
La popularización de la aplicación ChatGPT hace menos de dos años ha significado un avance técnico considerable y al alcance de la mano. Todos vamos teniendo experiencias, llevándonos la sorpresa de ver que es un instrumento de generación de lenguaje impresionante. Mariano tiene experiencia, como ingeniero y psicólogo, de dialogar con los últimos modelos de IA, analizando cómo esos instrumentos dependen de los propósitos humanos para los que son fabricados o usados. Pueden ayudar mucho a personas y a comunidades científicas en sus búsquedas. Pero sirven también para manipular y engañar a muchedumbres de compradores o votantes. ¡Ánimo, Mariano, en el trabajo que haces para aclarnos este tema que ecplica tanto de nuestro presente y nuestro futuro! AD.
La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) ha abierto un horizonte inédito en la historia del conocimiento humano. Por primera vez, el ser humano ha creado una herramienta capaz de procesar información a una velocidad vertiginosa y con una eficiencia que desborda las capacidades cognitivas individuales. Sin embargo, esta proeza tecnológica nos enfrenta a una pregunta crucial: ¿hasta dónde puede llegar la IA si carece de aquello que constituye el eje medular del conocimiento del ser humano: la intencionalidad finalista en todo lo que piensa y en todo lo que hace?
El ser humano no solo sabe, no solo sabe que sabe, sino que además quiere saber para qué. Toda pregunta que sale de su boca, lleva de forma implícita consciente o inconscientemente un horizonte de sentido, que orienta su búsqueda hacia un propósito, más allá de los datos y los algoritmos. La IA, en cambio, procesa información desde una lógica contingente, regida por patrones estadísticos, sin comprender jamás el «para qué» que subyace en cada pregunta que el ser humano le hace. Por brillante que sea su capacidad de análisis y de respuesta, su vacío intencional le impide trascender el marco de lo condicionado, incluso es incapaz de preguntarse a sí misma. No tiene identidad propia. Carece de autorreconocimiento.
Así, podríamos decir que la IA opera como un «inconsciente computacional»: procesa datos sin saber por qué, responde sin comprender la intención última, avanza sin un horizonte final. Y es precisamente aquí donde se revela la diferencia radical entre la máquina y la persona. Mientras la IA habita en el terreno de la contingencia —lo condicionado, lo mensurable, lo objetivo—, el ser humano irrumpe desde la trascendencia, desde su libertad incondicionada para orientar el conocimiento hacia fines que desbordan lo meramente pragmático. La pregunta en el ser humano siempre nace desde lo incondicionado. Recordemos que en la filosofía griega ya primaba el principio de finalidad sobre el de principialidad, sin el que la pregunta resultaría innecesaria, e imposible.
Por tanto, el verdadero reto no es el de temer ni el de ensalzar a la IA como una entidad autónoma que pueda reemplazar al ser humano, sino el de entender que su carencia de intencionalidad la condena a depender, inexorablemente, de la brújula interior del ser humano. La IA no tiene un inconsciente simbólico, porque no tiene conciencia de sí. Pero sí tiene un «inconsciente técnico»: una red de procesos que solo encuentran dirección cuando el ser humano introduce de forma explícita el sentido finalista de su pregunta, conduciendo y reconduciendo las respuestas que la IA le va proporcionando. En caso contrario es como un caballo desbocado.
En este artículo exploro esa tensión que surge entre la IA, atrapada en la contingencia, y el ser humano abierto a la trascendencia. Reflexiono sobre cómo evitar que la lógica computacional fragmente la identidad humana y cómo articular un equilibrio dinámico donde la tecnología potencie el conocimiento humano sin eclipsar la búsqueda última de sentido tanto del mundo en el que “está” como del mundo en el que “és”. Ese mundo en el que dice “Yo” para poder preguntarse y responderse. Toda pregunta en primera instancia es un preguntarse. Todo conocimiento de su mundo exterior en el que está, surge desde su mundo interior en el que “es” su propietario. En primera instancia el ser humano, descubre, descubriéndose.
