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Con las puertas cerradas

Acontecimiento, presencia y fe en el hoy del Resucitado

Una reflexión sobre Jn 20, 19-31

Acabamos de vivir un doble acontecimiento. Dos Pascuas –muerte y exaltación– de dos seres humanos: de Jesús de Nazaret y de Francisco que durante doce años de su vida fue papa. Los dos acontecimientos están muy relacionadas. Ambas existencias, aunque separadas unos 2.000 años, son viva actualidad que nos interpeña. Los características rituales, culturales, folclóricas o mediáticas de ambos acontecimientos puede que hayan impactado en muchísimas más personas de lo normal y lo esperado. Pero tal vez pocos habrán llegado al sentido profundo del acontecimiento. Y yo me pregunto con Mariano, ¿que va a quedar como fuerza tranformadora hoy de personas  de estas dos pascuas celebradas en 2025? Depende de lo que hayamos ahondado en su auténtico sentido. AD.

Caravaggio, con su ingenio y tan solo con su pincel y un solo color con dos matices en uno, el “claro-oscuro”, fue capaz de superar la estrechez de la palabra, para introducirnos en un “Acontecimiento saturado”. Se trata de un acontecimiento paradójico donde la intuición excede todo aquello que la palabra puede prever o mostrar de él. El fenómeno saturado se caracteriza por su imprevisibilidad e imposibilidad de ser mentado, tal y como ocurre con el asombro o la fascinación que escapan a cualquier analogía propia de la de la experiencia reflexiva. Se nos presenta como absoluto, desbordando todo espacio, todo tiempo y todo logos racional. Es imprevisible: acontece sin mí, incluso antes de mí. La muerte y el nacimiento son dos ejemplos de ello. Acontecimientos al que la razón solo puede rendirse.

Ante el relato evangélico, el pincel de Caravaggio en silencio, porque no puede ser de otra forma, nos presenta el Acontecimiento Saturado por excelencia: En una habitación apenas iluminada por velas y lámparas tenues, un grupo de hombres se apiña en torno a una figura central. Mientras que los lienzos renacentistas han descrito mil veces escenas de triunfo y gloria, aquí, en la inmensa tensión contenida de un cuarto cerrado, Caravaggio pinta otra cosa: la incredulidad del mundo, personificada en Santo Tomás. La carne herida de Jesús, su costado abierto como una grieta luminosa, se convierte en foco y en enigma. La luz penetra violentamente la sombra, y, al modo de un relámpago, revela la textura de la piel, el pliegue del paño y el temblor de una fe que nace del asombro.

Los rostros de los discípulos, apenas esbozados en la penumbra, testimonian un silencio que tiembla. Algunos miran con devoción contenida; otros, con el aliento suspendido, observan la mano de Tomás que vacila, se aproxima y toca. Nadie entiende del todo lo que sucede, ni siquiera el propio Tomás: su expresión es mezcla de espanto y deseo, de duda encendida y esperanza por fin revelada. Esa escena no busca demostrar nada: simplemente acontece. Y lo hace de un modo tan profundo que desborda la razón y las categorías comunes de toda lógica.

Lo que vemos en el lienzo no es un simple retrato de un momento sagrado, sino la reencarnación del Acontecimiento Saturado: un don que excede toda medida, un suceso que se impone sin haber sido convocado. La luz que brota de la herida no se acomoda al espacio ni al tiempo; se expande más allá de los límites del cuadro, y atraviesa al observador con su insistencia. Así, la razón objetiva —cálculo, medición, explicación— se queda corta, apenas rozando la superficie de algo que sólo puede comprenderse cuando el corazón se limpia de prejuicios y se atreve a acoger lo que rebasa toda demostración.

Es precisamente esa dignidad desbordante del acontecimiento la que late en la escena evangélica que hoy queremos reimaginar. Porque, aunque nuestras puertas permanezcan cerradas por miedo o rutina, el don que todo lo trasciende no espera permiso. Está en medio, susurra paz y nos convoca al envío.

