Otros temas

Autores

Archivo de entradas

Temas

Fechas

Calendario

7713 Artículos. - 114042 Comentarios.

Conversación en el atrio

Algunas personas han enviado comentarios para ir actualizando este diálogo.que permanece a pesar de los recortes que se han producido. Puedo aegurar que las visitas a nuestras nuestra página no han disminuido y se mantienen en unas diez mil diarias. Esperamos que continúe activa la comunicación entre todos con nuevos envíos de comentarios y otras colaboraciones al botón Aportaciones. AD.

 Juan Antonio Vinagre comenta:

  • El artículo de Alberto (Dada del Domingo 13 de abril), con su información más concreta, despeja algunas tinieblas y hace ver más claro el mundo en el que vivimos y nos movemos, pero del que muchos no queremos formar parte, pese a nuestras muchas fragilidades.
  • El artículo de L. Boff aporta una cita muyoportuna y elocuente de Keynes…
  • Por último (digo por último, aunque me gustaría mencionar a otros más…) una referencia a Salvador Santos: «Los discípulos no entendían a Jesús…»  Los discípulos de aquel tiempo (se demuestra de nuevo en Hechos…), muchos discípulos de los primeros siglos, del siglo IV, del siglo XIII, del siglo XVI, del siglo XIX y de hoy -empezando por bastantes de los sucesores de esos primeros discípulos de Jesús- tampoco entendían-entendemos bien a Jesús de Nazaret. El gran Mensaje del Reino, en algunos aspectos muy importantes, ha sido mal entendido y por ello mal anunciado… y peor testimoniado.   Los discípulos de hoy, en algunos aspectos importantes, tampoco entienden-entendemos bien a Jesús.  Y esto, porque no somos capaces de RENACER… Este es nuestro problema: sin Renacer no podemos entender bien el Mensaje del Reino…  Por eso compaginamos tanto Dios y poder-dinero, e incluso algunos se atreven a decir: Dios está con nosotros…   Por eso compaginamos tanto Dios y tradición, y somos tan contarios a lo que suene a innovación… Sin Renacer no es posible comprender y aceptar la innovación de Jesús, que por querer innovar y centrarse en lo más auténtico, se la jugó…  Estos días celebramos su muerte-martirio, pero nos resistimos a una renovación-conversión evangélica.

 

Mariano A. Valenzuela comenta la entradilla de AD a su artículo El Amor no mata.

Antonio: Antes que nada, te agradezco de corazón la publicación de mi artículo “El amor no mata” y el aprecio con que has acompañado su presentación. Sé que el tema es delicado, y valoro mucho que en Atrio sigamos propiciando espacios donde pensar lo humano —lo más hondamente humano— desde perspectivas diversas, pero siempre con respeto y profundidad.

Me gustaría, con todo cariño, matizar una interpretación que me parece sugerir en tu presentación. Dices que en el artículo me opongo al llamado “derecho a morir” desde una lógica fundada en la soberanía de Dios”. Pero no es esa la clave desde la que he querido pensar ni escribir este texto. Si te fijas bien me estoy refiriendo al “cómo” morir. Es evidente que éste “cómo” puede llevar o no llevar implícito el “cuando”, pero la primacía está en aquél y no en este.

Más bien, lo que he tratado de poner en el centro de esta reflexión personal es algo que considero esencial en la propia realidad humana: su naturaleza relacional, responsable y libre.

En primer lugar, sostengo que la persona no es un yo aislado, autónomo y cerrado sobre sí, sino un ser relacional: nace del vínculo, vive en el vínculo, y muere afectando —en un sentido profundo— a los vínculos que la sostienen. Por eso, cualquier decisión personal, incluso la más íntima y dolorosa, como la de anticipar la propia muerte, no puede ser vista como un acto que solo compete al “yo”. El artículo lo dice así: “El yo es persona, y la persona no existe sino en comunión. El ‘yo’, aislado del ‘tú’, enmudece. No puede pronunciarse a sí mismo.” De igual forma el “tú” aislado del” yo” también es una entelequia.

Por otra parte, el derecho a morir, dicho así, a secas, es una expresión a mi modo de ver impropia. La muerte no es un derecho en sí, porque no es un bien que pueda reclamarse, ni un acto libremente disponible sin consecuencias ontológicas. Tampoco es un derecho divino. El Dios cristiano que crea, que da vida al crear, es fiel a todo lo que crea, incluso en el acto previo a lo creado; por eso se reafirma y lanza a los cuatro vientos de la existencia su complacencia en todo lo que crea. Surge de su Libertad Absoluta, por lo que no lleva consigo contradicción alguna. Aquí es donde enfatizo lo importante que es no confundir la existencia con la vida. La muerte es una contingencia que limita con la vida. De la existencia respondemos nosotros, sus creaturas, de la vida Él, su Creador.

