Surfeando por Internet esta mañana, me encuentro con este magnífico artículo de Manolo Fraijó. Lo he leído pausadamente, con disfrute creciente al ir relacionando tan vitalmente la experiencia y lo escrito sobre la esperanza de estos dos pensadores, Ernst Bloch y Jurgen Moltman. Veo que en ATRIO no hay nada publicado de Fraijó, aunque sí sobre su magnífica Filosofía de la Religión. Pero le publiqué varios arículos en Iglesia Viva cuando era directar. Por cierto, uno sobre la teología de Hans Küng, su maestro y amigo, en plena restauración de Juan Pablo II, me valió la única tarjeta amarilla propinada por mi arzobispo. Hoy le publico este artículo con la esperanza de que sea más leído y comentado que en Religión Digital. AD.
Cuenta un poeta alemán que, en 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, acudió un día a contemplar las ruinas de la hermosa catedral de su ciudad. Sobrecogido, se sentó sobre unos cascotes y comenzó a escribir un poema, una especie de llanto por su querida catedral. Escribía sus versos mientras otras manos retiraban escombros. “Me asombró -escribió el poeta- que nadie me reprochara que no retirara escombros”.
Aquel poeta sabía -lo sabemos todos- que siempre serán urgentes las dos cosas: manos que retiren escombros y manos que creen nuevas constelaciones de sentido. A veces, las mismas manos realizan las dos tareas. En la tragedia de destrucción y muerte que ha azotado a la Comunidad Valenciana quien verdaderamente crea sentido es la riada de voluntarios que acuden a limpiar sus casas y calles. Contemplando su generosa entrega, me viene a la memoria un texto, muy logrado, de José Gómez Caffarena, buen maestro de la esperanza: “La Humanidad en su secular esfuerzo moral, y pese a sus fracasos, se merece que no sea fallida su esperanza, se merece que exista Dios”.
Sobre Dios y la esperanza dialogaron en el siglo XX dos grandes pensadores: E. Bloch, filósofo marxista ateo, y J. Moltmann, teólogo cristiano protestante. El comienzo de este nuevo año, tan convulso y amenazante, me trae al recuerdo aquellos debates sobre la esperanza. Bloch los solía comenzar recordando los tres “remedios” que Kant ofrecía para sobrellevar los trances duros de la vida: la risa, el sueño y la esperanza. Esta última, la esperanza, fue con frecuencia objeto de diálogo y debate entre Bloch y Moltmann. Sus libros sobre la esperanza son tal vez lo mejor que el siglo XX alumbró sobre el tema.
Un predecesor en España
Pero, antes de acudir a la “profecía extranjera”, es de justicia recordar la figura y la obra de un español que también pensó la esperanza. Me refiero a Pedro Laín Entralgo. Su libro, La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano (Revista de Occidente,1957), ofrece un impresionante recorrido por los logros y fracasos de las esperanzas humanas. Laín estaba convencido de que la esperanza es muy propia de nuestra tierra y de nuestras gentes. Evocaba “la visión esperanzosa de otra vida”, de Unamuno. Y nunca se olvidaba de citar el lema de Quevedo: “Yo solo en la esperanza me confío”. La esperanza era para Laín una especie de imperativo categórico, veía en ella “el nervio de la ética”. A los de su profesión, a los médicos, los llamó “dispensadores de esperanza”. Y, en los tiempos desesperanzados que le tocó vivir, Laín evocó en sus libros otras fechas de nuestra historia más proclives a la esperanza.
Pero no se limitó a “lo nuestro”. Su libro, como muestra el subtítulo, es “una historia y teoría del esperar humano”. Y es que ni los pueblos ni los individuos sobreviven sin esperanza. Hegel, buen conocedor de que la historia humana es un entramado de esperanza y desesperanza, evocó el hundimiento de los individuos, de los imperios y de los pueblos. Llegó a calificar la historia universal como “un matadero”, pero enigmáticamente afirmó que “lo necesario subsistió”. Y nada subsiste sin la resistencia que ofrece la esperanza.