La fascinación por esta nueva tecnología no puede hacernos olvidar que cada revolución tecnológica ha traído consigo riesgos, tanto físicos como psicológicos, tanto a nivel personal como social. La historia del ser humano da contínuo testimonio de ello:
La Revolución Industrial con su mecanicismo, desencadenó grandes avances, pero también originó grandes cambios sociales, en las costumbres, en las relaciones laborales, y todo ello con accidentes fatales y con enfermedades profesionales. El maquinismo, al absolutizar la eficiencia, subordinó al ser humano a las exigencias de la máquina, ampliando enormemente su conocimiento y también su calidad de vida contingente, pero respondiendo como toda contingencia a la segunda ley de le termodinámica. La entropía. El mundo de la contingencia no da nada gratis.
La Era Digital, ha acelerado la conectividad global, pero ha fomentado nuevas formas de alienación, como la adicción tecnológica, la desinformación masiva y la pérdida de privacidad. Estas y otras consecuencias son sus nuevas formas de entropía.
La nueva era de la IA, como nueva frontera tecnológica, no es ajena a estos riesgos. Su integración descontrolada podrá acrecentar aquellos y otros nuevos riesgos, en especial en su primera fase, al representar un cambio radical, sin tiempo de acomodación, siendo semejante a una mutación en el terreno de lo biológico, en el que lo viejo y lo nuevo compiten por su supervivencia, pero aceleradamente, perdiendo el equilibrio dinámico de anteriores adaptaciones.
En esta línea, y para paliar estos efectos negativos, surgió un movimiento “prospectivo-preventivo” en Japón en el año 2015 bajo el nombre de Sociedad 5.0, para elaborar un “Plan Básico de Ciencia y Tecnología” para el periodo 2016- 2021, y que en la actualidad ha continuado con: el Sexto Plan Básico de Ciencia, Tecnología e Innovación, como respuesta a los desafíos específicos de una sociedad acelerada y que en mi opinión y metafóricamente hablando, nos aproxima al concepto de “sociedad cuántica”, a semejanza del conocimiento clásico y cuántico de las ciencias físicas, que intenta encontrar la GTU, su Gran Teoría de la Unificación. Este Sexto Plan básico también pretende servir de modelo unificador global.
Japón ha promovido este enfoque internacionalmente, presentándolo en foros como el G20 y la ONU, con la intención de inspirar a otros países a integrar el progreso tecnológico de forma humana. Sin embargo, no es un marco vinculante a nivel mundial, y el riesgo que se plantea es muy real: sin una gobernanza tecnológica global coherente, cada país o bloque económico desarrollará – está desarrollando – la IA según sus propios intereses, lo que puede provocar un cataclismo muy superior en magnitud y en velocidad al de los acontecimientos previos a los de esta nueva y fantástica “sociedad cuántica”. De hecho, ya los estamos experimentando en este momento. Citaré solamente tres:
- Fragmentación tecnológica, adaptadas a valores particulares nacionales, generando tensiones entre ellas y obstaculizando el orden global. Entropía tecnológica.
- Conflictos éticos, países con enfoques nada éticos podrán utilizar la IA para vigilancia masiva o manipulación social – aspecto ya muy extendido -mientras otros intentan establecer límites éticos más estrictos. Unos por defecto y otros por exceso. Entropía social y jurídica. En definitiva, entropía ética.
- Desigualdad global, naciones con menos acceso a tecnología avanzada podrían quedar rezagadas, ampliando las brechas sociales y económicas. Entropía de clases sociales.
Actualmente, instituciones como la UNESCO han comenzado a establecer marcos éticos internacionales para la IA, pero estamos lejos de un consenso global sólido. No existe una IA global unificada; cada región avanza según sus intereses. En cualquier caso, con unificación o sin ella, estamos y estaremos obligados a pagar el impuesto entrópico.
La entropía es el tributo de la contingencia. Toda ciencia y toda praxis humana sobre la naturaleza le rinde tributo, y su tributo es el tiempo, en el que el acontecimiento es el espacio en el que se manifiesta. Un tiempo sin acontecimiento no existe. Aquí estuvo la genialidad de quien los unió en una misma magnitud. Por eso, el espacio y tiempo conforman tanto a nivel clásico como cuántico el mundo contingente. El movimiento perpetuo es su utopía jamás alcanzable, pero sin cesar de buscarlo. La contingencia nos encierra en un tiempo entrópico que se dilata infinitamente, tanto, que se nos escapa, pero siempre nos pasa cuenta.