La muerte se instaló en la existencia por designio de su creatura. Pero recordemos que donde abundó la muerte sobreabundo la vida, versión metafórica de ​la expresión: «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». (Romanos 5,20). Este será otro tema a debate. El de la Gracia, el del Perdón. Tan misterioso como el de la Libertad.

En segundo lugar, afirmo que la libertad humana, precisamente por ser radical y sagrada, no puede ser legalizada sin quedar desvirtuada. Toda ley que pretenda “regular” el acto último de morir —ya sea permitiéndolo o penalizándolo— convierte lo que es un drama espiritual y existencial en una transacción administrativa. Y eso, a mi modo de ver, es una forma sutil de deshumanización. El texto es claro también aquí: “No todo lo legal es legítimo. No todo lo que no se penaliza es moralmente aceptable. Y, sobre todo, no todo lo que se puede hacer, se debe hacer.”

Y, en tercer lugar, afirmo que la libertad y la responsabilidad no pueden separarse sin que ambas se desfiguren. La libertad, entendida como pura autodeterminación sin relación ni entrega, se disuelve en arbitrariedad. Pero si se la ancla en la responsabilidad —esa que nace del amor recibido y del amor que nos compromete— entonces se convierte en acto creador, en respuesta madura a la existencia. En el artículo lo formulo así: “La libertad es creadora: puede hacer de la muerte un acto de entrega, o un gesto de ruptura que trascienda la contingencia.” Pero también lleva implícito todo lo contrario

No propongo, por tanto, una vuelta a una moral dogmática ni a una teología del sufrimiento como castigo o prueba. Muy al contrario: lo que propongo es mirar la muerte —y con ella, el sufrimiento, el límite, la fragilidad— desde la luz de un amor que no huye, sino que acompaña; que no elimina, sino que resiste; que no suprime, sino que transfigura. Como escribo al final del texto: “No se trata de decidir cuándo morir, sino cómo entregar lo que hemos vivido.”

Este mismo enfoque ya lo había desarrollado en los dos artículos anteriores que también publicaste en Atrio, donde traté de mostrar que no hay verdadera libertad sin fidelidad al don recibido, y que la esperanza no es una ilusión, sino el fundamento escatológico de nuestra dignidad, y que el fin no es el final.

En este sentido, más que oponerme a una ley concreta, invito a repensar si es posible que una ley —por justa o bienintencionada que sea— alcance a regular lo que pertenece al ámbito de lo irreductiblemente humano: el misterio de nuestra libertad última, que siempre es respuesta a una llamada, y nunca pura autonomía autorresponsable. La responsabilidad no es una justificación, ni una excusa.

En última instancia mi palabra surge de una reflexión que yo mismo trato de metabolizar constantemente, y que está muy lejos de cualquier objetivación moral.

Gracias, Antonio, por permitir este diálogo que no busca imponer, sino compartir, confrontar sin herir, y seguir buscando juntos —aunque desde miradas distintas— el sentido último de lo que somos.

Antonio Duato responde al comentario de Mariano a su breve entradilla al artículo:

En primer lugar, y con esto bastaría como contestación a tu comentario, a mi entradille, creo que la leíste mi breve escrito en sentido contrario a lo que dice, tal vez saltando un no. Yo decía precisamente que tu te oponías  «al llamado “derecho a morir” a partir de la misma libertad de la persona, no de la soberanía de Dios». Creo que yo te interpretaba bien. Según dices, Mariano:  el acto de sutocidio, hecho por suicidio o por petición legal de autanasia, es de naturaleza relacional, responsable y libre.

En lo que diferimos tal vez es en que no pueda realizarse ese acto de libertad con amor, sin hacer un mal a otros relacionados con nuestra persona. Tú supones que ese acto trascendental de acabar con la vida es esencialmente una renuncia al sufrimiento o un utilitarismo para ahorrar gastos. Creo que las situaciones personales pueden ser más complejas y por eso digo yo que no puedo emitir un juicio sobre quien haya tomado esa decisión libre y bien informado, de forma responsable para con los demás. Por ejemplo, como la tomó en concreto mi amigo Luis Acebal. También la muerte asumida por Maximiliano Kolbe fue una entrega responsable de amor. ¿Y por qué no pudo pensar realistamente Luis que si adelantaba el día y modo de su muerte, por lo visto ya cercana por el cáncer y el Parkison, estaba adelantando los trámites para que su donación a los amigos  de Médicos sin Fronteras llegara antes, apresurando así que se salvaran algunas vidas en Gaza o en el Sudán? Ese suspender yo el juicio es la que creí ver que se contradecía a tu artículo, aún estando tan de acuerdo, como sabes, con la concepción trascendental de la persona humana. Precisamente es la que me hace más difícil aceptar concepciones y normas a priori que limitan la condición libre con la que fueron creadas por Dios.

 

 

Comentarios cerrados.