Ser capaces de liberar al pueblo (I)
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La enseñanza del monte había llegado a su fin sin haber logrado el objetivo esperado
Los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, no dieron la talla. Por mucho que se empeñó el Galileo, ellos hicieron oídos sordos a la instrucción allí recibida. Los testarudos bajaron del espacio idóneo para un aprendizaje de altura manteniendo las amarras bien sujetas a su quebrado muelle ideológico. Su posicionamiento pasaba por generar un movimiento de masas destinado a conquistar el Poder mediante la violencia. Estimaban que dicha maniobra conduciría al prometido cambio de época marcado por la hegemonía política del pueblo judío. Un paso necesario previo a la esperada intervención de Dios para establecer su reinado.
Pero una vez bajados del monte, el hervidero de la realidad pondrá a cada uno en su sitio. El relato expuesto a continuación por Marcos da cumplida cuenta de:
- los padecimientos y necesidades de un pueblo abatido en su esclavitud
- y del procedimiento a emplear en su liberación.
El texto dice lo siguiente:
“Al llegar adonde estaban los discípulos vieron en torno a ellos una gran multitud y a unos letrados que discutían con ellos. E inmediatamente, al ver a Jesús, toda la multitud quedó desconcertada; pero, en seguida, echando a correr, se pusieron a saludarlo. Él les preguntó:
– ¿De qué discutíais con ellos?
Uno de la multitud le contestó:
– Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que lo deja mudo. Cada vez que lo agarra, lo tira por tierra, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. He pedido a tus discípulos que lo echen, pero no han tenido fuerza.
Reaccionó Jesús diciéndoles:
– ¡Generación sin fe! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?, ¿hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo.”
34.1. El monte ha desaparecido de la escena
La enseñanza ha quedado atrás sin noticias de un provechoso aprendizaje de los tres discípulos aleccionados. El silencio continuado de estos testarudos es indicador evidente de una constante indecisión. El evangelista constata que siguen en lo suyo, incapaces de abrir las entendederas al singular Programa del Galileo. La importancia de este relato y su continuidad temática con el de la enseñanza de altura a los testarudos quedó subrayada por el hecho de que tanto Mateo como Lucas, situaron la escena en el mismo lugar en que Marcos la había clocado, tras la bajada del monte. Lucas eliminó de ella la parte en que los discípulos sacaron a colación el dogma de los Letrados sobre la vuelta de Elías (Mc 9,11-13) porque tal asunto resultaba irrelevante y de difícil comprensión para unas comunidades ajenas a la cultura judía.
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Marcos da inicio a su relato dejando entrever una distancia entre los tres discípulos recién descendidos del monte y el resto del grupo, los que habían quedado abajo a la espera
Ese pequeño trecho tiene el efecto de situar a los que regresan en una posición con cierta perspectiva respecto a lo que está ocurriendo a sus compañeros. Aunque el texto no menciona en su comienzo ni a Jesús ni a los tres que se llevó consigo, la gran mayoría de las traducciones se inclinan por conceder a Jesús todo el protagonismo. Lo hacen utilizando el singular de los verbos ἔρχομαι (‘llegar’, ‘venir’ ‘ir’) y ὁράω (‘ver’, ‘mirar’, ‘tener ojos’), es decir: ἐλθὼν… …εἶδεν (Lit.: “Llegado… …vio”). Traducen de ese modo conforme a una variante de algunos códices. Sin embargo, el texto reconocido como original escribe los verbos en plural: ἐλθόντες… …εἶδον (Lit.: “Llegados… …vieron”). La diferencia entre una y otra traducción tiene importancia cara a descubrir la intencionalidad del evangelista y el alcance de su pedagogía.