Antes de concluir, quiero enfatizar la relación intrínseca que existe entre el espacio-tiempo de las ciencias físicas y el impacto de la IA en esta nueva “era cuántica humana” en la que nos está introduciendo la IA, pero no quiero dejar de evidenciar el constante aceleramiento del gradiente temporal entre cada transición:
- Era Paleolítica (Edad de Piedra primitiva). Desde hace 2,5 millones de años hasta el 10.000 a.C.
- Era Neolítica (Revolución Agrícola): 10.000 a.C. – 3.000 a.C.
- Era de los Metales: 3.000 a.C. – 1.000 a.C.
- Era Antigua: 1.000 a.C. – 476 d.C. (caída del Imperio Romano)
- Era Medieval: 476 – 1492 (descubrimiento de América)
- Era Moderna (Renacimiento y Revolución Científica):1492 – finales del siglo XVIII
- Era Industrial: Finales del siglo XVIII – principios del siglo XX
- Era Digital o de la Información (Sociedad 4.0): Desde mediados del siglo XX hasta el presente.
- Era Cuántica (según mi propuesta): Siglo XXI — actualidad emergente.
Esto nos evidencia que estamos acercándonos al horizonte de sucesos de lo que la ciencia considera como un agujero negro. Tema interesante para un análisis más profundo.
En las ciencias físicas, el tiempo no es una realidad absoluta; fluye de manera diferente dependiendo de la presencia de campos gravitatorios. Esto ocurre porque la gravedad curva el espacio-tiempo, estirando el tejido mismo en el que los acontecimientos tienen lugar. Por otro lado, en ausencia de una gravedad significativa, el tiempo fluye más rápidamente. Esta relación entre tiempo y gravedad no solo describe el universo físico, sino que, metafóricamente, ofrece una poderosa analogía para comprender el impacto de la inteligencia artificial en la percepción “temporal-espacial” humana.
Si la gravedad puede ralentizar el tiempo físico, podríamos decir que la velocidad de procesamiento de la IA, produce un efecto análogo sobre el tiempo vivencial. La IA, al acelerar el análisis de datos, la toma de decisiones y la propagación de información, comprime nuestra experiencia del tiempo. Lo que antes requería horas, días o semanas para que algo aconteciese, ahora se puede resolver en fracciones de segundos.
Pero esta aceleración no es meramente cuantitativa. No solo vivimos más acontecimientos en menos tiempo, sino que la densidad de las experiencias se ve afectada. La rapidez con la que las noticias circulan, las tendencias emergen y desaparecen, y las decisiones que se implementan, comprimen la percepción del presente, transformándolo en una corriente vertiginosa donde el pasado inmediato se vuelve obsoleto casi al instante.
Podría seguir desarrollando científicamente los interesantes espacios que nos abre este dinamismo entre el tiempo, el espacio, la gravedad y la velocidad de procesamiento de la IA, cosa que realizaré en otro momento, pero ahora volvamos al propósito que da título a esta reflexión.
Ante lo ya dicho, el sentido de la historia humana puede perder su sentido a cada instante, haciendo que cabalguemos a lomos de un caballo desbocado.
La conclusión inmediata es la de que: La velocidad está reñida con la reflexión, produciendo precipitación, y aún en el caso de que llegásemos a un consenso global, consenso utópico, esta velocidad con que se precipitan los acontecimientos, es decir el gradiente vivencial al que estaremos sometidos, será nuestro mayor reto a vencer, pues la entropía también se acelera.
La aceleración del tiempo, volviendo a la metáfora, es en sí una dilatación del no tiempo, pero en el que todo ocurre de sopetón, copando toda reflexión en una praxis irreflexiva y opacando el conocimiento del sentido de la vida, desplazando inconscientemente a su libertad incondicionada. Es como un torbellino embriagador que solo aprecia el sabor del vino sin prever las consecuencias de la resaca, desintegrando la unidad de su conocimiento humano.
El reto, entonces, no es renunciar a la IA, sino integrarla de forma que potencie el conocimiento técnico sin eclipsar el horizonte trascendente. Horizonte que debe ser su guía, para que no se desequilibre su integridad como persona.
Solo el ser humano, con su conciencia finalista, puede convertir el cálculo en conocimiento, el dato en verdad y el proceso en sentido. Mientras la IA habita en la contingencia, el ser humano seguirá siendo su inconsciente rector, el único capaz de otorgarle un destino más allá de la mera eficiencia, sin olvidar el tributo que nunca dejará de exigir.
