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Dónde estamos hoy

Hay preguntas cuya aparente sencillez esconde un abismo de sentido. “Dónde estamos hoy”, es una de ellas. Tiene la potencia de una brújula existencial: sugiere orientación, ubicación, presencia, pero también misterio. Nos obliga a situarnos en un tiempo y espacio muy singular y enigmático. No es una cuestión de coordenadas físicas ni de una fecha en el calendario. Esta pregunta, tan directa como enigmática, nos convoca a habitar el tiempo con conciencia. Nos emplaza a un presente vivo, que no es una franja neutra entre lo que fue y lo que será, sino un espacio existencial donde el futuro y el pasado toman vigencia plena, donde la historia de la humanidad y el destino que aún no ha acontecido se agolpan y se reclaman mutuamente un sentido único de principio a fin.

La historia en sí es portadora del propio enigma de toda persona. Es la huella, la materialización del pensamiento humano que surge de la inmaterialidad de un espíritu que precisa encarnarse, y que al hacerlo densifica en un “aquí y ahora” primordial. La propia persona es el germen nuclear de la historia. Sin ella no existiría historia alguna.

El “hoy” no es, pues, un segmento más de la cronología. Es el nombre que adopta el tiempo cuando se hace presencia en la conciencia de una persona. Es la forma en que el tiempo nos interpela. Es la manifestación concreta de una historia que se encarna en cada uno de nosotros. Preguntarnos “Dónde estamos hoy” implica, en el fondo, preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, y sobre todo, qué hacemos o debemos hacer aquí, en este presente instante.

En el presente se sintetiza y condensa todo el dinamismo de la historia del ser humano. Es la piedra angular de la historia de la humanidad. Todo presente es el centro de gravedad sobre el que gira la historia en forma de esperanza o desesperanza. En ella, todo tiempo vibra. Un presente sin esperanza se marchita.

Preguntarnos “dónde estamos hoy” implica, volver al sentido originario de la historia del ser humano. Un origen que no es una vuelta hacia atrás en el tiempo físico. Es un reubicarnos al principio. Es un volver a Galilea donde todo comenzó.

En ese “hoy” que habitamos, nada está cerrado ni clausurado. Todo permanece abierto a la relectura, a la redención del pasado y a la gestación del porvenir. El presente, lejos de ser un paso fugaz o una estación de paso, es el gran escenario en el que el sentido de la historia entera se da cita, para reconfigurar su presente. Aquí, en este instante singular, la persona está llamada a hacer presente todo el tiempo: el suyo y el de todos los que han sido y serán.

Porque el tiempo de la persona no es una secuencia externa, como el girar de los relojes o el calendario que pasa página. Es un tiempo relacional, ontológico, tejido con las fibras del alma humana. La persona, en cuanto ser espiritual e histórico, no transita por el tiempo: lo crea, lo habita, lo transforma. Y al hacerlo, se hace corresponsable en todo tiempo de sí misma y de los demás, de los que fueron y de los que serán. La historia no avanza en línea recta ni se acumula como estratos. La historia se encarna, y cada persona es su germen nuclear. Es como si la historia comenzase con cada ser humano en espera de ser rescatada de su indigencia.

Sólo desde esta hondura puede iluminarse con verdad nuestra historia. Sólo así tiene sentido la expresión “historia de la salvación”. No como algo que le ocurre a la historia desde fuera, sino como lo que brota de su entraña más profunda, como lo que se revela cuando la historia deja de contemplarse como mera sucesión de acontecimientos y empieza a vivirse como espacio de libertad, de revelación, de destino.

Frente a la historia objetivada, positivista o manipulada —ya sea desde las ideologías o desde los intereses de turno— se alza la historia como historia personal y colectiva de una humanidad llamada a más. Una historia que no puede clausurarse en el relato de los vencedores ni en los ciclos del poder, porque lleva inscrita una promesa. Esa promesa es la que abre la posibilidad de un juicio que no sea simplemente condena, sino veredicto de sentido, luz retrospectiva que transfigura el pasado y lo reconcilia con su vocación última.

En este horizonte, el presente deja de ser un simple instante entre otros y se convierte en Kairós, tiempo propicio, tiempo oportuno, tiempo de gracia. Es el “hoy” que resuena en cada página del Evangelio cuando Jesús dice: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”, “hoy estarás conmigo en el Paraíso”, “hoy ha llegado la salvación a esta casa”. No es un hoy cronológico, sino escatológico: el hoy en el que la eternidad toca el tiempo y lo llena de sentido.

Y es precisamente aquí donde se hace presente, con toda su fuerza simbólica y transformadora, el ciclo pascual de la Semana Santa. La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús no son un recuerdo litúrgico del pasado, sino una actualización del misterio que redime la historia desde dentro. El Jueves Santo nos revela el amor que se da hasta el extremo; el Viernes Santo nos confronta con la aparente victoria del sinsentido, del dolor y del abandono; el Sábado Santo es el tiempo del silencio, del descenso al abismo de la historia y de la humanidad. Y es el Domingo de Gloria el que irrumpe no como un final feliz, sino como la manifestación de que el presente humano puede ser redimido, que el mal y la muerte no tienen la última palabra, y que el tiempo puede ser traspasado por la eternidad sin dejar de ser tiempo.

Ese “hoy escatológico” al que nos abre el Domingo de Resurrección no es el cierre de un drama, sino la apertura de una historia reconciliada. No es una evasión espiritual, sino la entrada en una dimensión más real de lo real: aquella en la que el sentido no se impone desde fuera, sino que se ofrece como don a quien se abre a recibirlo.

“Dónde estamos hoy”. Estamos en ese umbral donde el tiempo puede volverse gracia, donde el presente puede ser redención, y donde la historia puede ser salvación. Estamos, quizá sin saberlo del todo, en el corazón del misterio pascual. Y desde ahí, sólo desde ahí, se nos ofrece de nuevo la posibilidad de vivir con sentido.

 

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