Sí, se habían ido cerrando. Una tras otra. Puertas de diálogo, de deseo, de confianza, de sentido. No fue de golpe, sino como se clausura una casa que ya no se habita. Afuera, el mundo seguía; dentro, el tiempo se había vuelto un pasillo sin salida. Había oscuridad, sí, pero no de la que vence la lámpara: era otro tipo de oscuridad, era una penumbra del alma, un desajuste entre la promesa y la experiencia, era el color de la desesperanza. Entonces sucedió: una presencia. No fue un ruido ni una visión ni una certeza. Fue una presencia sin pedir permiso, en medio de ese cuarto clausurado. De pronto, una palabra: paz. No como consuelo, sino como reconfiguración: el sonido denso de un futuro que irrumpe en el presente, en un presente reencarnado y no solo espiritualizado.

Nadie lo explicó; nadie lo entendió. Era un acontecimiento saturado: algo que no cabe en nuestras coordenadas, algo que excede toda expectativa y transforma la estancia cerrada en espacio de misión. La historia no lo contiene. La duda no lo anula. Se da sin haber sido provocado, y al darse, redime.

Pero no bastaba con estar. Hacía falta más: algo tangible, algo vulnerable que demostrara que aquello no era proyección ni deseo vano. Y eso ocurrió: las heridas aparecieron, mostraron su fisura luminosa. No como prueba, sino como revelación. Solo desde la herida se reconoce lo real: lo que ha pasado por el dolor y no ha huido; lo que ha sido tocado por la muerte y sigue aquí, reclamando presencia.

Algunos, incluso entonces, siguieron tocando la sombra. No por morbo ni incredulidad, sino por necesidad de certeza. Porque hay quienes, tras tantas promesas rotas, necesitan palpar la esperanza para no hundirse de nuevo. Y aun esa duda fue acogida: no fue condena sino encuentro. El fenómeno saturado, por exceso, no humilla al buscador torpe; lo llama a ver con nuevos ojos, a dejarse configurar por la profundidad del gesto.

Quizás eso sea la fe: un instante de amor donde el sentido, mostrado en lo vulnerable, toca la profundidad del alma y le susurra su nombre. Una afirmación que no brota del argumento, sino de la entrega. Y en ese vínculo, la verdad no se impone; se ofrece.

A partir de entonces, nada fue igual. El miedo no desapareció, ni las puertas todas se abrieron. Pero algo cambió por dentro: el encierro se volvió frontera y el cuarto, umbral. Quien ha sido alcanzado por el don no vive como si nada. Lleva un impulso: envío. No como carga, sino como consecuencia natural de haber sido tocado por un sentido verdadero.

De ese impulso nace la paz auténtica: no la calma de quien calla, sino la plenitud de quien comparte. El hoy, leído como acontecimiento saturado, se hace Kairós: tiempo propicio donde la historia se concluye en misericordia y renace en responsabilidad. No es otro tiempo, sino este mismo, pero habitado por la eternidad.

Quizás por eso, en el fondo, los ojos que no vieron aprendieron a creer. No porque dejaron de dudar, sino porque descubrieron que la verdad no está en ver, sino en acoger. Que la fe no es un salto al vacío, sino un salto al corazón del don. Que la herida del Resucitado no cierra preguntas, las hace fecundas.

Y así termina la escena: con las puertas aún cerradas, pero ya sin encierro. Con el mundo incierto afuera, pero ya transformado dentro. Porque lo que cambió es lo más difícil de cambiar: el corazón humano. Ese espacio donde el miedo tenía su nido, y donde, de pronto, resonó una sola palabra: Paz.

Porque alguien estuvo allí. En medio. Y sin necesidad de abrir la puerta, abrió el tiempo.Con esta imagen que supera lo inefable, Caravaggio plasmó ese “Acontecimiento plenamente saturado” invitándonos a salir de la penumbra de nuestro mundo contemporáneo, para descubrir cómo el Resucitado, sin ruido ni estrépito, sin forzar cerrojos, abre el tiempo y transforma el encierro en umbral. Simplemente un pintor, una brocha y un color con solo dos matices en uno, fueron suficientes para atravesar y revelar la esencia del misterio de nuestra existencia.

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