Solo así podremos avanzar hacia un futuro donde la razón técnica y la razón espiritual dialoguen, permitiendo que la persona, singular y libre, continúe con sus ánsias de libertad, más allá de toda contingencia. Esperando que la trascendencia le acoja, pero trabajando a favor de ella siendo consciente que su plenitud solo será alcanzable como don y no como resultado de su propia praxis contingente, al reconocerse como “ser” que no se ha dado a sí mismo el “ser”. Don que se somete a la libertad otorgada en origen del “ser” creado para ser libre. Él, a través de su voluntad, elije finalmente en libertad su destino. Lo contrario sería un absurdo.

Aunque los diversos artículos que van saliendo son muy tentadores, seguiré un poco más reflexionando sobre este que nos dejó Mariano, pues estirando del hilo puede seguir dando aún mucha tela. ——–El reto que nos propone con respecto a la IA para que no opaque nuestra reflexión cognitiva, a mi modo de ver, no está en integrarla en nuestro humano conocer, pues, precisamente por ser humano, la trascendencia está ya implícita en la cosa conocida por él. La trascendencia, en efecto, es un momento de la cosa que a la IA le es del todo resbaladizo, por lo que para ella solo es operante lo contingente de la cosa. Por lo tanto, a mi modo de ver su manejo debe estar enfocado solo a lo contingente de las cosas. Cosas entre las cuales estamos y nos encontramos haciendo por vivir. Lo cual esto significa que más que integrarla a nuestro conocimiento la debemos deslindar de él. ——Toda experiencia humana viene dada por el hecho de que las cosas no es que estén en el espacio o en el tiempo, sino porque ellas lo forman en su dar de sí mismo, esto es, siendo espaciosas y tempóreas, lo cual permite que ya en ellas esté dada la trascendencia. Esto se le escapa a la IA. La trascendencia es una posibilidad que solo está en nuestras manos precisamente por el valor que de las cosas emana. Este, para mí, es el reto. ——–Bien, antes de que este artículo cumpla un mes, miraré de encontrar tiempo para estirar un poco más del hilo. Es muy interesante, gracias!
Querido Mariano, no te extrañe que últimamente leyéndote, pues me gusta hacerlo, no me dirija a ti personalmente que solo lo hago para que no te sientas obligado luego a responderme. Claro, hay un abismo entre tus conocimientos y los míos que estos solo lo son mediante adquisiciones por experiencias vividas. Modestamente es así, aunque mis afirmaciones parezcan a veces muy rotundas. Y lo son precisamente por contraste crítico con ciertas teorías.
Estoy contigo cuando reconoces todas estas ventajas que nos proporciona la IA, pero no en cuanto le asignas una capacidad análoga a la nuestra. Que la IA procese información a una velocidad vertiginosa más bien nos da cuenta de un gran contenedor capaz de contenerla. Sin embargo, a mi modo de ver esto dista mucho de lo que en términos de capacidad es aplicable al conocimiento humano que por su fluir mismo da de sí sensiblemente y, por tanto, su capacidad está dada en obertura a la realidad misma como término de su intelección.
La información que nos da la IA puede sernos eficaz en el conocimiento de las cosas como “tales” (hasta aquí puede llegar) pero no en aquello real que las atraviesa haciéndolas trascender. Y ahora Mariano cumplo lo dicho anteriormente, dejo de dirigirme a ti para que te sientas suelto y libre.
Entonces, con respecto a la pregunta crucial que nos deberíamos hacer no es la formulada por el artículo, pues lo modular del conocimiento lo que lo modula no es la intencionalidad finalista, sino la realidad dada en impresión y en obertura hacia… no es para qué, sino hacia qué, hacia dónde.
Es verdad que el ser humano irrumpe desde la trascendencia, pero no porque él la intuya como finalidad, sino porque se ve arrastrado por ella en lo real de las cosas, en su intelección con ellas. Si el objeto del conocimiento fuera nuestra intencionalidad finalista, haríamos de la realidad de la cosa aprehendida algo “en sí” y no lo que de suyo podría ser tal cosa en su trascender mismo haciéndonos trascender con ella también a nosotros … Creo que aquí se ve la diferencia entre lo ventajoso que nos puede proporcionar la IA y lo que queda categóricamente fuera de ella.
Gracias