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La herida primordial

Límite y umbral de la libertad

Este artículo —complementario del anteriormente publicado bajo el título «El Hijo Pródigo: Límite de toda fenomenología”, no es un ensayo sistemático ni una reflexión técnica. Es, más bien, una tentativa simbólica. Un intento por asomarme a ese umbral misterioso donde el ser humano, todavía no herido, ya carga en sus entrañas la posibilidad de la herida. No como castigo ni culpa, sino como condición de su más alta dignidad: la libertad, y no olvidemos tampoco, que ella es la que confiere a todo ser humano su singularidad.

Aquí no se describe la herida consumada, sino el lugar donde podría abrirse. Un espacio a la vez dinámico y latente, donde la libertad está por ser insuflada, y con ella, la posibilidad de ser aceptada, pero también de ser rechazada. Este, es un texto que se balancea entre imágenes y conceptos, entre una teología implícita y una fenomenología desbordada, buscando en el lenguaje de la imagen un eco que revele lo invisible, lo inefable.

Es por ello que vuelvo a hacerlo desde una metáfora visual, porque solo desde ella podemos liberarnos de la esclavitud de la razón argumentativa y sobrevolar el nido de la objetividad racional, para poder alcanzar esa otra altura donde el espíritu de la libertad no se deja enclaustrar por argumentos. Allí donde el logos se fatiga, la imagen aún puede sugerir y aún puede seguir.

Si dicha posibilidad no estuviese contenida de forma latente en el acto saturado de la creación, el ser humano no sería imagen de su creador, no se podría percibir a través de él; es más, simplemente no habría creación humana en el sentido en que la concebimos. Lo creado, el ser humano, es de distinta naturaleza a quien ejerce dicha facultad creativa. La dimensión creadora supera a la dimensión creada. Al igual que el artista siempre supera su obra.

El Credo, ese texto que recoge y sintetiza los fundamentos de la fe cristiana, lo afirma de forma cuasi explícita al referirse a la primera persona de la Santísima Trinidad como: «Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero, “engendrado, no creado”, de la misma naturaleza que el Padre…» En este contexto se revela el verdadero sentido del ser humano como imagen de su creador: su naturaleza es la de ser “imagen de su creador”.

Dicho esto, podemos afirmar que la libertad humana está “potencialmente” herida en su origen, y lo está precisamente porque es su estado máximo de libertad. Está en estado de latencia entre el fin por el que es creado y el fin que este ser humano elija libremente. Es como si el acto saturado pidiese permiso a su creatura para ser acogido. El acto creador se ofrece a su obra dándose, entregándose desde el principio, pero sin imponerse, sin amenazarle con ningún castigo, para no coartar su libertad otorgada.

Esta situación del ser primordial, por necesidad, demanda un estado de justicia originaria, en la que el principio y el fin se justifican plenamente. No puede accederse a ella por ningún otro medio. Este espacio es latencia, potencia y patencia, en el que la herida simplemente es posibilidad. Es un espacio virtual que, en su sentido más pleno, sería como encontrarse inmerso en una evolución sobrenatural. No sería un espacio contingente al estar aún en estado de saturación. Símbolo del don de la gracia hecho a la humanidad desde su origen, desde el comienzo más velado de la vida divina y eterna, que no se manifestará ni desplegará en plenitud sino al final de los tiempos.

Es en este espacio atemporal, atópico y ahistórico donde surge un dinamismo en el que la gracia pudo no haber sido personalmente asumida por el hombre en el primer momento de su existencia. Pero ya estaba ahí, en ese estado triádico —en potencia, latencia y patencia— como oferta a su libre disposición. Esa sería la orientación hacia la perfección escatológica del acto creador.

El ser humano es creado no para permanecer en una hipotética condición de naturaleza pura, sino para realizar su apertura trascendental, más allá de su propia estructura ontológica. Esta orientación se revelará más tarde, nítidamente, en la historia del ser humano en la persona de Cristo como cumplimiento intrahistórico del dinamismo del acto saturado y saturador de la creación y del perdón.Entre todo este balbuceo de imágenes, no se debe olvidar que la libertad no es, sin más, la facultad de elegir entre el bien y el mal, el egoísmo o el altruismo; la libertad reside en quien dispone de sí para hacerse disponible orientándose al fin por el que fue creado.

En este contexto simbólico y anticipatorio, pocas imágenes condensan con tanta fuerza ese instante originario —ese umbral vibrante donde la libertad aún no ha pronunciado su sí ni su no— como el famoso fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: “La creación de Adán”. Allí, el toque aún no consumado entre la mano del Creador y la del primer hombre resume visualmente la totalidad de este misterio que aquí intentamos evocar.

El gesto aún incompleto entre el Creador y su creatura representa con sorprendente precisión ese instante originario en que la herida aún no ha acontecido, pero ya late en posibilidad. La escena visualiza el drama suspendido de la libertad ofrecida y aún no ejercida. La vitalidad contenida en el espacio entre los dedos sugiere un dinamismo interior, no visible pero inminente.

