
Límite de toda fenomenología
El presente artículo nace como prolongación reflexiva del pensamiento desarrollado por Carlos Díaz en su lectura del fenómeno saturado de Jean-Luc Marion, y particularmente a partir del punto tercero de su análisis.
Sin alterar el tono ni la intención profunda de su reflexión, en este texto intento dar un paso más, introduciendo la dimensión del perdón como figura plenificante del acto creador. Acto plenamente saturado, y allí donde la mera fenomenología de J.L. Marión es rebasada por la “ontodología” – ontología del don – que nos presenta C. Diaz y que nos enfrenta a su límite fenomenológico ante la “Herida” de la historia humana. Esa herida primordial que impregna misteriosamente toda existencia de principio a fin. Herida que solo puede ser subsanada desde su raíz, desde dentro del acto saturado. Ese acto primordial que carece de antecedente causal contingente por estar fuera de todo tiempo.
El Perdón justifica al don. No hay otra posibilidad fenomenológica posible. Así quedó plasmado paradójicamente y de forma palpable, es decir: fenomenológicamente encarnado en la propia historia del ser humano. El principio de finalidad ya preexiste en el principio de principialidad, en caso contrario no sería un acto saturado, sería un acto mutilado y herido eternamente por el azar. Ambos, el perdón y el don, y ¡en este orden!, son inseparables. Son las dos luminosas tonalidades de un acontecimiento absoluto y único, ni previsible ni proyectable y consecuentemente vetado a toda razón contingente.
El perdón tiene una dimensión ontológico-histórica y escatológica, donde se entrelazan: La historia entera de la humanidad de principio a fin. El carácter intrínsecamente relacional del ser humano. El juicio final como momento de justificación no meramente individual, sino intrahistórico y compartido, donde el perdón no es un acto de tipo ético, sino el criterio último ya preexistente en el principio, y que opera transfigurando toda existencia en el propio transcurso de la misma. Aquí late el “sí pero todavía no”. No en plenitud, pero sí en potencia.
El perdón es “Recreación”. Estructura misteriosa de redención que recorre toda la historia humana y que, llegado el final, no será medido, ni por el saber, ni por el poder, ni por el progreso: sino por la capacidad de haber aceptado, reconocido y acogido ese perdón que constantemente es ofrecido desde siempre. Un siempre que antecede a todo tiempo.
Este horizonte escatológico, no es el cierre benévolo de la historia, sino su clave “hermenéutica” última, en la que todo saber acumulado, toda tecnología creada, todo progreso aparente, no pueden salvar a nadie por sí mismos, porque no resuelven la herida que atraviesa a toda la humanidad desde su origen: la separación originaria, la fractura relacional, la negación del otro y de Dios. Frente a esto, el perdón no repara solamente lo roto, sino que revela lo que nunca dejó de estar unido. El perdón es la antesala de la nueva creación.
No salva solo al individuo, salva la historia entera al poner en relación unos con otros en un mismo juicio, en una misma reconciliación universal ofrecida libremente. El perdón gravita en el centro de la estructura misma de la historia humana, como límite ontológico, epistemológico y fenomenológico. Límite vetado a todo saber y hacer humanos. Y eso marca el lugar exacto donde la filosofía, incluida la fenomenología, debe callar para dejar hablar al propio misterio del don existencial, a través del símbolo, el arte, el gesto. Es por ello que vuelvo a apoyarme en esta reflexión en el lenguaje del simbolismo del claro-oscuro del mundo de las imágenes, que se libera de la palabra para imaginar lo inefable, no dejándose atrapar por ningún logos metodológico.
Al igual que la razón científica cuando convierte a su método como referente absoluto para describir la realidad cae en un reduccionismo cientifista, el método de la razón filosófica al confundir el fenómeno contingente como elemento nuclear absoluto de todo acontecimiento, también cae en un reduccionismo fenomenista, propio de una filosofía empirista, reduciendo entonces toda argumentación a un fideísmo, antítesis del fin perseguido por toda filosofía convirtiéndola en el envés del cientifismo, como muy bien remarca C. Diaz.
