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Ante la muerte de Francisco

Ya sé que en, esta casa, hay gente que ha conocido, al menos un papa más que yo y puede que incluso 2, pero 5 papas ya son un buen número.

De todos ellos (A Luciani casi no me dio tiempo a conocerlo, como a todos. Aunque pintaba muy bien), Francisco ha sido, hasta ahora, mi Papa.

El día que Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa, estoy seguro de que no sabía lo que la Iglesia le tenia deparado. Bergoglio fue un cardenal conservador y un provincial jesuita controversial que, a su modo, combatió la dictadura de los generales. Los descendientes de éstos nunca le tuvieron cariño. Siempre le tocó bailar tangos complicados.

Y sin embargo, como Papa, ha sido un hombre de gestos. Recibió una Iglesia polarizada, fuertemente escorada hacia los rigorismos más fanáticos que se las prometían muy felices cuando se eligió a Benedicto XVI, pero que éste no supo soportar.

Recibió una Iglesia que tuvo que combatir la vergüenza de la pederastia, tan grave para quienes ven en la Iglesia una madre espiritual.

Y Recibió, como todos los que visten la sotana blanca, una organización clerical, dividida, jerárquica, llena de intereses y con miles de hienas esperando que se le caiga al Papa un pedazo de la carroña con la que lo alimentan.

Daba pena verle estos últimos días, tratando de superar una enfermedad que, seguramente, él ya sabía que era la última.

Pero… ¿Qué nos deja Francisco?

Nos deja un buen hatillo de gestos. Su negativa a vivir en los aposentos palaciegos y permanencia en Santa Marta, hace que el próximo papa lo tenga difícil si quiere volver; pero ése, con no ser el menos conocido no es el más importante.

A mi me gustaron, especialmente, 2.

Su respuesta a una pregunta capciosa sobra la fe de un homosexual: “¿Quién soy yo para juzgar?”, al mismo tiempo que nos mostraba la dimensión humilde, misericordiosa y acogedora de Francisco; me recordaba al Jesús de Nazareth delante de la mujer adúltera y diciéndole: “Mujer yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”.

¿Quién soy yo para juzgar?

Es un tratado entero de teología moral en solo 5 palabras.

Y el segundo, la insistencia en ir a una prisión a lavar los pies de 12 presos (Y presas) en jueves santo.

No escogió a un grupo de gente pobre, ni a otro grupo de discapacitados, que también hubieran compuesto un gesto precioso. Escogió presos.

Escogió presos porque es la manera de mostrarnos que no importa lo que hagamos en la vida Dios nos perdona a “Todos, todos, todos” (En palabras del propio Francisco).

Y no ha sido un papa blando. Cuando ha tenido que mandar lo ha hecho (Ya saldrán los agonías a criticarle por el trato recibido por algunas comunidades rigoristas) pero siempre apoyado en la misericordia.

Se que muchos esperaban más de él. Que más de uno se habrá sentido defraudado, pero es que Francisco, desde el principio, ha querido ser el papa de todos. Incluidos quienes se han opuesto a él con la saña de un depredador.

Por eso creo que haber vivido su pontificado ha sido, para mi, un privilegio.

No se si la historia guardará memoria de él.

Lo hará de Juan Pablo (No todos los días le nombran a uno Santo Súbito). Lo hará de Benedicto (Siempre nos quedarán sus escritos), pero de Francisco lo que queda es su presencia en nuestros corazones y eso tiene caducidad. Depende de todos nosotros continuar lo que e ha empezado y esa será su memoria.

Pero eso es lo que hizo Cristo y ¿Existe un privilegio mayor para un cristiano que vivir como el Maestro?

Yo lo echaré de menos. No importa quién salga. Francisco ha puesto casa en mi corazón y vivo o muerto, siempre habitará en él.

Ya llegará el tiempo de hablar del sucesor.

Hoy nos queda rezar, pero creedme, no por el alma de Francisco. A poco que Dios sea como el propio Francisco predicó, seguro que lo acoge en sus brazos cariñosamente. No necesita nuestras preces para hacerlo.

Nos queda rezar para darle gracias al Padre por habernos permitido vivir estos 12 años de pontificado tan estimulantes y porque de nosotros depende que no se echen a perder.

Gracias, Jorge Mario Bergoglio y que Dios nos conceda el privilegio de no defraudar tu memoria.

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