35.1. El arranque del relato: “Al llegar…” advierte de su vinculación con el anterior
La llegada alude a un punto de partida. La función de enlace la realiza el participio plural ἐλθόντες (Lit.: ‘llegados’; traducido “Al llegar”) refiriéndose, sin citar sus nombres, al movimiento de aproximación del Galileo y sus acompañantes, Pedro, Santiago y Juan, hacia el lugar, también sin precisar, donde había quedado el resto del colectivo de seguidores: “…adonde estaban los discípulos…”. El texto griego aporta el matiz de acercamiento con una preposición (πρός: ‘hacia’) con sentido direccional: πρὸς τοὺς μαθητὰς (LIt.: “hacia los discípulos”) que indica en forma implícita una visión a cierta distancia. El evangelista la pone de manifiesto y aviva la atención del Lector al informar de una situación percibida por los recién llegados desde el plano en movimiento, acercándose, que observan: “…vieron…”. Algo inesperado ocurre en ese círculo que concentra toda su atención. Los discípulos que habían quedado aguardando la llegada del Galileo y los tres testarudos son el epicentro donde convergen las miradas de los recién llegados y las actuaciones de un importante volumen de gente que los rodean: “…en torno a ellos…”.
35.2. Dos actores colectivos se apiñan alrededor de esos discípulos
Marcos los identifica al instante. Son conjuntos significados. El grupo principal, el más numeroso: “una gran multitud”, actúa representando al pueblo. Junto a ellos se nombra a un número indeterminado de otros intervinientes en la escena: “y a unos letrados”, figuras significativas de la ideología religiosa oficial. Unos y otros coinciden en un comportamiento que llama la atención: ¡Están enzarzados en un enfrentamiento verbal con los discípulos! Eso es lo que pudieron observar Jesús y los tres testarudos: “…que discutían con ellos”. La desavenencia de la multitud y los Letrados con el grupo de discípulos quedaba bien a la vista. El contenido de la discusión se convertirá en el tema central del relato. Pero, antes de conocerlo, en su acercamiento al punto donde se desarrolla la polémica, los testarudos tienen tiempo de poder hacer una previa y rápida reflexión:
35.2.a. La porfía con los Letrados podía resultar lógica
No coinciden con sus planteamientos. Estos han optado por no hacer nada y esperar. Están posicionados en la idea de una intervención divina que instauraría la época soñada. Los discípulos rechazan de plano esa idea, aislada de una anterior actuación violenta del pueblo para conquistar el Poder.
35.2.b. Pero resultaba extraña la discusión con la gente
La multitud los había acompañado desde el principio y compartían sus criterios. Los discípulos siempre la habían considerado como imprescindible aliada; y contaban con ella para llevar a cabo un levantamiento popular que lograría hacer cambiar el orden de las cosas.
35.3. ¿Qué ha podido originar el altercado entre la multitud y los discípulos?
Los tres testarudos y también la comunidad destinataria del evangelio de Marcos están en vilo queriendo saber qué ha podido suceder.
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Estando todos los actores en escena, se produce de pronto un rápido movimiento:
“E inmediatamente…” (el texto original lo destaca de entrada con el adverbio: εὐθύς: ‘inmediatamente’, que señala el paso a una acción sin tardar). Una repentina primera reacción se origina en la totalidad de la multitud: “…toda la multitud…”, nada más apreciar la llegada de Jesús: “…al ver a Jesús…”. La traducción escribe el nombre de Jesús, aunque en el texto original solo se halla implícito en el pronombre precedido por el verbo: ἰδόντες αὐτὸν; lit.: ‘viéndoLO’). Al comprobar la presencia del Galileo, la actitud de la gente da muestras de estupefacción: “…quedó desconcertada”. El verbo griego con carácter estático: ἐκθαμβέομαι (‘quedarse estupefacto’), usado también por Marcos atribuyéndolo a Jesús en la escena de la oración en Getsemaní (Mc 14,33) y a María la Magdalena al ver al joven sentado dentro de la tumba vacía (Mc 16,5), muestra un estado de extrañeza ante una situación completamente inesperada. El asombro de la multitud se produce al comprobar que está sucediendo algo que no esperaban: El Galileo, separado del grueso de los discípulos; y observan que está llegando desde otro lugar alejado de allí acompañado de los tres que en el grupo han llevado siempre la voz cantante.
