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A ritmo de vals

Hace ya varios días que me llegó este texto de Mariano. Cuando lo recibí y leí por primera vez pensé que era una pieza que, por su valor, había que dar a conocer cuanto antes. Pero, a la vez debía hacer mías sus palabras, identificándome con ellas de una manera especial, sin depositarlas en la columna central de ATRIO, con una simple entradilla de compromiso. Y esto ha retrasado su publicación, porque no he sido capaz hasta hoy de transmitir todo lo que para mí significaba este artículo de Mariano. Lo he leído tres veces más en los días sucesivos y, en las tres ocasiones, su lectura pausada, me ha introducido en una profunda meditación. He visto expresada con mucha claridad la evidencia de lo que voy sacando de mis constantes lecturas de los dos “compañeros de cordada”, confirmada por mi reciente lectura directa de Agustín de Tagaste, sobre lo que es el conocimiento espiritual que permite al ser humano conocerse en profundidad a sí mismo y al Universo. Yo no lo hubiera podido expresar mejor que Mariano. Y de ese conocimiento que desemboca en la fe viva pueden sacarse muchas consecuencias que desembocan en el auténtico seguimiento de Cristo. Solo este permitirá hoy, abriendo cerrojos, la conversión pastoral de mi Iglesia. hasta hoy. hasta hoy. Voy a añadir dos ilustraciones sobre cómo grita a Dios el artista con su pincel y su cincel. AD.                   

La palabra entre el cincel y el pincel

No es este un artículo que pretenda explicar, definir o concluir. Surge más bien como una tentativa de bordear el misterio de la expresión humana allí donde la palabra, el gesto, el color o la materia no se limitan a describir lo real, sino que lo perforan.

En escritos anteriores he acudido a un lenguaje simbólico y metafórico, no por afán de evasión, sino para esquivar el cerco que impone el pensamiento lineal y categórico. Ese que, con rigidez satisfecha, exige respuestas inmediatas y cerradas. Pero hay realidades que se resisten a esa impaciencia. Es más, yo diría que: no hay verdad que en su intimidad más íntima se deje atrapar, sino que a lo más se deje revelar metafóricamente y entonces: el baile, la danza y el ritmo viene muy bien para horadar y penetrar en esa discreción que en su límite siempre manda callar.Por eso este texto gira, insinúa, se repliega. No afirma sin respirar. No define sin temblar. Porque nace del convencimiento de que la libertad del ser humano no se nutre de certezas blindadas, sino de espacios abiertos donde la palabra, el pincel, el cincel y hasta el cuerpo mismo se entrelazan en un vals que no busca el cierre, sino la profundidad.

Empiezo:

Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras, pero también es verdad que mil imágenes se pueden sintetizar, en una palabra.

Hay palabras que se pronuncian con los labios, otras que se esculpen con las manos y algunas que se derraman en color, como si la voz necesitara tocar el silencio con los dedos para decir lo que no alcanza a expresar. Palabras que no suenan, pero laten. Palabras que no se escriben, pero gravitan. Palabras que, antes de ser dichas, ya fueron expresadas por el cuerpo, por la materia, por la imagen. Palabras que emergen desde lo hondo, no como respuesta, sino como herida que precisa ser oxigenada. Porque la palabra, antes de ser verbo, fue gesto; antes de ser concepto, fue forma; y antes de ser forma, fue anhelo.

En los orígenes, no hubo gramática. Hubo un temblor. Un dedo que se acercó a otro sin rozarlo. Una piedra que empezó a ceder al golpe que no la destruía, sino que la liberaba. Un trazo de carbón que, sin saberlo, anticipaba una epifanía cálida y luminosa en forma de fuego y color. El cincel y el pincel no son solo herramientas: son los primeros oráculos de lo humano. Allí donde la palabra aún no sabía que sería palabra, el cuerpo también ya la estaba expresando, pero bailando: el cuerpo como coreografía, caligrafía en carne viva. La imagen como promesa anticipada de una voz futura. La piedra como grito contenido. El pigmento como sutil memoria de lo no nacido.