Ernst Bloch

Ernst Bloch (Berlin 1885- Tubinga 1977)
Y precisamente a evocar la esperanza consagraron su saber y su talento literario Bloch y Moltmann. El primero escribió su obra principal, El principio esperanza (entre 1938 y 1947), en los EEUU, a donde había llegado huyendo de Hitler. Allí, en el país que él consideraba el “menos utópico” del mundo, se gestó una primera redacción de su gran obra. La escribió mientras se ganaba la vida fregando platos en los hoteles. Y le salió un libro torrencial, rozando siempre lo desorbitado. Bloch actúa como un detective que busca lo utópico, la esperanza, en el arte, la literatura, la música, las tradiciones orales de los pueblos, la religión.
Y precisamente este libro cayó en manos del joven Moltmann durante unas vacaciones en Suiza. Con envidiable gracejo cuenta que, fascinado por este alegato en favor de la esperanza, apenas se asomó a la belleza de las montañas suizas. En cambio, vislumbró los primeros trazos de su Teología de la esperanza (1964), libro que causaría un enorme impacto. Laín lo llamó “documento para siempre”. Tal vez sea el mayor elogio que se le ha dedicado.
Aquella obra fue fruto de unos años en los que todo parecía ir bien. Era la época de Juan XXIII, de Kennedy, del Concilio Vaticano II. Asistíamos a un notable resurgir religioso, con tímidos atrevimientos críticos. Las noticias del concilio se seguían con enorme interés y participación. José L. López Aranguren llegó a escribir que el Vaticano II era el acontecimiento más importante del siglo XX. La Teología de la esperanza fue el libro genial de un cristiano esperanzado. Hace solo unos meses, a sus 98 años, nos ha dejado.
Jürgen Moltmann
Pero a Moltmann le faltaba lo más arduo: conectar la esperanza con su gran prueba, el sufrimiento. Lo hizo en su otro gran libro, El Dios crucificado (1972). En élse asoma a la experiencia de Dios en el sufrimiento. Esperanza y sufrimiento son para Moltmann, como para toda la tradición cristiana, compatibles. Él hizo su primera gran experiencia dolorosa siendo prisionero de guerra en Bélgica entre 1945 y 1948. Había sido reclutado como soldado por Hitler a los 16 años, igual que lo fueron otros muchos jóvenes, entre ellos J. Ratzinger.

Jürgen Moltmann (Hamburgo, 1926 – Tubinga, 2024)
Nuevo Testamento. A él se agarró. Con emoción contenida, narraba cómo, después de la guerra, las Facultades alemanas de teología protestante se llenaron de estudiantes que, testigos de tanta barbarie -algunos de ellos mutilados de guerra-, exigían que sus profesores les explicasen cómo se compaginaba el sufrimiento vivido en los frentes con la esperanza cristiana. Moltmann preguntaba por los ochenta mil muertos de su ciudad, Hamburgo, víctimas de feroces bombardeos a los que él, sin saber cómo, logró sobrevivir. Aún seguimos haciéndonos las mismas preguntas. Se las hizo también el Papa Benedicto XVI al visitar el campo de exterminio de Auschwitz.
Pero antes de continuar, debo mencionar -Moltmann no me perdonaría que no lo hiciera- a su esposa. Y es que al lado del gran teólogo estuvo siempre una gran mujer, Elisabeth Moltmann-Wendel (l926-2016), teóloga protestante feminista. Fue ella quien sembró en su marido la inquietud por una teología feminista a la altura de los tiempos. También corre de su cuenta la sensibilización de Moltmann hacia los movimientos pacifistas y verdes, tan potentes y activos desde hace décadas en Alemania. El fallecimiento de Elisabeth, en Tubinga, en 2016, fue un duro golpe para el ya anciano teólogo. Sus cuatro hijas y su entrañable amistad con H. Küng y con E. Jüngel -también teólogo protestante- mitigaron su dolor. Ya nos dejaron los tres.
Ernst Bloch y Jürgen Moltman se encuentran y dialogan en Tubinga
Volvamos a nuestro relato. Un acontecimiento político de fatales consecuencias se encargó de que el lector de Bloch entre las montañas suizas se convirtiera en su amigo en la Universidad de Tubinga. Ocurrió en 1961. Bloch estaba de vacaciones en la República Federal Alemana cuando el gobierno comunista de la “otra Alemania”, de la República Democrática Alemana, levantó el muro de Berlín. Bloch no se lo pensó: renunció a su cátedra en Leipzig, donde había sido acusado de “veleidades teológicas” por las autoridades comunistas y se quedó para siempre en Tubinga. Su casa estaba muy cerca del Seminario protestante donde en otros tiempos vivieron Hegel, Hölderlin y Fichte. Un lugar muy apropiado para Bloch que había escrito un libro sobre Hegel. Fue allí, en la Universidad de Tubinga, donde estos dos maestros del pensamiento confrontaron sus sentires sobre la esperanza.
