Otros temas

Autores

Archivo de entradas

Temas

Fechas

Calendario

7713 Artículos. - 114042 Comentarios.

Del fin a la finalidad

El absoluto, necesario en la existencia humana

Recuerdo que se puede dialogar sobre este artículo, enviando un correo al autor(al final) o a ATRIO. AD.

Estos dos conceptos, tan usados en las ciencias positivas como en las ciencias humanas y en el lenguaje cotidiano, aunque no son opuestos en sentido estricto, pueden volverse contradictorios si se los concibe en términos absolutos y excluyentes. Un ser que tiene una finalidad también tiene un fin; es decir, la existencia humana tiene un desenlace, un fin biológico e histórico, pero eso no excluye que tenga un propósito o una dirección intrínseca, una finalidad. Ambos conceptos son dimensionalmente distintos.

La diferencia entre fin y finalidad a nivel antropológico es crucial, porque afecta a cómo concebimos la existencia humana, la libertad y la responsabilidad, dando como resultado una praxis personal y social muy dispar en la forma de construir y organizar nuestro mundo.

Si el ser humano solo tuviera un fin, su existencia podría ser vista como determinada, sin necesidad de una responsabilidad sobre su propio destino. Si tiene una finalidad, entonces se introduce la libertad, porque es necesario que el ser humano acepte o rechace el propósito que lo constituye. En este punto, la responsabilidad cobra sentido, porque cada acto humano es una afirmación o negación de su propia finalidad y de su propio sentido existencial. Aquí observamos la correspondencia absoluta entre libertad y responsabilidad. Ambas son inseparables. El ser libre al crear lleva de forma implícita sobre sí la responsabilidad sobre lo creado. El ser irresponsable la elude y, a su vez deja de ser libre: se somete al abismo del azar.

En una evolución sin finalidad, el ser humano sería simplemente un producto del azar sin más horizonte que el fin biológico de su existencia. En una evolución que incluye finalidad, el ser humano es un ser en camino hacia algo, lo que implica un horizonte trascendente en el que la libertad y la responsabilidad juegan un papel fundamental. Este contraste es clave para diferenciar una visión antropológica meramente naturalista de una visión que reconoce la existencia de una vocación última del ser humano, en la que éste se despega y se diferencia de un destino natural. Dicho despegue le confiere sus señas de identidad propias y su singularidad.

La cuestión del origen y la finalidad del ser humano ha sido y es una de las cuestiones más profundas en la historia del pensamiento. Frente a la tesis evolucionista, que postula un desarrollo natural sin dirección ni propósito inherente, la tesis creacionista plantea la existencia de una inteligencia ordenadora que dota de sentido a la existencia. Jean-Paul Sartre, paradójicamente, reconoció que la hipótesis creacionista es la más plausible en términos de coherencia explicativa, aunque él mismo no la compartiera. Aquí se evidencia también, la diferencia entre el saber y el creer como conceptos humanos que, si se absolutizan, igualmente entrarán en conflicto.

Si bien el saber se fundamenta en razones objetivas y verificables, no es autosuficiente, pues toda estructura de conocimiento descansa sobre principios indemostrables que deben ser aceptados como base, como dogmas.

El creer, no es una mera opinión subjetiva, sino la estructura fundante del saber. La neurociencia ha revelado cómo nuestras decisiones están profundamente influenciadas por creencias inconscientes. El creer da sentido a los datos del saber, organizándolos en una visión práxica del mundo que permite interpretarlos y proyectarlos hacia un futuro posible, pero no determinado.

Si la evolución fuese un proceso puramente ciego y azaroso, conceptos como la libertad y la responsabilidad se volverían superfluos. La evolución basada en la selección natural explica la supervivencia, pero no la emergencia de estructuras capaces de autodeterminación y reflexión. La conciencia humana, con su capacidad de preguntarse por su origen y destino, no encaja en un modelo sin finalidad. ¿Cómo podría un proceso sin propósito dar lugar a seres que anhelan sentido y dirección?