En ese baile, a ritmo de vals primigenio entre materia y sentido, entre forma y fondo, la palabra fue una invitada tardía, pero no por ello menor. Llegó después, sí. Pero llegó para reunir los gestos en un relato. Para dar espesor a lo ya dicho sin palabras. Para nombrar sin poseer. Para testimoniar sin fijar. La palabra no vino a sustituir el trazo ni a silenciar el golpe. Vino a resonar en ellos. A redimir lo callado. A elevar lo tallado. A fecundar lo pintado. Y así, entre golpes y trazos, entre mármol y lienzo, entre susurros y gestos, la palabra se reconoció imagen. Y la imagen, palabra.

Lo contingente se dejó horadar por esta danza. Lo trascendente, insinuar. El arte no describe: sugiere. La ciencia no sólo mide: también evoca. La teología no afirma: canta. Y en cada uno de esos ámbitos —técnico, filosófico, espiritual— la palabra, el pincel y el cincel se entrelazan como bailarines ciegos que se intuyen por el aliento, por el ritmo, por la tensión del aire. Cuando uno calla, el otro continúa. Cuando uno cede, el otro revela. Y así, se completan sin cerrarse, se nombran sin agotarse, se rozan sin poseerse. No hay frontera clara entre ellos. Solo el temblor compartido de quien busca, de quien sabe que decir es siempre menos que ser, pero también más que callar.

La palabra danza cuando se pronuncia con temblor. Cuando no se afirma, sino que se ofrece. Cuando se abre como un cáliz. Cuando no se impone como dogma, sino que late como confesión. El pincel danza cuando no sabe lo que va a pintar y, sin embargo, pinta. Cuando la línea se vuelve intuición y el color se vuelve aliento. El cincel danza cuando el golpe se vuelve súplica. Cuando el mármol resiste, pero cede. Cuando la forma emerge no porque se la imponga, sino porque se la escucha.

Y todos giran. Giran como cuerpos suspendidos en el salón silencioso del espíritu. No hay partitura previa. Solo una música que se adivina. El vals no tiene compás cerrado: se alarga, se tensa, se repliega, pero sin dejar de girar. A veces, la palabra toma el liderazgo. A veces, se deja llevar por el color. Otras, por la gravedad de la piedra. Pero siempre, siempre, es una danza. Una espiral ascendente que nunca se clausura. Porque lo que se busca no es un final, sino una revelación.Como en el cuerpo de un bailarín que gira con los brazos extendidos, también la palabra se extiende buscando el equilibrio. No entre lo dicho y lo no dicho, sino entre lo visible y lo velado. Entre lo pensado y lo sentido. Entre lo creado y lo por crear. Por eso el arte no copia la realidad: la perfora. Por eso la palabra no nombra lo evidente: lo atraviesa. Por eso el cuerpo no se limita a moverse: se entrega en un dinamismo embriagador donde todo él gira y gira sin parar. Aquí el vals a veces se torna tango, el giro se pliega sobre sí sin dejar de girar…Hay pinturas que no se ven, sino que se escuchan.

Como ese rojo encendido de Mark Rothko (1903–1970), pintor conocido como expresionista abstracto, que no pinta para el ojo, sino para el alma. Sus cuadros no se “ven”, sino que se escuchan con el cuerpo, con el pecho, con ese lugar interno donde el arte verdadero nos toca sin necesidad de decirnos cómo, que no grita, pero duele. Hay esculturas que no ocupan espacio, sino que lo desnudan. Como las figuras inacabadas de Miguel Ángel, que emergen del mármol como si la carne estuviera a punto de nacer. Hay palabras que no definen, pero desgarran. Como “gracia”, como “don”, como “herida”. Palabras que no explican, pero conmueven. Porque han sido cinceladas con dolor, pintadas con sangre, pronunciadas desde el abismo insondable del alma.