En consonancia con el texto, esta imagen no ilustra un momento consumado, sino que abre una puerta al umbral de lo posible, donde el amor creador se detiene a esperar. Esa espera es el preludio no de un destino cerrado, sino de una historia libre, donde la herida es la posibilidad misma del don, y el don, la condición trascendente del ser humano como imagen de su creador.

No se trata solo de una escena teológica o artística, sino de un símbolo absoluto: un universo entero suspendido en una fracción de segundo, donde el tiempo parece contener la respiración y el ser aguarda en tensión. La mano de Dios se extiende con intención amorosa, con fuerza serena y generosa. La de Adán, apenas levantada, casi inerte, contiene todo lo humano aún sin desplegar. Ese ínfimo espacio entre ambas no es vacío: es plenitud contenida. Es latencia radical.

Ahí, en ese espacio invisible, vibra la posibilidad de la herida: no como tragedia, sino como condición de posibilidad de la libertad. Porque el amor verdadero, el que se dona sin imponerse, deja abierta la posibilidad del rechazo. Y en esa posibilidad late la herida. Aún no infligida, pero ya real en potencia.

El fresco entero está cargado de una vitalidad a punto de eclosionar. No es una escena estática, sino dinámica, pulsante. Es la génesis del mundo interior. La libertad está a punto de ser insuflada. La historia de la humanidad está a punto de comenzar. Y con ella, todo: el amor, la ruptura, el perdón, la redención. Todo está contenido en ese no-contacto que ya dice todo.

Al contemplar esa escena silenciosa pero sugestiva con los ojos del espíritu, comprendemos que la creación no fue un acto cerrado, sino una espera abierta. El Creador no impone, sino que ofrece. El ser creado no reacciona aún, pero ya es llamado a disponerse. Esa disposición, ese gesto aún no pronunciado, es el drama fundamental del ser. Y es ahí, justo ahí, donde nace la herida: no como falta, sino como posibilidad. No como castigo, sino como precio ineludible de alcanzar por participación la libertad absoluta.

Así, el misterio de ese estado primordial no es un reposo indiferente ni una quietud abstracta. Es tensión, expectación, soplo. Es el momento exacto en que todo puede comenzar y terminar en plenitud, y en el que todo puede también ser lo que no debe ser. Es el instante en que la creación aguarda su propia acogida. Y en ese umbral —que no cierra, sino que abre— la herida ya late. No como ruptura, sino como prólogo del amor libre que se ofrece sin condiciones. Punto en el que la propia herida primordial se convierte en límite y umbral de la libertad.

El autor de este fresco, Miguel Ángel Buonarroti, pintor, escultor, arquitecto y poeta, fue un hombre habitado por una inquietud interior radical, cuyo arte jamás se limitó a representar lo visible, sino a expresar lo invisible en lucha por encarnarse.

Su carácter era complejo: apasionado, solitario, frecuentemente atormentado. Creyente profundo, pero no obediente a formas religiosas rígidas, vivió con la tensión de quien se sabe llamado a lo absoluto pero atrapado en los márgenes de lo histórico y lo finito. Esta tensión late en cada una de sus obras, y en especial en esta de la Capilla Sixtina, donde La creación de Adán no es simplemente una escena bíblica, sino una condensación dramática del misterio que él experimentaba en su existencia.

Cuando Miguel Ángel pintó esta imagen, ya ha esculpido su imponente Piedad y el exuberante David, obras donde el mármol parece ceder al alma que pugna por salir de la materia. Pero ahora en la Sixtina, en cambio, no hay mármol: hay color, forma, gesto suspendido. No hay victoria ni tragedia: hay tensión vital detenida en el umbral. El dedo de Dios se extiende, y Adán no responde aún. Ese espacio mínimo entre ambas manos se convierte así en el campo de batalla de toda ontología y toda antropología. Miguel Ángel no representa una escena cerrada; su arte abre un abismo silencioso que nos satura de palabras y nos invita a habitarlas en ese espacio infinito de nuestra libertad, muy lejos de toda filosofía y de toda ciencia que acaba siempre encajonado en leyes y postulaos toda realidad.

Según testimonio de sus contemporáneos, Miguel Ángel trabajó durante años casi en soledad, tendido sobre andamios, en una danza agotadora entre cuerpo y espíritu, entre materia y sentido. No obedecía a encargos, sino a una voz interior más honda que todo encargo. Y así lo expresó también en su poesía, donde confiesa que, al tallar o pintar, no busca la forma externa, sino liberar el espíritu cautivo en la materia.

Por ello, no sorprende que este fresco de la la Sixtina no sea una afirmación, sino una pregunta. Y La creación de Adán no sea un dogma, sino una teología abierta, sin palabras, sin sistema, pero colmada de sentido. Como si Miguel Ángel, en ese gesto inconcluso, hubiese querido dejar constancia no solo de la grandeza del Creador, sino también de la vulnerabilidad del hombre libre. Y, sobre todo, de ese misterioso instante en que la libertad está a punto de ser infundida… y con ella, la posibilidad de la herida.

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