36.1. Pero la reacción de desconcierto no deja a la multitud inmovilizada
Mientras el silencio del texto respecto a los Letrados los deja fuera del cuadro, la gente deshace la discusión con los discípulos y sale del corro para acudir con rapidez hacia el Galileo que llega. Y lo acogen congratulados por su presencia: “…echando a correr, se pusieron a saludarlo”. La disputa dejó paso al entusiasmo. La multitud se había sentido defraudada con el colectivo de los discípulos al no encontrar en ellos idénticas respuestas liberadoras a las planteadas por el Galileo. El contenido del debate fue lo que interesó a Jesús y en lo que se centró Marcos en su relato: “Él les preguntó: ¿De qué discutís con ellos?”.
36.2. La pregunta del Galileo da entrada a un nuevo personaje: “Uno de la multitud le contestó:”
Y ocurre algo curioso que no pasará inadvertido al Lector. Desde este punto, la multitud quedó marginada en el guion de Marcos y perdió su protagonismo. El individuo sin nombre que entra en acción pasa a representarla. Él será quien responda y abra camino a los hechos que han motivado la discusión con los discípulos.
36.3. El hombre se dirige a Jesús llamándole: “Maestro…”
El término griego, escrito en vocativo: Διδάσκαλε (“Maestro”) reconoce su condición y diferencia respecto a los discípulos. Él es quien enseña y ellos quienes deben aprender, hacer suya su enseñanza tras reflexionar y seguir sus pasos. El título con el que le reconoce (διδάσκαλος) dista del que le dio Pedro durante la enseñanza en el monte: Rabbí (Ῥαββί), una credencial con la que se reconocía a los Letrados. El personaje que habla en nombre de la multitud distingue en Jesús una pedagogía y un Programa que superaba con mucho al adoctrinamiento oficial, el que estaba en manos de los Letrados. Y el hombre recurre a Jesús en busca de lo que no ha podido hallar en los ideólogos de la religión judía ni en el grupo de discípulos. Lo que desea del Galileo es la ayuda que necesita su hijo. Ha venido con él con el propósito de ponerlo ante su presencia: “…te he traído a mi hijo”. El hijo está invadido por una violencia que lo enmudece y destruye su personalidad. Se halla en un callejón sin salida. Y él, actuando como padre, por mucho que se ha esforzado, no ha encontrado manera de saber cómo salir de la terrible situación en que el hijo se encuentra. Los métodos violentos de un orden y una ideología injustos, le están destrozando. Se ha anquilosado hasta el punto de terminar confinado en la degradación más absoluta. Ha caído en lo más bajo, desprovisto de su dignidad humana. El hijo tiene tras de sí una vida disminuida. Se ha replegado hasta el punto de haber malogrado la capacidad de expresar sus inquietudes, anhelos y necesidades: “…que tiene un espíritu que lo deja mudo”. Es un ser frustrado. La ideología violenta que le envuelve le ha quebrado la voz acabando con su autonomía. No tiene más perspectiva que la de estar a expensas de un futuro incierto. Se le han cerrado todos los caminos. Sin otro criterio que el de asumir su sometimiento a la ideología degradante de todos los valores humanos, depende exclusivamente de lo que otros decidan por él.
36.4. El hombre salido de la multitud habla en favor de aquel a quien una ideología destructiva ha dejado sin habla
Y llega decidido ante el Galileo para exponerle el grave problema que tiene a su hijo achantado. Marcos, como autor del relato, se ha servido en su guion de los sobrecogedores efectos de un ataque de epilepsia para explicar gráficamente la comprometida situación que su hijo atraviesa: “Cada vez que lo agarra, lo tira por tierra, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso”. El personaje “hijo” es objeto de una violencia imprevisible y reiterada que lo atrapa sin remedio una y otra y otra vez (“cada vez que lo agarra…”). Resulta tan extrema que lo tiene imposibilitado, sin vía de escape posible y caído a lo más bajo (“…lo tira por tierra…”). Tan inaguantable y agresivo impulso contra él le hace perder la razón y se disipa en un silencio exasperado. Los últimos resquicios de su rabia contenida salen a borbotones desde sus entrañas (“…echa espumarajos por la boca…”), vibra castañeteando los dientes de impotencia (“…rechina los dientes…”) y termina extenuado, hasta el punto de parecer que le falta la vida (“…y se queda tieso”).
