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Pensamientos sabáticos, 24

La paz que da la pérdida de memoria.
Pero hay realidades que no pienso olvidar

Con los años voy perdiendo memoria. Sin tener tanta como mi padre, que en paz descanse (quien podía repetir 130 palabras seguidas que yo le había dictado antes, y por el orden del dictado), o como mis hermanos mayores, la verdad es que de joven tenía muy buena memoria.

Al preparar un examen del colegio de historia, de literatura, de filosofía o de historia del arte, con decenas y decenas de páginas de apuntes (además de los gruesos libros de texto), prácticamente las memorizaba todas y las reproducía en la larga respuesta de la pregunta única, que casi siempre me ocupaba 16 páginas, no sé por qué: “Hegel”, “la Revolución Francesa”, “la Revolución Industrial”, “el impresionismo”. Veía una película en el cine y al día siguiente se la podía narrar escena por escena a mi hermana pequeña o a un buen amigo. Ahora, en cambio, le digo a Julia que mientras recuerde su nombre, no todo está perdido.

La verdad es que no lo lamento. La pérdida de memoria me da mucha paz; me permite cobijarme en un cálido interior de reflexiones, recuerdos lejanos (esos no desaparecen nunca, curiosamente), sentimientos, algo así como la celda de un monje o la biblioteca de un lector apasionado. A medida que el contacto con lo exterior mengua, lo interior se dilata. Sinceramente, no lo cambiaría por nada.

En parte escribo mucho por eso: para que quede (para mí o para otros) lo que seguramente acabaré olvidando. De ahí que alguna vez retome un escrito mío de hace unos años y me sorprenda a mí mismo preguntándome: “¿esto lo escribí yo?”. Todo me suena, pero no recuerdo el proceso de redacción.

¿Me esperan, entonces, unos confortables años de progresiva senectud, aislándome del mundo exterior y refugiándome en mi confortable celda interior?

Pues no.

o puedo olvidar Gaza; no puedo olvidar Ucrania; no puedo olvidar Sudán; no puedo olvidar a las madres buscadoras de sus hijos aquí, en México, ni los casi cien homicidios diarios que hay en el país, ni los emigrantes que atraviesan el desierto o el mar, a veces encontrando solo su propia tumba en el viaje, ni los cincuenta millones de pobres de México, ni el planeta que estamos consumiendo a una velocidad desmesurada; ni tampoco puedo olvidar a los familiares y amigos que de vez en cuando me dicen, “reza por mí, José, lo necesito”. No tengo intención de olvidar nada de eso. Mientras me quede un pequeño reducto de memoria, todos esos nombres, todos, estarán ahí.

Seguiré, espero.

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