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El ateísmo contemporáneo

En la naturaleza más profunda de todo ser humano reside una necesidad irrenunciable: ser libre. La libertad, contra lo que muchos piensan, no consiste en la capacidad de elección, sino en la de creación. Toda elección en un mundo contingente es un acotamiento de la libertad, y el ser humano no tolera límites. La libertad es constitutiva del ser humano en su ser mismo, es decir, entitativa y ontológicamente inherente a su existencia. Muy lejos de ser un atributo accidental o una emergencia evolutiva, es una realidad que define al ser humano en su estructura más profunda, que le permite autocomprenderse y auto determinarse.

Desde un punto de vista epistemológico, si la libertad fuera un subproducto evolutivo, el pensamiento humano estaría completamente sujeto a la biología, lo que contradiría su capacidad de formular principios universales y valores trascendentes. Además, la experiencia fenomenológica de la libertad nos muestra que no solo actuamos, sino que somos conscientes de que podríamos haber actuado de otro modo, lo que va más allá de cualquier determinismo natural. Por ello, la libertad no puede explicarse como una simple emergencia evolutiva, rompe radicalmente con la mera contingencia biológica. Por tanto, el futuro del ser humano, en cuanto ser libre, no es predecible científicamente, ni conseguible técnicamente. En ella reside el misterioso fundamento de todo ser humano sin excepción alguna.

El ateísmo contemporáneo es la prueba más palpable y radical de su libertad entitativa. El ateo no se justifica solo con razones; se justifica con su praxis, pues su libertad le faculta para crear su mundo, no solo para elegir lo que tiene frente a sí, sino para recrearlo. La libertad -repitámoslo mil veces- es creativa o no es libertad, para bien o para mal. Esto último, es inseparable de la libertad, porque ésta a su vez, conlleva la responsabilidad del orden de lo creado, en contraposición al orden azaroso de la contingencia evolutiva.

El ser humano en su esencia más profunda, es un ser moral, y la libertad es el espacio en el que este ser humano se hace cargo ante sí mismo, ante el mundo y ante su creador en todo aquello que realiza de palabra, pensamiento y obra. La libertad le otorga su autonomía y su soberanía sobre sí mismo. Gracias a la libertad entitativa el ser humano puede pronunciar la palabra “Yo” con pleno propósito y sentido.En este contexto, articulo mi reflexión:Fundamentalmente, el ateísmo contemporáneo no es una metafísica; es mucho más que eso: es una antropología. Abarca al ser humano en su totalidad, no solo a su razón, sino también a su corazón, que, como decía Pascal “tiene razones que la razón no entiende”. Esto ya sugiere que el ateísmo reflexivo no es meramente un conjunto de creencias filosóficas, sino una postura existencial que modula su forma de vivir.

El ateísmo contemporáneo sienta sus bases en el racionalismo radical de Descartes, al que toma como fundamento de su existencia sin percibir las consecuencias de su praxis existencial. En otras palabras, el ateo contemporáneo adopta un método racionalista como garantía de certeza, pero a menudo sin cuestionar hasta qué punto esta certeza es suficiente para dar cuenta de toda la realidad humana. Por ello, este ateísmo no se concibe a sí mismo como una doctrina de la dignidad del hombre simplemente porque niegue a Dios como salvador de la dignidad humana, sino porque sitúa al hombre en su mayoría de edad racional confiando en que esta le permite fundamentar su propia existencia sin necesidad de una instancia trascendente. Desde esta perspectiva la verdad del ser humano se sitúa en su autonomía racional asentándose práxicamente en ella. Además, proclama a viva voz su convicción de que Dios era y es una ficción, y que gracias a su razón científica —a la que eleva casi a la categoría de divinidad—, cree haber descubierto también su propio origen, entendiéndose a sí mismo como el término y la culminación del esfuerzo histórico de la humanidad por alcanzar el conocimiento y la plena autonomía de su ser.

Sin embargo, las motivaciones teóricas del ateísmo no pueden desligarse del conjunto de motivaciones antropológicas del ser humano, porque lo teórico impregna lo práctico, lo factico, convirtiendo este ateísmo en un humanismo positivo, pero configurado a su medida, sin espacio para Dios. Esto significa que, más allá del discurso filosófico que lo sustenta, el ateísmo configura un modo de vivir en el que lo trascendente no tiene cabida o se reduce a una mera construcción humana.

En este contexto, el ateísmo humanista vive anclado a una antinomia insalvable entre la afirmación de Dios y la afirmación absoluta de los valores humanos. Esta oposición se presenta como un dilema: o Dios o el hombre. Sin embargo, este dilema no es aceptado universalmente, ya que hay posturas dentro de este humanismo secular que argumentan que la afirmación de los valores humanos no precisa excluir a Dios, sino simplemente prescindir de él sin que ello implique una negación radical. Aspecto que evidencia en sí, un desprecio sin precisar argumentos. No obstante, en la concepción nietzscheana, esta antinomia es irreconciliable y se expresa en la colisión entre el “sentido de Dios” o el “sentido de la tierra”. Esta colisión puede sintetizarse en dos formas fundamentales: como mera aporía insalvable, o como una contradicción positiva. En el primer caso, el ateo racionalista considera que la creencia en Dios imposibilita una vida auténticamente humana; en el segundo, la oposición es tan radical que ambos términos se excluyen mutuamente, haciendo imposible su dilucidación.