Fueron diálogos que sus testigos nunca olvidaremos. A Moltmann le fascinaba la ontología del “todavía no”, de Bloch, es decir, su apego filosófico al futuro, a la esperanza. Era una preciosa ayuda para su teología de la esperanza. Eso sí: se imponía transformar el “Dios esperanza” de Bloch en el “Dios de la esperanza”. Es la tarea que Moltmann llevará a cabo a lo largo de toda su obra. Rechaza la absolutización de la esperanza, llevada a cabo por su amigo Bloch, y la remonta y subordina a Dios, el único que la hace posible. Bloch había entonado un gran elogio filosófico, antropológico, a la esperanza, pero no sabía si hay algo que esperar tras la muerte. Se debatió siempre entre la gran Trascendencia (la Esperanza con mayúscula, Dios) y las pequeñas trascendencias nuestras de cada día (la esperanza con minúscula).
Esperanza en mayúscula y en minúscula
Se tiene la impresión de que al final vencieron las minúsculas, aunque sin abandonar nunca el anhelo por la otra Trascendencia, la única que podría evitar la aniquilación última que Bloch rechazaba. Era tan intenso su anhelo de Trascendencia que intentó darle forma acuñando una distinción que solía repetir, no sé si convencido del todo. Distinguía entre el núcleo y cáscara o envoltorio. El núcleo era para Bloch el verdadero hombre, todavía inexistente, no devenido, asunto de futuro. La muerte solo afecta a la cáscara, al envoltorio. El verdadero hombre, al ser aún cosa de futuro, no pude morir. Una distinción que no convencía a su amigo Moltmann, que alegaba que no se puede argumentar así ante las víctimas de Auschwitz. A lo que Bloch respondía: es que en ese caso no se puede argumentar de ninguna manera…
La esperanza de Bloch se teñía siempre de vigor antropológico; cercano ya a su muerte recibió la visita de Moltmann y sonriendo le dijo: “La muerte, todavía me queda esa experiencia”. Eso sí: su esperanza fue siempre “enlutada”, revestida de “crespones negros”. No se puede olvidar que era la esperanza de un testigo de dos guerras mundiales y de la víctima de no pocos exilios y experiencias dolorosas. Su evocación de las muertes vividas es estremecedora. Solía acudir al dicho alemán “el último hábito no tiene bolsillos” para expresar la total indefensión frente a la muerte. Sobrecoge el relato de la muerte de su primera esposa, ocurrido cuando solo contaba veintidós años; trae a la memoria la reacción de K. Marx ante el fallecimiento de su esposa, Jenny. Bloch nació solo dos años después de la muerte de Marx.
La esperanza blochiana, no sé si escrita con mayúscula o minúscula, le impulsaba a exigir “por dignidad personal” no acabar como el ganado. Gran melómano, se negaba a que la última música que escucharan sus oídos fueran las paletadas de tierra que alguien arrojaría sobre su ataúd. Tal vez se podría afirmar que, como tantos otros, se balanceó entre “el sí y el no”. “Sí” al anhelo de Trascendencia, de Esperanza con mayúscula; y un y “no “resignado, entrecortado, a toda promesa de pervivencia más allá de la muerte.
¿Puede frustrarse la esperanza?
El título de su conferencia inaugural en la Universidad de Tubinga fascinó a un abarrotado Salón de Actos: ¿Puede frustrarse la esperanza? La respuesta de aquel peregrino de la esperanza fue afirmativa. Bloch había asistido ya a demasiadas frustraciones de sus esperanzas intrahistóricas. Ante la otra esperanza, la esperanza final, se declaraba incompetente. Como buen estudioso de la historia de las religiones, sabía que estas no informan sobre lo que “saben”, sino sobre lo que “creen”. Y él no era creyente. De ahí que no pudiera acompañar a su interlocutor, teólogo cristiano, en la transformación de la esperanza en confianza. Tampoco podía aceptar que el Futurum terminase llamándose Adventus. Ocurría así en Moltmann ante la sonrisa amistosa, pero distanciada de Bloch.
