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Domingo de Pascua: la esperanza

Es tal la sintonía que tengo con lo que escribe José Sols Lucia, que cada vez le voy dando más espacio en la columna central de ATRIO. Pero hoy lo hago con una emoción especial. Porque menciona a su madre, Fina Lucia Mingarro, hija de Luis Lucia Lucia.  Mi padre fue gran amigo suyo, uno de los que los que se movieron para la conmutación de la pena de muerte decretada por el régimen de Franco y apoyaron a su hijo e hijas al final de nuestra  trágica guerra civil. José, no nos hemos visto ni hablado antes, pero ¡un abrazo y mucha Vida! AD.   

Mi madre, Josefina (“Fina”) Lucia, falleció en la madrugada del Domingo de Pascua del 2018; desde entonces, para mí y para mi familia, esta celebración va ligada a su recuerdo.

Hasta la fecha los seres humanos somos mortales. Veremos qué pasa en el futuro con el apenas esbozado transhumanismo y con el hasta ahora solo imaginado posthumanismo. ¿Llegaremos a ser inmortales? De momento no estamos ahí; de momento nos seguimos muriendo todos. Esta experiencia antropológica ―la de la muerte inevitable, solo postergada temporalmente― ha acompañado al ser humano desde su origen, lo situemos cuando lo situemos (¿hace 200 000 años?, ¿hace dos millones de años?). Los cristianos celebramos hoy, Domingo de Pascua, la victoria de Cristo sobre la muerte. Habiendo muerto ―muerto y bien muerto, como cualquier ser humano―, Dios Padre lo ha resucitado; con su resurrección estamos todos llamados a vivir la Pascua, el paso de la muerte a la vida, y ello es posible gracias al Espíritu que habita en nosotros. Esta fe ―porque es una fe, una esperanza, no un hecho demostrable― da sentido a toda nuestra existencia. No es lo mismo vivir sabiendo que con la muerte acabará todo que vivir con la esperanza de que con la muerte empezará todo, que fue la última frase del pastor protestante Dietrich Bonhoeffer antes de que lo ahorcaran los nazis: “Esto es el final, pero para mí es el principio”. Bonhoeffer murió así porque había vivido así.

Si con su Pasión y su Muerte Jesucristo descendió al infierno humano, con su Resurrección trae la esperanza a nuestras vidas. Eso no significa que debamos quedarnos esperando pasivamente a ver qué nos encontraremos tras la muerte; eso significa más bien que estamos llamados a vivir ya aquí y ahora la resurrección, como había hecho Bonhoeffer y como han hechos tantos cristianos que nos han precedido en la fe, entre ellos, mi madre. La lista de los infiernos humanos, de las oscuridades, las “concavidades” ―como solía decir el P. Fernando Manresa― en que vivimos es larga y siempre incompleta: el exterminio del pueblo palestino en Gaza, el terrorismo, los presos en El Salvador, los inmigrantes en el Sáhara, en el Mediterráneo o en el desierto mexicano, las guerras de Ucrania y del Sudán, la pobreza de más de mil millones de personas, las dictaduras de Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela o Rusia (aunque algunos de estos gobiernos traten de disfrazarse de demócratas), la crisis de la democracia y del Estado de Derecho en otros muchos países, la violencia en México, Guatemala, Colombia, Brasil, Congo o Libia, la crisis ecológica, los 73 millones de abortos provocados cada año en todo el mundo, las personas que sufren una enfermedad grave, la pérdida de un ser querido, el dolor por un accidente, una ruptura familiar, problemas laborales; y así un largo etcétera. En todas estas realidades hoy se nos dice que hay esperanza, que la luz ha venido a brillar en la oscuridad, que la Vida vence a la muerte y el Sentido al sinsentido. Sin embargo, como decía san Ignacio, “el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras”. Por ello, anunciar esta esperanza es muy importante, pero más importante aún es vivirla, practicarla. Todos, sea cual sea nuestra fe, estamos invitados a vivir cada día “resucitadamente”.

Hoy, Domingo de Pascua, los cristianos de todo el mundo proclamamos “¡Cristo ha resucitado!”, “¡verdaderamente ha resucitado!”. Y queremos hacerlo de la mano de nuestros hermanos, sin dejarnos a nadie, abrazando el cosmos entero.

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