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“Habemus Papam!”: León XIV
Pocos días hay tan intensos como los de un cónclave. En ellos los católicos andamos muy emocionados, y muchos no católicos también viven con intensidad la expectación ante lo que vaya a pasar. Sin duda, cada año hay elecciones políticas en uno u otro país, y las noches electorales suelen ser emocionantes; sin embargo, el cónclave tiene algo especial que las elecciones políticas no tienen.
No hay candidaturas, ni programas, ni partidos, ni sondeos. La lista de verdaderamente elegibles es muy larga. Además, están esas costumbres antiguas que, lejos de aburrirnos, hacen de la elección de un papa algo especialmente emocionante: la fumata negra o blanca, por ejemplo; o el hecho de que los cardenales estén encerrados a cal y canto, incomunicados con el mundo, en pleno siglo XXI. Y al final, “habemus Papam!”: el cardenal Robert Francis Prevost Martínez.
Prevost había salido en la lista algo amplia de papables, la de doce o quince cardenales con más posibilidades, pero nunca aparecía en la más restringida de tres o cinco, con lo que se ha confirmado el dicho de que “en un cónclave quien entra papa sale cardenal”. Pocas veces aprendemos tanto sobre una persona en tan pocas horas. De los nuevos presidentes de Estados Unidos, México, Francia o Brasil llevamos meses o incluso años obteniendo información; pero cuando se trata de un nuevo papa de los que no eran papables, nos encontramos ante una figura de la que no sabíamos prácticamente nada, y en pocas horas conocemos hasta detalles de su juventud.
De Prevost sabemos que es un norteamericano nacido en Chicago, de 69 años (relativamente joven para empezar como papa en comparación con otros posibles), hijo de peruana de origen español y por parte de su padre de origen italiano, francés, dominicano y africano (el apellido Prevost es francés). Es, por tanto, lo que en Estados Unidos llaman un “hispano” o un “latino”, algo que no habrá entusiasmado a los americanos pro-Trump, partidarios de reducir al máximo el fenómeno inmigratorio: mal que les pese, el primer papa norteamericano de la historia es un hispano, hijo de inmigrantes. Su relación con Perú no se reduce al origen de su madre. Él mismo tiene la nacionalidad peruana porque vivió en aquel país más de veinte años (1985-1986, 1988-1999 y 2013-2023), hasta llegar a ser obispo de Chiclayo en 2014. Tras el cónclave, se dirigió en español a sus antiguos fieles de aquella diócesis, y lo hizo en español, la primera vez en la historia que un papa recién elegido hablaba en ese idioma desde el balcón de San Pedro. Ni siquiera lo había hecho el argentino Bergoglio. Es el primer papa norteamericano de la historia y el segundo latinoamericano; el segundo que tiene el inglés como primera lengua tras Inocencio IV, en el siglo XII; el segundo papa matemático de la historia, tras Silvestre II, “el papa del año 1000”. Parece que es un continuador del magnífico papa Francisco, del que fue estrecho colaborador, pero al mismo tiempo se ha propuesto como meta que los conservadores y tradicionalistas se vuelvan a sentir a gusto en la Iglesia, y lo ha hecho con gestos como el de su vestimenta en el balcón (llevaba la capa roja que Francisco había rechazado en la misma situación por “principesca”) o como el de dirigirse a los cardenales al día siguiente en latín, además de hacerlo en italiano, español e inglés. Ya lo ha dicho, quiere construir puentes: puentes dentro de la Iglesia; puentes entre la Iglesia y el resto de la sociedad; y puentes en lugares de conflicto y tensión, como son Palestina-Israel, Ucrania-Rusia, Sudán y ahora India-Pakistán. Hay demasiados conflictos en el mundo, y demasiado gordos, y ninguno le es ajeno al papa de la Iglesia Católica, “maestra en humanidad”. Prevost habla bien inglés, español (su lengua materna) e italiano, y parece ser que se desenvuelve aceptablemente bien en algún otro. Es un ministro de la Iglesia con sentido pastoral, cercano a la gente, con la cabeza bien amueblada (matemático, filósofo, teólogo y doctor en Derecho Canónico). Es aficionado al tenis, a la lectura, a la música y al béisbol (seguidor de los Chicago White Sox). Es agustino; fue superior general de su congregación, la Orden de San Agustín, del 2001 al 2013. Reivindicó esa herencia en el balcón de San Pedro, una espiritualidad que se remonta a los siglos IV y V, basada en la oración, el estudio, la pobreza y la vida comunitaria conventual, y que no cuajó como orden canónica hasta el floreciente siglo XIII. San Agustín, obispo de Hipona y uno de los grandes Padres de la Iglesia (de habla latina, no griega), seguramente el más grande, ha aportado un legado inmenso a la Iglesia y alguna que otra losa también: se teología es brillante. Cuando yo era estudiante de teología, leí en París La Ciudad de Dios, una formidable teología de la historia que me cautivó; sus reflexiones sobre el libre arbitrio marcaron a Martín Lutero; y estudié latín con sus comentarios de los salmos, donde sus juegos de palabras y el ritmo de sus frases penetran en el espíritu del lector como agua de mayo. En cambio, nos dejó la pesada losa de una moral sexual excesivamente estricta y temerosa, fruto de los escarceos anteriores a su conversión, como él mismo reconoció humildemente en sus Confesiones.