Sin embargo, había una coincidencia última entre los dos amigos. Moltmann defendía que la resurrección de Jesús era histórica no poque hubiera ocurrido en la historia, sino porque había hecho historia. Es decir, porque a partir de la creencia en ella se habían abierto amplios espacios a la esperanza. Nuestro Unamuno dejó escrito que a partir de esa fe “nuestro trabajado linaje humano sería algo más que una procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Una frase que aceptaría el buen conocedor de Unamuno que fue Moltmann y que tampoco desagradaría a Bloch.

Además de La Esperanza, como virtud Teologal, Existe La Esperanza en general.Es algo que, a veces, te mantiene en pie. Desde luego yo no he ‘ abandonado toda esperanza ‘.
Un abrazo fuerte, Pilar.
Se puede pensar en la esperanza, porque no?, ¿pero por qué no actuar en la espera aquí y ahora para darle a la esperanza una nota de credibilidad y no pensarla meramente como una propiedad abstracta?
La Buena Noticia no se hace esperar creyendo que lo que tiene de buena es porque va dirigida a perdonar nuestros pecados, pero no es así. Lo bueno de la noticia, en primera instancia, es porque va dirigida a nosotros, y no a nuestros pecados. El cristianismo ha creído en esto segundo hasta bien entrada la modernidad. Pero en el nuevo paradigma del cual nos llenamos la boca hablando de él, no es así porque salvando lo primero, es decir siendo sí mismos, salvamos lo segundo cuyo resultado explicaría el modo de ser de lo primero, es decir, nuestra unidad constitucional sustantiva, más allá de la mera dualidad sustancial.
Este ínfimo planteamiento me lo ha inspirado, entre otras claves, para resumir, la que entre ellas aduce Oscar: ¿Acaso no es la Salvación nuestra tarea, lo que la humanidad espera que llevemos a cabo? ¿No es nuestra responsabilidad demostrar que ya ha empezado?
Mi querido amigo, no he encontrado otro medio para dirigirme a ti y desearte todo lo mejor amigo bueno y fiel, ya mi cabeza no es la que era…pero eso es otra fase de la vida que parece estar finalizando. Compruebo que todavía sigues participando en Atrio, y eso me da mucha alegría, ya no soy la misma personilla ahora ya hace mucho tiempo que no salgo de casa y mi cabeza olvida «casi todo» pero de vez en cuando aún recuerdo a los buenos amigos. Un abrazo muy entrañable para aquellas personas que todavía me recuerden. !!!Feliz cumpleaños amigo bueno!!!Pili_pitruca
Querida Pili, qué alegría saber de ti. Yo te recuerdo con mucho cariño y aprecio de tus comentarios tan estupendos. Un abrazote cariñoso y grande.
La esperanza no solamente alcanza la virtud teologal que espera en la “vida eterna”, sino también la esperanza temporal pues podemos esperar que las tribulaciones de esta vida sean suavizadas con la buena familia, la buena amistad, el buen médico, el buen abogado, la buena mesa, las buenas sorpresas de la vida etc porque son más las “gracias” que las “desgracias” si analizamos objetivamente nuestras vidas..Hay mucho más energía positiva “infusa” que carga negativa “difusa”…
Tambien tenemos que recordar entre los “pensadores de la esperanza” a Viktor E Frankl, profesor de neurología y psiquiatría en la Universidad de Viena, sobreviviente de 4 campos de concentración durante el Holocausto nazi que no sucumbió a la pérdida de toda su familia,incluyendo a su esposa embarazada, sino que encontró en la “esperanza” el sentido y propósito de la vida a pesar de tanto destrozo y dolor personal. El nuevo libro Embrace Hope (Abrazo a la Esperanza) sobre Víctor Frankl publicado en alemán en el 2023 y con el prólogo de su nieto Alejandro Vesely-Frankl nos muestra la esencia del pensamiento del profesor Frankl en 4 artículos recopilados de su archivo personal entre 1946-1984. Fue esta nueva orientación sobre la esperanza -base de la enseñanza y trabajo de Frankl- la que avanzó la psiquiatría hacia la parte fundamental del ser humano: su espiritualidad en vez de la frialdad del psicoanálisis freudiano.Un saludo cordialSantiago Hernández
USO – Gracias!