37. Los dos personajes, padre e hijo, representan dos perfiles de la fisonomía del pueblo a quien el ideario de orden injusto basado en la fuerza y la coacción ha tapado la boca
- El hijo personifica a un pueblo postergado bajo el poder del imperio dominante. Su frustración al no ver salida posible a su esclavitud se ha hecho crónica y le está destruyendo.
- El padre, en cambio, encarna, la otra cara de ese mismo pueblo. Dibuja con su iniciativa el ánimo deseoso de hallar una alternativa factible que abra camino a la salvación. Ese ansia de libertad ha motivado su búsqueda. Y le ha llevado a acercarse al Galileo al haber apreciado en su Proyecto Humano la salida que parecía imposible encontrar.
37.1. El padre se mueve con dinamismo; el hijo, imagen de impotencia, no puede sino ser llevado a remolque de él
La inmadurez del hijo se complementa con la experiencia inconformista del padre. Este, al no dar con el Galileo, había planteado el padecimiento del hijo al colectivo de los discípulos, convencido de que ellos responderían positivamente a su demanda. Estima que ya habían asumido su Programa después de tanto tiempo a su lado. Pensaba equivocadamente que compartían su capacidad liberadora: “He pedido a tus discípulos que lo echen…”. La decepción del padre se puso de manifiesto con la ineptitud de los discípulos: “…pero no han tenido fuerza”. Al padecimiento crónico del pueblo se unía ahora la frustración inaguantable del hombre al no haber encontrado la alternativa en la que confiaba. Su enojo le ha llevado al enfrentamiento verbal con los discípulos. Ellos carecen de la capacidad de Jesús (οὐκ ἴσχυσαν: ‘no fueron capaces’; del verbo ἰσχύω: ‘ser fuerte’, ‘ser vigoroso’) porque, aunque llevan tiempo caminando junto a él, están distanciados de su Proyecto Humano. En realidad, se hallan parecida posición a la del hijo. Ellos han sido invadidos por la ideología del fanatismo violento que les ha dejado hasta sin habla.
37.2. El personaje que hace el papel de padre ha respondido con claridad (“He pedido a tus discípulos que lo echen, pero no han tenido fuerza”) a la pregunta de Jesús a la multitud: “¿De qué discutís con ellos?”
Las dos figuras, padre e hijo, encarnan dos diferentes caras del pueblo. El padre, representando el perfil adulto. Busca una solución al padecimiento del sector ingenuo e infantil de ese pueblo, rendido a una ideología que le está destruyendo. Ante la dura realidad de un pueblo sometido a un poder opresor, los discípulos carecen de solución. La violencia que ellos propugnan como salida no libera, solo provoca mayor esclavitud. La figura del padre, representando la madurez del pueblo, discute con los discípulos la falsedad de sus postulados. La imagen del hijo, la cara inmadura de ese pueblo, lo demuestra con su desdicha y su mudez. No sabe por dónde tirar. Y ha sufrido tantos reveses intentando su liberación incluso por medios agresivos, que sus fracasos le han arrastrado hasta retraerse en un endémico silencio que parece no tener arreglo posible. La discusión arrancó, pues, de la inmovilidad y falta de energía de los discípulos, una pasividad de la que el padre tiene una dilatada y negativa experiencia.
37.3. Los Letrados habían entrado también en la controversia a rebufo de la multitud
Los ideólogos de la religión obligaban a la gente a más y más pausas en una espera interminable. La liberación era para ellos cosa de Dios. Solo Él conocía el momento oportuno de su comienzo. Tocaba solo aguardar hasta la llegada de su fulminante intervención, la que daría origen a su reino. El mutismo inoperante de los discípulos tampoco contaba con argumentos para responder a esas supuestas especulaciones de los maestros teólogos.