Es por ello que ante la imagen de “El regreso del hijo pródigo” de Rembrandt, ese lienzo donde la luz y la sombra no son sólo recursos pictóricos, sino lenguaje silencioso de un misterio que rebasa toda palabra, y ante el claroscuro —esa vieja técnica que revela en el mismo acto lo que oculta y lo que muestra— se convierte en metáfora viva de ese acto saturado que engloba al don y al perdón en una relación inseparable.
El hijo arrodillado ante el Padre. Su rostro apenas dibujado por la luz. Su cuerpo exhausto, vencido, rendido. Y el Padre, majestuoso en su ternura, envuelve con sus manos al hijo caído: una mano firme, otra blanda; una mano que sostiene, otra que acaricia. La luz brota de esas manos. No ilumina todo el cuadro. No pretende borrar la sombra. La abraza. La deja ser. La luz de Rembrandt no anula la oscuridad: la transfigura.
En esta escena silenciosa, percibimos algo que ninguna fenomenología puede llegar a capturar. La fenomenología podría describir el don que se ofrece, la sobreabundancia que desborda, la gratuidad del amor que se da, la saturación de sentido que hace temblar al hijo. Puede incluso intuir el acontecimiento como algo que nos precede y nos supera. Pero aquí, ante este abrazo silencioso: La palabra se retira. La categoría se quiebra. El método se rinde.
Porque lo que acontece no puede ser reducido a un simple fenómeno, a una simple experiencia. No puede ser agotado en la recepción de un don. Aquí no se trata sólo de acoger: Se trata de ser acogido incluso cuando no se puede acoger. Así lo contemplaba e interpretaba el hermano casi ausente del lienzo, al reprocharle al padre su acogida.
El perdón —ese acto que late en las entrañas del cuadro— no es el premio al regreso, ni la coronación de un mérito. Es la prolongación fiel del acto creador. Es la fidelidad que no se retira ante la herida, ni ante la traición, ni ante la muerte. Pero esta fidelidad no se impone, tiene una particularidad también en términos absolutos. La libertad humana que no es violentada. El hijo pródigo podría haber permanecido lejos, podría haber rechazado el abrazo, podría no haber regresado jamás. Pero el Padre espera. La luz aguarda. La sombra no desaparece, aunque la posibilidad del rechazo sigue siendo real, temblorosa, respetada.
Así, en este lienzo, la existencia humana se presenta en toda su verdadera dimensión: una historia herida, un camino truncado, una nostalgia de hogar, una libertad intransferible. Pero recordemos un punto esencial y existencial inviolable: La libertad otorgada al ser humano en aquel acto primordial saturado. Consecuencia de ello es que la libertad humana está relativizada al don, pero no determinada por el don. ¿Qué acontece entonces en ese acto saturado y saturador del perdón en el que ambas libertades confluyen, pero desde dos dimensiones distintas?
Lo que acontece entonces no es una necesidad impuesta, sino una epifanía de sentido: la libertad humana se reconoce a sí misma como posibilidad de acogida, y el don, que no se impone, espera ser aceptado para cumplirse. No basta con ofrecer, es necesario que el ofrecimiento sea acogido.
Y es en ese punto donde el lienzo de Rembrandt, con su silencio cargado de luz, parece preparar el paso a otro escenario: la fiesta, el banquete, al que se entra por haber regresado, por haber aceptado. El perdón no clausura el relato; lo abre. Es un umbral. La casa del Padre no es un tribunal que absuelve, sino un hogar que acoge. Pero esa acogida solo se consuma si se entra.
A partir de aquí, se me hace preciso presentar mínimamente algunos rasgos existenciales del autor de dicho lienzo, para poder comprender el verdadero misterio que le lleva a crear tal obra. Misterio que es afrontado desde su propia experiencia de vida. El artista nunca enmarca la realidad objetivamente, pues la libertad no es objetivable. Su obra por perfecta que parezca, siempre permanece en su interior como incompleta. La tonalidad oscura que rodea y envuelve al lienzo así nos lo testimonia.