A quienes hablan continuamente
* de Dios,
* de Jesús,
* de creencias
* de espiritualidades
habría que preguntarles:
– ¿Acaso la Buena Noticia solo es una más entre las buenas?
– ¿Lo de ‘Dichosos’ de Mateo era una broma?
– ¿No se afirma que Jesús es la Salvación?
– ¿Por qué negarla trasladándola a otro mundo?
– ¿No es éste el que la necesita cada vez con mayor urgencia?
– ¿Qué es lo que hay que esperar, entonces?
– ¿Es que lo esperable está más allá?
– ¿No significa ese alejamiento dejar todo el campo a los ignorantes destructores del Proyecto Humano?
– ¿Acaso no es la Salvación nuestra tarea, lo que la humanidad espera que llevemos a cabo? ¿No es nuestra responsabilidad demostrar que ya ha empezado?
Jesús se distinguió por no esperar.
– No perdió ni un segundo aguardando.
– Se empeñó en la tarea del Proyecto Humano hasta el punto de dejarse la vida en ella.
– Quienes dicen que se vino abajo en base a las primeras palabras del salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», es que no han leído el final de ese salmo que él empezó a cantar mientras le ejecutaban.
Cuando no se reflexiona, la contradicción hace de las suyas.
Utilizo el responder. Perdón y gracias.
¿Esperanza? Sí y no. Como humanos a secas, en el estado en que somos ahora y aquí, el ser humano, no tiene mucho futuro. Somos un sistema muy desequilibrado, y hasta rupestre, capaz al tiempo de grandes logros y de grandes estupideces. Un modelo inacabado, y chapucero, con grandes contradicciones internas, que nos enferman.
Pero si nos contemplamos dinámicamente, entonces, nuestro destino es envidiable y maravilloso.
Todo en el Universo, sigue el patrón universal del círculo, del Yin y el Yang, de la cara y la cruz.
Antropocéntricamente, el ser humano es una ruina andante, lleno de sufrimiento, locura y furia. Pero mirándolo cosmológicamente, el humano es un eslabón en la cadena de vuelta al origen. La cruz de la cara, del Big Bang original.
Canta Yamal O-Din Rumi:
He muerto como materia inanimada, y he renacido como planta.
He muerto como planta y he renacido como animal.
He muerto como animal y he renacido como ser humano.
¿Por qué hemos de temer entonces, ser perjudicados por la muerte?.
Volveré a morir como ser humano, para renacer como ángel, perfecto de los pies a la cabeza.
¡Y, nuevamente, disipándome como ángel, seré lo que me ha reservado mi nacimiento humano!
Por eso, hazme no existente, porque la no existencia, me lo indica en los tonos mas sugerentes: “Es a Él a quien volveremos”.
De los restos de la materia inorgánica, surgen los vegetales, de los restos de estos, los animales, de los restos de estos, los humanos, de los restos nuestros, surgen los ángeles, y los restos de los ángeles, se incorporan al principio de todo.
Así es como está estructurado nuestro Universo.
Comprender como sucederá esto, es difícil, pero hay que comprender que las Leyes del Universo que la Ciencia nos está desvelando, son las leyes del Universo, que han surgido hasta el momento presente.
Pero la evolución emergente que rige el desarrollo del Universo, hará surgir nuevas Leyes en un futuro, que hoy aún son desconocidas por nosotros, porque aún no existen. Solo gente del tipo de Teilhard, tiene capacidad de tantear dicho futuro, en la obscuridad.
Magnífico , Delphine.No es ningún cuento La Esperanza. Si no confiase en una serie de cosas, ya no andaría por estas tierras.A lo mejor es una palabra con diversas acepciones. No creo que sea únicamente Esperanza en La Vida eterna, amén. Por favor, pero si a una mujer embarazada se dice, por aquí, por mí tierra, que está en estado de buena esperanza…
La esperanza es lo que media entre el suicidio y seguir confiando cada día en que podré con el día siguiente.
ESPERANZA: Cuento viejo y para «viejitos.»