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Pensamientos sabáticos, 10

Leer te cambia la vida

unca la humanidad había leído tanto como ahora; sin embargo, se lee mal. Pasamos varias horas al día leyendo mensajes de WhatsApp o de redes similares, además de, por supuesto, viendo vídeos cortos. No hay más que echar una ojeada a los cientos de personas que van en los vagones de un metro por la mañana para darse cuenta de que la mitad están mirando el móvil (o celular), y de ellos muchos leyendo breves mensajes y redactando otros. Cuando aquí hablo de “lectura” no me refiero a esa, sino a otra muy distinta. Estoy pensando en la lectura de libros, algo que va a menos, aunque también es cierto que es una práctica que se resiste a morir.

La lectura es alimento para la vida. A un ritmo sereno, que permite pensar, nos conecta con vastos horizontes, nos introduce en la mente y en el corazón de otras personas ―los autores― y hace de espejo de tal manera que nos lleva a nuestro interior, a nuestra mente, a nuestro corazón. Leer significa salir al mundo y al mismo tiempo entrar en nuestro interior. Y nos permite entender mejor a los demás. Hay dos tipos de lecturas (de ensayo o de ficción), cada una de las cuales se subdivide en dos (con pretensión de profundidad o con el objetivo de entretener), lo que da lugar a cuatro tipos de lectura. No todas las lecturas entran en estos cuatro cajones (por ejemplo, el género epistolar o la poesía), pero sí la mayoría. Si son de calidad, los cuatro modelos son interesantes.

Empecé a leer en serio a los catorce años gracias al empuje de mi hermana María Amparo, mucho más tarde que la mayoría de mis hermanos, algunos de los cuales se habían arrojado en brazos de la lectura a los siete años. Hasta esa edad, catorce años, mi pasión principal era el deporte. Leía muy poco y estudiaba lo justo para ir pasando los cursos. Algo ocurrió a esa edad ―algún día lo explicaré, ahora no es el momento― que hizo que me lanzara a leer (y también a estudiar): Fedor Dostoyevski, Leon Tolstoi, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Víctor Hugo, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Charles Dickens, John Steinbeck, Heinrich Böll, Rafael Sánchez Ferlosio, Gabriel García Márquez, Leopoldo Alas “Clarín”, Benito Pérez Galdós, etc.; y de vez en cuando alternaba esos monstruos de la literatura con lecturas más ligeras y entretenidas: Agatha Christie, Arthur Conan Doyle, etc. Mi vida cambió como si le diéramos la vuelta a un calcetín. No cesó mi pasión por el deporte, pero a ella se sumaron otras dos: la lectura y el cine. Fue muy importante también el gusto por la lectura que nos transmitió Luis Pérez, el profesor de literatura que tuvimos en el colegio San Ignacio de Barcelona de los 16 a los 18 años. A María Amparo y a Luis Pérez les estaré eternamente agradecido.

Desde entonces no he dejado de leer. No recuerdo ni un solo mes de mi vida en el que no haya estado leyendo algún libro por obligación o por devoción, como se decía antes, esto es, porque me lo requerían los estudios o mi trabajo o por el simple placer de leer. De hecho, nunca es tarde para empezar a leer; ese inicio no tiene edad. ¿Cómo empezar? Pues regando la raíz viva. Si hay por ahí algún tipo de lectura que te gusta, empieza con ella, y unos libros te llevarán a otros naturalmente, como las aguas bajan de la montaña al mar.

La lectura te permite vivir en tu presente dialogando con hombres y mujeres de siglos diversos y de culturas variadas; te permite estar viajando constantemente, no dejando de aprender, y cada viaje a nuevos horizontes supone un nuevo descubrimiento de algo que había en tu interior sin tú saberlo hasta ese momento. La riqueza de la literatura o de los ensayos de historia, de política, de economía, de teología, de espiritualidad, de filosofía, te hacen descubrir la riqueza que hay en tu pozo interior.

Leer supone muchas horas. Solemos decir que “no tenemos tiempo”, pero no es verdad: lo tenemos. Basta con dejar otras cosas de importancia menor para poder leer. Y es bueno llevar siempre un libro encima porque nunca se sabe en qué momento vas a tener media hora libre para avanzar unas páginas. La lentitud de la lectura es paradójicamente buena, porque te permite pensar. El pensamiento requiere tiempo, y por ello resulta difícil pensar cuando recibimos gran cantidad de micromensajes que provienen de las redes o de la publicidad. La lectura, en cambio, te da tiempo a pensar y te invita a ello, y eso te va transformando poco a poco como los alimentos en lenta ebullición.

De joven leía literatura (narrativa y algo de teatro, porque la poesía nunca ha sido mi fuerte); con los años he ido pasando a los ensayos (sin dejar la literatura, sobre todo la novela histórica), ensayos de todo tipo (política, historia, teología, filosofía, sociología, antropología), y cada vez me gustan más las memorias.

En pocas palabras: leer te cambia la vida.

Seguiré, espero.

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