Lienzo con rojos, del pintor abstracto letón Frank Rotho

Esclavo despertándose, de Miguel Ángel. Academia. Florencia

Y en ese abismo también gira el pensamiento. La ciencia misma —aparente exactitud, ecuación, ley— gira cuando se asoma al límite. Cuando la partícula se disuelve en probabilidad. Cuando la luz no sabe si ser onda o ser corpúsculo. Cuando el universo se revela más como símbolo que como certeza. Allí también baila el conocimiento, sorprendido de su insuficiencia. Allí también se rinde a la imagen, al símbolo, a la intuición. El teorema cede al trazo. El axioma se curva ante el misterio. La lógica se inclina ante el gesto que no calcula, pero que dice más. El ritmo envolvente del vals no cesa, cuasi imbricándose con el tango en un giro que se pliega sobre sí mismo. En una espiral hacia dentro, hacia lo inefable…

Y en el centro de este salón sin muros ni techo, la pregunta que gira sin cesar: ¿Qué es real? ¿Lo que se ve, lo que se toca, lo que se mide? ¿O lo que se sugiere, lo que se insinúa, lo que se intuye? Tal vez la realidad no sea una cosa, sino una danza, pero a ritmo de vals. No de rock. No de bolero. No de pasodoble… Un movimiento entre lo que somos y lo que aún no somos. Una relación, un vínculo, un espacio abierto entre el ser y su misterio. Tal vez la verdad no esté en el trazo ni en el golpe, ni siquiera en la palabra, sino en el ritmo que los une. Por eso cuando uno de ellos quiere imponer su ritmo, el baile entra en arritmia, se cansa, se debilita y colapsa.

Ese ritmo es el cuerpo mismo de la creación. No como acto puntual, sino como latido continuo. Como ese momento eterno en que la mano del Creador se acerca a la del hombre, sin tocarla aún. Ese instante suspendido no es un segundo: es toda la historia. Es el ritmo sagrado en el que Dios pinta al hombre, lo esculpe, lo pronuncia. Y lo hace no para imponerle una forma, sino para invitarlo a crear con Él. Porque el ser humano también ha recibido pincel, cincel y palabra. También ha sido llamado a danzar.

Y así como el artista se consume en la obra, el hombre se consuma en su búsqueda. Nunca sabe del todo qué es lo que pinta, lo que talla, lo que dice. Solo sabe que debe hacerlo. Que, si calla, algo se pierde. Que, si no danza, el universo se queda sin eco. Que, si no participa, la creación queda incompleta.

Por eso, cada palabra justa es un acto de fe. Cada trazo verdadero, un acto de amor. Cada golpe preciso, un acto de entrega. Porque en cada uno de ellos vibra ese mismo gesto suspendido entre Dios y el hombre. Esa misma tensión entre libertad y llamada. Entre forma y misterio. Entre lo que somos y lo que aún no hemos sabido ser.

Y el vals continúa….

Y cuando el último giro se insinúa como despedida, la palabra, el cincel, el pincel y el cuerpo no cesan, sino que se repliegan, como las olas al llegar a la orilla, no para retirarse, sino para volver con más hondura. Porque toda creación verdadera, como todo amor, no concluye: se ofrece en su inacabamiento.

Queda en el aire el eco de una palabra que no ha sido dicha del todo, pero que ya nos habita. Queda en la pupila el rastro de un color que no supimos nombrar, pero que nos ha tocado. Queda en la piel la memoria de una forma que no alcanzamos a tallar, pero que nos ha herido dulcemente. Y queda, sobre todo, el cuerpo mismo —este cuerpo que somos— como lienzo, como piedra viva, como poema aún por escribir.

Todo arte que no se agota en su objeto, toda palabra que no se agota en su sentido, todo gesto que no se agota en su forma, nos recuerda que estamos hechos para más. Que somos obra y autor, danza y partitura, herida y aliento. Que venimos de un trazo primero que aún nos pronuncia, de un golpe primero que aún nos modela, de una voz primera que aún nos llama.

Y mientras esa llamada resuene —como eco de una belleza que nos precede y nos trasciende—, seguiremos girando, dibujando con nuestros días el contorno de una verdad que se intuye, pero no se encierra. Una verdad que no se impone, sino que invita. Que no clausura, sino que abre. Como el vals de la palabra entre el cincel y el pincel: eterno ensayo de lo eterno…..

 

Si alguien desea comentar este artículo, puede dirigirse al autor ( malvarezvalenzuela@telefonica.net )
o a ATRIO (antonio.duato.gn@gmail.com ).

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