La libertad y la responsabilidad solo pueden tener sentido dentro de un horizonte teleológico. Ser libre implica no solo la posibilidad de elegir entre opciones con consecuencias que trasciendan el mero instinto biológico, sino también el de crearlas. Pero si la evolución es un proceso sin dirección, ¿cómo puede emerger una estructura psicológica que no solo elige y crea, sino que es capaz de responsabilizarse de sus elecciones? Tengamos en cuenta todo vasto y complejo orden jurídico sobre derechos y obligaciones, que construimos para ordenar nuestra existencia. La responsabilidad implica la existencia de una norma, de un orden que precede a la decisión individual. De un orden armonioso que facilite un plus al ser, y no limite las responsabilidades de ninguno de sus miembros. Además, sin un principio que oriente el sentido del acto libre, la libertad carece de fundamento y se convierte en una mera ilusión.

Desde una perspectiva filosófica y científica, la evolución parece orientarse hacia sistemas crecientemente complejos y organizados. La aparición de la vida, la emergencia de la conciencia y la capacidad de formular preguntas trascendentales no pueden explicarse únicamente en términos de azar y necesidad. ¿Por qué la materia inerte evolucionaría hasta la autoconciencia si no hay una dirección implícita en el proceso? Esta aparente teleología sugiere que la finalidad no es un producto posterior de la evolución, sino una realidad que la estructura desde el inicio.

Es la propia razón científica, la que con el teorema de la incompletitud de Gödel ya refuerza esta idea al demostrar que ningún sistema formal puede ser completo en sí mismo; siempre necesita y necesitará apoyarse en nuevos axiomas que provengan de fuera de dicho sistema formal. Si aplicamos este principio a la evolución, podríamos decir que la propia realidad no se basta a sí misma para explicar su sentido de realidad. La evolución, por tanto, necesita de un fundamento que esté fuera de ella misma para ser comprendida en su totalidad. Fundamento que no puede estar relativizado a nada en absoluto, siendo él el referente Absoluto.

La espiritualidad se inscribe aquí como la dimensión humana en la que la razón se abre o se cierra a dicha apertura. Este paso ya recae fuera de la razón, se ubica en esa otra facultad humana llamada voluntad. Esta facultad es el órgano de expresión de su inalienable libertad.

La fe, emerge entonces como un acto de confianza en un orden trascendente, no es una imposición arbitraria, sino el reconocimiento de que la realidad manifiesta un principio de orden y sentido que la razón no puede agotar por sí sola. En este punto, la fe cristiana ofrece una clave distintiva: la unidad en Dios, el referente Personal Absoluto, que no diluye la identidad personal en una conciencia universal e impersonal. Al contrario, la persona, como ser concreto, único, e irrepetible, pero relativo a la Persona Absoluta, conserva su singularidad y libertad, lo que refuerza la tesis de que la creación no es un mero accidente cósmico, sino el resultado de una voluntad libre que crea seres libres.

En última instancia, la libertad del ser humano se manifiesta en su capacidad de aceptar o rechazar el sentido de su existencia. La persona puede elegir vivir conforme a su propósito o alejarse de él, con lo que a su vez esta misma capacidad de decisión evidencia que la existencia no es fruto del azar, sino de una intención originaria. Si la libertad está en el origen de todo acto creador, la verdadera cuestión no es si la evolución tiene sentido, sino si el ser humano está dispuesto a reconocerlo y vivir conforme a él.

Así, la finalidad no es un simple constructo, sino la manifestación de un orden que estructura la existencia humana. Y si este orden es real, entonces la presencia de lo Absoluto en la vida humana no es una opción más dentro del repertorio de interpretaciones posibles, sino una necesidad para que la existencia no se disuelva en el absurdo. El paso del fin a la finalidad es, en definitiva, el paso de lo relativo a lo Absoluto.

Pero si la libertad está en el origen de todo acto creador, ¿dónde situamos la libertad del ser creado? La respuesta se encuentra en su decisión de aceptarla o rechazarla. La persona es libre para ser lo que debe ser o para ser lo que no debe ser, abriendo así el enigma de lo que significa existir en contradicción con el propósito del acto creador. En este punto, la realidad de la libertad humana se vuelve aún más misteriosa: no solo implica la posibilidad de adherirse al sentido para el cual fue creada, sino también la capacidad de alejarse de él, manteniendo en esa disyuntiva su más profunda dignidad y responsabilidad. Tanto en una elección como en la otra el ser humano es plenamente libre y responsable de su decisión

malvarezvalenzuela@telefonica.net

Comentarios cerrados.