Es oportuno mencionar en este punto el paralelismo con la actitud casi desesperada de Miguel Ángel ante su “Moisés”, que tras culminar con sobrecogedora perfección aquella escultura, el artista, movido por una mezcla de asombro y frustración, le dio —según cuenta la tradición— un martillazo en la rodilla, exclamando: “¡Habla!”. Porque sentía que, a pesar de su genialidad, aún no lograba que la piedra respirase vida. Que faltaba lo esencial: ese soplo último que ninguna técnica puede producir, ninguna ley puede acotar y ninguna epistemología puede explicar, ese aliento que no nace del mármol ni del óleo, sino del misterio del espíritu.
Rembrandt, cuando pinta El regreso del hijo pródigo, no lo hace como un ejercicio teológico ni como una ilustración narrativa. Lo hace al final de su vida, entre 1663 y 1669, cuando ya ha atravesado la pérdida de su esposa, la muerte de casi todos sus hijos, la ruina económica y la soledad radical. El lienzo, por tanto, no es solo un testimonio de fe, sino también una confesión pictórica, un autorretrato en clave espiritual. Y como todo verdadero arte, no explica: revela. Revela lo que ninguna ciencia ni filosofía logra definir del todo: el misterio del perdón como acto creador, acto saturador que culmina – y a la vez reinicia – la historia humana.
En ese lienzo, la luz no es solo técnica: es acontecimiento. La sombra no es solo contraste: es memoria. Y el gesto del padre, sin palabras, sin condiciones, sin juicio, es el momento en el que la libertad humana, sin coacción alguna, se deja abrazar por la Libertad Absoluta. Allí, el perdón no se piensa: se da. Y en su darse, se dice sin decirse, como una brocha que solo con dos tonalidades logra expresar la plenitud de lo inefable abierto a la libertad in-acotable de todo ser humano.
Pero el relato no termina allí, porque a diferencia de la palabra, una verdadera obra de arte nunca se clausura en sí misma. Siempre está abierta, insatisfecha, incompleta. Ese gesto callado, saturado de sentido, es umbral, no clausura. En la tradición bíblica, tras el reencuentro viene la fiesta, el banquete. Y no es un añadido folclórico, sino la consumación del don. Porque el perdón —como acto saturado de amor gratuito— solo se realiza plenamente cuando es acogido, cuando da lugar a la comunión. La parábola, en su segunda parte, nos conduce hacia otro escenario: la casa que se llena de música, el ternero cebado, los criados, los vestidos nuevos. El hogar ya no es solo refugio: es lugar de celebración.
¿Y no es acaso posible pensar que Rembrandt, al pintar esta escena final del perdón, ya intuía la siguiente? Que su pincel —como su vida— no se detuvo en el abrazo, sino que vislumbraba el banquete, aunque no llegara a pintarlo. No con óleo, al menos. Porque quizás no lo necesitaba: ya estaba contenido, en potencia, en ese mismo cuadro. Como si el perdón fuera la puerta entreabierta, y la fiesta la sala que espera ser habitada.
Rembrandt, con la hondura silenciosa de quien ha sufrido y amado sin medida, nos ofrece más que una escena: nos ofrece una teología sin palabras, una espiritualidad sin doctrina, una revelación sin dogma. Nos entrega la imagen de un mundo que podría ser: un mundo donde el perdón no es una excepción, sino el origen de toda justicia; donde el retorno no es derrota, sino valentía; donde la libertad no es amenaza, sino condición para el amor.
Y por eso, tras la luz del abrazo, ya resuena la música del banquete. Un banquete que no se impone, pero que está preparado. Un don que no se obliga, pero que espera. Una casa que no encierra, pero que acoge. Allí, el perdón culmina su obra: cuando el hijo entra, cuando la mesa se llena, cuando todos los vacíos encuentran un lugar.
Rembrandt con su tonalidad oscura que limita misteriosamente los bordes del lienzo, nos está invitado también misteriosamente a encontrar la luminosidad que la disipe definitivamente. Pero esta ya será en otra reflexión, también muy alejada de: La palabra, la categoría y el método.
Pero: ¡Qué lejos nos encontramos en la actualidad de este acontecimiento! ¿Será que muchos aún no hemos pasado por la experiencia de Rembrandt?
