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Conversación en el atrio

El domingo pasado anuncié un cambio importante en la estructura de Atrio: se cierra el acceso a comentarios en cada entrada. Sin embargo, se admitirán por correo electrónico (ver nuestro correo en la cabecera de ambas columnas laterales) artículos, sugerencias, enlaces recomendados y comentarios a temas publicados. El moderador los leerá y podrá hacer uso de esos correos para nuevas publicaciones. En estos últimos días  se han recibido dos correos interesantes para esta coversación amical profunda en el atrio que continúa. AD.

Correo de Juan Antonio Vinagre:

Querido Antonio: Antes de nada, un abrazo muy cordial. Me dirijo a ti en privado porque no estoy seguro de haber entendido bien tu mensaje-comentario al artículo de L. Boff. ¿Estás haciendo el preludio de una despedida, porque ves próxima tu partida? Si es así, un abrazo más especial. Nos veremos pronto en la Casa del Padre. Aunque todavía me siento bastante bien, no creo que tarde mucho en irme. Y no me importa dejar esta mala posada.

Añado que me alegro mucho de haberte conocido. He aprendido en ATRIO contigo y con otros y otras colaboradoras. Por eso, gracias a la vida y también a ATRIO. En el futuro compartiremos una relación más personal y directa, como hermanos, en la misma Casa del Padre. Tenemos una visión espiritual muy parecida. Un fuerte abrazo

No es una despedida aún, Juan Antonio. Como tú, me siento bastante bien. Pero necesitado de un plan de ahorro de energía, para ocuparme con más calma de lo que ahora consideramos más interesante. Espero tus artículos. Releo aún ahora algunos capítulos de tus libros, sobre creatividad y humildad. Recuerda y actualiza lo que escribiste. AD.

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Correo de Mariano:

Del diálogo a la cosecha del testimonio (Adultez integral)

Tras años de fructífero intercambio, Atrio entra en una nueva etapa. El cierre de los comentarios no es el fin de la conversación, sino su metamorfosis. Si en la siembra hubo diálogo, en la cosecha debe haber testimonio.

Alexander Grothendieck, en su reflexión sobre la siembra y la cosecha, nos recordaba que el acto de sembrar es una entrega sin garantías, una ofrenda a la tierra y al tiempo. Sin embargo, hay un momento en que la tierra ya ha dado lo que debía, y el fruto está listo para ser recogido. Algo análogo sucede con nuestra comunidad: durante años, hemos participado en un espacio de diálogo abierto, donde el intercambio de ideas ha sido la siembra generosa de pensamiento y reflexión. Ahora, la cosecha exige un paso adelante: la madurez de expresar no solo crítica y opinión, sino testimonio personal.

En un medio que ha sido escuela de pensamiento y de fe, esta transición es una invitación a la adultez comunicativa. Ya no se trata de responder al otro, sino de responderse a uno mismo. Quien haya participado en los comentarios sabe que la palabra compartida exige responsabilidad, pero el testimonio exige aún más: requiere sentir lo que se dice, hacer cuerpo la propia expresión.

El cierre de los comentarios no es una pérdida, sino una transformación. Atrio sigue siendo un espacio vivo, pero ahora invita a quienes lo han habitado a elevar su voz en primera persona. En vez de reactivos, propositivos. En vez de opinar sobre lo que dicen otros, escribir desde el propio fondo. Esta es una oportunidad de crecimiento, de conversión del mero discurrir en testimonio encarnado.

Para quien ha vivido la palabra como forma de diálogo, dar el salto al testimonio puede parecer un reto. Sin embargo, es un ejercicio autorrevelador y terapéutico de primera magnitud. Como el labrador que, tras años de siembra, se enfrenta por fin a la recolecta, cada uno de nosotros está llamado a hacer lo propio con su pensamiento. Atrio no deja de ser casa, pero la casa ahora invita a salir al campo propio, a presentar lo que cada uno ha cultivado.

Que esta nueva etapa no se viva como una limitación, sino como una llamada. Que los pensamientos largamente madurados, enraizados en la reflexión colectiva, florezcan ahora en testimonio personal. Porque si algo nos ha enseñado Atrio, es que la palabra solo alcanza su plenitud cuando resuena en la verdad vivida

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