella. Es la fe en esa voz baja que nos habla de lo que es, de lo que fue, de lo que será y lo que podría ser y que aguarda – voz de verdad, voz de lo que vemos… Somos y llegamos a ser nosotros mismos solamente cuando escuchamos esa voz, y tenemos fe en ella. Es ella la que actúa en el hombre y le hace avanzar y le anima en el camino de su devenir.

Esa fe no es más que la fe en nosotros mismos. No en el que nos imaginamos o quisiéramos ser, sino en el que somos en lo más íntimo y en lo más profundo – en aquél que está en camino y al que esa voz llama.

No obstante a veces la voz se hace potente y clara, habla con fuerza – no la del trueno, sino con la fuerza misma que yace en nosotros, ignorada, y que de repente ella revela. Así es ella en el sueño mensajero, hecho para sacudirnos un sopor (quizás mortal…). Pero esas insospechadas fuerzas se despliegan en vano – pues ¿dónde está el metro certificado que las medirá con su rasero (para que comprobemos que dan la talla…), dónde la balanza que las pesará (y nos da luz verde para admirar…), dónde el cronómetro que les pondrá coto (para limitar los daños…)? Después de todo no son más que sueños, ¿no es cierto? ¿Quién sería tan loco como para escuchar un sueño, e incluso hasta seguirlo?

Incluso cuando, por algo extraordinario, Él levanta la voz, diríase que Dios hace todo lo que puede para, sobre todo, no presionarnos por muy poquito que sea para que Le escuchemos, ¡mientras que todo nos empuja a taparnos los oídos! Es casi como si Dios mismo participara en la puja:

“Oh, sabéis, sobre todo que no hay que preocuparse ni sentirse obligado. Si Yo te hablo es como si Yo me hablara a mí mismo mascullando algo. Después de todo Yo no soy un personaje importante como Fulano que habla en la radio o Zutano que concede una entrevista y un Mengano más que acaba de publicar un libro muy leído o Perengano que afirma con aire perentorio mirando a su alrededor o Aquella de voz aterciopelada que te acaricia como un guante… Ante todo, no quisiera hacerles la competencia y por otra parte Yo tengo mucha paciencia y muchísimo tiempo, así que no hay prisa para escucharme, si no es en esta vida será en la siguiente o la de después o dentro de diez mil años, tenemos todo el tiempo…”

Con todo eso, ¡es milagroso que el Sin-importancia, el Todo-Paciente, el Insensato, el Ignorado, sea escuchado alguna vez! Sólo puede culparse a Sí mismo, el Señor de toda vida al que gusta tanto esconderse y rodearSe de misterio y hablar la lengua de los sueños y del viento, cuando Él no está en silencio. El mundo entero atruena y ordena y decreta y determina, y promete y amenaza y fulmina y excomulga y machaca sin piedad cuando no masacra sin vergüenza, en nombre de todos los dioses y todas las sacrosantas Iglesias, de todos los reyes “de derecho divino” y todas las Santas Sedes y todos los Santos Padres y todas las altivas patrias, y (last but not least) en nombre de la Ciencia ¡sí Señor! y del Progreso y del Nivel de vida y de la Academia y del Honor del Espíritu Humano, ¡ya lo creo!

Y en ese clamor de todos los poderes y de todos los apetitos y de todas las violencias, Sólo Uno se calla – y Él ve, y espera. Y cuando por ventura Él habla es en voz tan baja que jamás nadie escucha, como dando a entender a la vez que murmura:

“Oh! Yo, sabéis, verdaderamente no merece la pena escucharMe. Además en ese jaleo os cansaría..”.

Los caminos de Dios, lo reconozco, son insondables. Tan insondables que no podemos extrañarnos de que el hombre se pierda en ellos e incluso pierda el rastro de Dios y hasta Su recuerdo. Las religiones que, sin duda, Él ha inspirado, se contradicen y se exterminan unas a otras, y los pueblos que antes se proclamaban hijos de una misma Iglesia, no han dejado de masacrarse a placer unos a otros, a lo largo de siglos y al son de los mismos himnos fúnebres celebrando el mismo Nombre, los sacerdotes con casulla en compañía de poetas laureados cantando piadosamente amén “por los que piadosamente han muerto por la patria…”.

En nuestros días el buen Dios está pasado de moda, pero el macabro circo gira tan deprisa como nunca: los sacerdotes y los poetas siguen haciendo su tarea de sepultureros, bajo el báculo alerta de los generales, los reyes los presidentes los papas, mientras que la Ciencia (alias el Honor del Espíritu Humano), siempre tan sublime y tan desinteresada, facilita los grandiosos e impecables medios de las perfeccionadas Megamasacres electrónicas químicas biológicas atómicas y de neutrones para los osarios de hoy y de mañana.

Sólo Dios se calla. Y cuando Él habla, es en voz tan baja que jamás nadie Le escucha.

 

Nota final de AD: La continuación de este párrafo con que Grothendieck acaba el capítulo III de su libro sobre su itinererio de conocmiento espiritual de sí mismo y del Universo, contnúa con el capítulo IV que ya publicamos en ATRIO, introducido y brevemente comentado por mí. El lector interesado puede leerlo en esta página de ATRIO: https://www.atrio.org/grothendieck-fe-en-si-mismo-y-mision-personal/ . Quien esté interesado en el conocimiento progresivo de los escritos de AG, puede escribirme comunicando su experiencia de lectura o pidiendo más ayuda para entrar en unos libros que al principio asustan o en los inéditos que quedan guardados en la Biblioteca Nacional Francesa, a medida que se tengan versiones de ellos. AD. antonio.duato.gn@gmail.com.

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