El nuevo papa se ha puesto el nombre de León XIV para reivindicar la herencia de Léon XIII, un destacado pontífice de finales del siglo XIX e inicios del XX, el iniciador de la Doctrina Social de la Iglesia que los profesores de teología moral social no nos cansamos de enseñar. León XIII ―otro demasiado estricto con la moral sexual― fue un papa que ha marcado el pensamiento social cristiano durante más de 130 años desde la encíclica Rerum Novarum[1] (1891), con su doble crítica del capitalismo y del socialismo, y con su reivindicación de la libertad y de la justicia social, no de la una contra la otra. Si se le hubiera escuchado, habríamos tenido un siglo XX más justo y menos violento, pero lamentablemente no se le escuchó. El papa Prevost ha dicho que así como León XIII supo aportar luz a los católicos (y no católicos) en pleno desarrollo de la Revolución Industrial, él querría hacer lo propio en pleno desarrollo de la Revolución Digital. Todo un programa. Somos muchos los que vamos a estar dispuestos a echarle una mano en lo que necesite en esta misión de construir un mundo más humano que el actual.
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Lecciones aprendidas en la vorágine de los medios de comunicación social
Los medios de comunicación social tienen una lógica propia, muy particular. En España yo solía intervenir en ellos, pero casi siempre con un ritmo moderado: artículos en periódicos (una vez al mes), participaciones en radio (hubo años que intervenía una o dos veces a la semana, pero habitualmente era mucho menos), algunas entrevistas en televisión (una cada varios años). Solo en primavera de 1992, cuando aún era estudiante de teología, tuve que aparecer bastante en los medios como delegado de mis compañeros de facultad con motivo de la beatificación de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, que despertó protestas. Llevo en México seis años, y durante este tiempo apenas había aparecido en los medios (un par de entrevistas en Radio Ibero), una vez en la revista Animal político y poco más. Con el cambio de papa, en menos de tres semanas he intervenido treinta veces en los medios de comunicación social, y en varias de ellas con algunos de los presentadores más conocidos del país. Un día intervine en seis televisiones y dos radios: una auténtica vorágine. No soy el único; a otros colegas les ha pasado algo parecido. En todas esas entrevistas hemos tratado de aportar luz en estos momentos complicados de cambio de papa. Afortunadamente, parece que las cosas ya se han calmado; la tormenta ha pasado y puedo volver a mi investigación del año sabático.
No obstante, algunas cosas me han llamado positivamente la atención. En primer lugar, la calidad humana de algunos presentadores. Me he encontrado con personas buenas y cultas, que hablan bien, y que aprenden mucho en poco rato. Me han sorprendido porque conmigo han hablado de papas, de la Iglesia y del cónclave, pero con otros invitados hablan de economía, aranceles, inmigrantes, violencia, cultura, lo que sea. El periodismo, y el mundo de la comunicación en general, es una profesión extraordinaria: tienes que entender muchas cosas, muy distintas, en poco tiempo y comunicarlas bien. Ahí es nada.
También me ha llamado la atención la profesionalidad de los que no salen en la cámara o de los que no hablan ante el micrófono: responsables de los invitados, productores, técnicos, etc. Son cordiales, atentos, educados y humildes.
Me ha resultado sorprendente la capacidad de improvisar que tienen los profesionales de la comunicación: “Doctor, ¿podemos hacerle una entrevista en directo por zoom dentro de media hora?”; “¿podría venir a los estudios esta tarde?”. Tienen programaciones de 24/24 horas; tienen que llenar un montón de horas de comunicación; tratan de prepararlo todo con tiempo, pero cuando no es posible, como en un cónclave, improvisan de maravilla.
Son vocacionales. Estando casados y con hijos, se han pasado noches sin dormir: por la misa exequial del papa Francisco, que en México fue de 2.00 a 5.00 h de la madrugada; y en la primera noche del cónclave, por si salía elegido papa en la mañana de Italia; y tenían intención de seguir trasnochando si era necesario. ¡¡Uff!! Respiraron al ver que salió elegido el nuevo papa tan pronto, el jueves, segundo día del cónclave, porque así podrían descansar durante el fin de semana. ¿Qué otras profesiones hacen esto? Los profesionales de la salud y los cuerpos de seguridad cuando hay catástrofes, pero no muchas más.
En treinta entrevistas no me han lanzado ni una sola pulla, y eso que los católicos hemos hecho méritos para ello en estos últimos tiempos. Todas las preguntas, sin excepción, han sido sumamente respetuosas. Estamos hablando de más de cien preguntas.
Tras estas tres semanas de vorágine mediática debo decir que admiro todavía más a los periodistas y en general a los profesionales de la comunicación. Chapeau, mes amis! [Me quito el sombrero, amigos].
Seguiré, espero.
[1] Rerum Novarum significa “acerca de las cosas nuevas”, y esas cosas nuevas de 1891 eran el capitalismo y el socialismo, aunque el papa León XIII utilizó otros términos para referirse a ellos.