La ética mundana, ética regulada por leyes, ética enlatada, exige la dedicación exclusiva a lo mundano-humano por sí mismo, de modo que toda motivación trascendente es considerada cuanto menos como un desvió ético. No solo porque sitúa a la vida plena en un “más allá” ficticio, también porque aparta al ser humano de la empresa de alcanzar su plenitud por sus propios medios en una vida verdaderamente humana.

Este es su fundamento, pero frente a él surgen dos concepciones en su realización: una prometeica, en la que toma sobre sí la tarea de construir un mundo humano en armonía confiando en sus facultades humanas, y otra cuyo modelo sería el de Sísifo frente a la contingencia humana, tratando incansablemente superarla para conseguir ser dueño de sí mismo.

Estos dos modelos nos retrotraen a los albores del pensamiento mítico. El ateo contemporáneo, creyéndose en su adultez racional fundamentada en el contínuo progreso de la ciencia y la técnica, las convierte en mito, pero ya es un mito creado por el propio hombre, es un mito manipulable al que cree no tener que rendirle tributo alguno.

Si la razón humana, gracias a la ciencia se despegó de la razón mítica, la razón atea acaba mitificando a la razón científica y a su praxis técnica, lo que podría interpretarse como una paradoja interna dentro de la postura atea.

Pero el ateísmo contemporáneo contine más motivaciones que esta de tipo reflexivo racional y filosófico. También nos encontramos con un ateísmo vivencial: el de simplemente de quienes viven sin Dios o como si Dios no existiese. Un ateísmo que aparenta no precisar razones, pero que al fin y al cabo se traduce en una praxis personal y social a remolque del anterior que sí cree estar bien argumentado. Por ello, no podemos excluir la posibilidad de que en tal ateísmo esté gravitando de forma concomitantemente las razones del ateísmo reflexivo.

Ambas formas de ateísmo se mueven entre el extremo de una estricta negación de Dios y el simplemente no contar con Dios a la hora de configurar la vida humana. Por lo tanto, estas posiciones rebasan toda metafísica para asentarse en una forma de antropología, en una forma de vida, en una praxis existencial, en la que Dios no cabe o queda excluido positivamente; de forma plenamente consciente en el primer caso y más o menos inconsciente en el segundo.

Este humanismo vivencial de la razón larvada es fundamentalmente un humanismo de autosatisfacción y de admiración ante sí mismo.

De una forma o la otra, el ateísmo contemporáneo ambiciona configurar la vida humana (personal-individual e interpersonal-social) a la medida de este ser humano, y desde estas dos dimensiones nos es factible establecer las distintas tipologías de praxis ateas de nuestro tiempo.

En este punto dejo abierta esta reflexión. No obstante, a modo de resumen conclusivo y en línea con lo hasta aquí escrito, resumo mi planteamiento al respecto:

La diferencia entre ateos y creyentes no radica solo en la afirmación o negación de Dios, sino en cómo viven y justifican su postura existencial. Tanto en el ateísmo como en la fe del creyente encontramos una versión racional, basada en el pensamiento y la argumentación, y una versión vivencial, basada en la práctica cotidiana más que en la reflexión.

El ateo racional y el creyente racional tienen en común su inclinación a la reflexión y la búsqueda de coherencia, aunque llegan a conclusiones opuestas. En cambio, el ateo vivencial y el creyente vivencial comparten una actitud más pragmática ante la vida: uno prescinde de Dios sin reflexionarlo demasiado, mientras que el otro lo integra en su vida sin problematizarlo.

Esta comparación nos permite entender que el ateísmo y la fe no son monolíticos, sino que adoptan distintas y múltiples formas según la estructura psicológica y el entorno sociocultural de cada persona, pero dejando bien en claro que por encima de estos condicionantes sobrevuela la libertad entitativa de toda persona, ninguno de ellos la determina.

A nivel social y comunitario, el ser humano, en tanto que ser relacional, refleja su postura existencial ante Dios en la construcción de su mundo común. Mientras el ateísmo impulsa la secularización progresiva de la sociedad, la fe de los creyentes fomenta la configuración de comunidades espirituales. Sin embargo, ambas posturas, en última instancia, se materializan en instituciones reguladas por leyes humanas.

En este trayecto existencial compartido por ateos y creyentes, emerge como órgano rector del Nuevo Orden Mundial el Imperio de la Ley, y no el Imperio de la Libertad. El ser humano, en su afán de ser libre, termina creando una libertad regulada, un sucedáneo que dista de la verdadera libertad anhelada, pues no hay ley humana que no exija su tributo.

El ateo que pretende eliminar el mito de Dios, mitifica la ley. Queriendo evadirse de todo dogma, dogmatiza la razón en forma de leyes. Para el creyente, Dios le libera de toda ley, pues así cree que aconteció en la propia historia del ser humano.

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