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Ante la explicación del hombre, el Galileo saltó de inmediato: “Reaccionó Jesús diciéndoles”
El plural del pronombre: “diciéndoLES” (αὐτοῖς: ‘a ellos’), sin más precisiones, señala que no se dirige a un individuo particular, sino al pueblo, al que el padre y el muchacho representan, y en especial, al grupo completo de los discípulos. Jesús saltó con ganas nada más empezar a hablar: “¡Generación sin fe!”. El Galileo se dirigirá vehemente a todos, mostrando hartura. El tono empleado por él exhibe intensidad y denuncia. Marcos descubre su fuerte carácter en ese comienzo. La comunidad destinataria de su escrito se siente aludida. Ella sí abrirá bien los oídos. Oyendo las explicaciones del Lector, tomará conciencia de su tarea como célula-madre de una sociedad necesitada de liberación. Su tarea como alternativa no puede decepcionar.
38.1. Pero, ¿a quién se está refiriendo al hablar de generación?
Con anterioridad, cuando Jesús puso las cosas claras a la multitud y a los discípulos (https://www.atrio.org/2025/04/los-discipulos-no-entendian-a-jesus-2-7/), ya aludió a una sociedad (γενεά: ‘procedencia’, ‘gente’, ‘pueblo’, ‘generación’) caracterizada por la injusticia: “si uno se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta generación idólatra y descreída” (Mc 8,38). También se refirió a los más religiosos de los seglares, desinteresados por la solidaridad y la igualdad, pero reclamando, sin embargo, una señal milagrosa (Mc 8,12). En esta nueva situación, inculpa a los discípulos y a la multitud de pertenecer al bloque injusto: “¡Generación sin fe!” (ἄπιστος). El término griego: ἄπιστος (‘desleal’, ‘de no fiar’, ‘infiel’) apunta a gente bloqueada en las ansias de conquista del mismo poder que les tiene sometidos. Aquí, como puede comprobarse en un simple seguimiento del texto, no se habla de Dios ni de religiosidad o espiritualidad, sino de personas titubeante, indecisa e ineficaz; es decir; ¡gente sin fe! Se dirige a quienes no acaban de dar el salto al Proyecto Humano y reculan amparándose en la seguridad de la obediencia a los dogmas tradicionales. El evangelista insiste frente a los aferrados al ideario de siempre, subrayando que la fe no es una actitud mental suscrita a una doctrina religiosa; la fe es un paso existencial que abandona añoranzas y deja atrás a un patrón de vida enraizado en la injusticia y la violencia para adherirse a la Propuesta Humana del Galileo. La fe se demuestra y se observa en los pies. Jesús denuncia así: “¡Generación sin fe!” a unos discípulos incapaces de dar ese paso necesario para llevar a cabo la liberación del pueblo. No pueden liberar quienes continúan reticentes a salir de su condición de sometidos. Únicamente quien es libre puede desarrollar una tarea liberadora. Con este arranque de Jesús (“¡Generación sin fe!”), pulsó Marcos el botón de alerta, dando un serio aviso a la comunidad. Su llamada no ha cesado, llega hasta hoy.
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El flaqueo de los discípulos sacó de sus casillas al Galileo
No responderá a la deslealtad del colectivo con discursos teológicos saturados de abstracciones. Saltará, desafiante, cansado ya de la resistencia al cambio de unos falsos compañeros que simulan serle leales, pero siguen alejados de su Proyecto camuflando sus verdaderas intenciones: “¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?, ¿hasta cuándo tendré que soportaros?”.
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Él no permanecerá impasible ante la desdicha del pueblo
La esclavitud requiere enfrentarse a ella dando pasos más allá de la interminable denuncia. La liberación del pueblo exige salir de los recovecos de la indecisión y plantarle cara a la complicada realidad con una alternativa social tenida bien fuerte entre manos. Es lo que hizo el Galileo: “Traédmelo”.
