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La Voluntad, el Juez Supremo

Cuando recibí esta columna de Mariano y ver en mayúsculas lo de Juez Supremo, me pude a temblar. Esa expresión dirigida Dios, como Cristo Rey o Dios Omnipotente, pudieron estar entre expresiones cristianas respecto a Él, pero yo las he olvidado y las evito. Pero Mariano se refiere a otra cosas, no a Dios directamente en este caso. Entre las tedencias que luchan en nuestro interior por decidir lo que hay que hacer o hacia donde ir, ¿no será la voluntad libre y responsable la que tiene que imponerse? AD.

Entre todas las facultades humanas, la voluntad ocupa el lugar más alto. Es la instancia última de decisión, el tribunal supremo donde se resuelven los conflictos entre la razón, la emoción, la memoria y el deseo. Sin ella, el pensamiento sería un juego estéril de ideas, la emoción una corriente sin cauce, y la acción un reflejo automático sin sentido.

La voluntad, no es un impulso ciego ni una consecuencia inevitable de factores externos. Está informada por la biología, la cultura y la historia personal, pero no determinada por ellas. Un ser humano puede estar condicionado, pero nunca completamente determinado. Aquí radica su verdadera libertad: en la posibilidad de afirmar o negar, de aceptar o rechazar, de elegir más allá de los determinismos que lo rodean.

Esta facultad, única en su esencia, es la que nos define como personas y la que nos separa del mundo natural, de los seres no humanos y de cualquier sistema artificial. Comprenderla es comprender lo irreductible del ser humano y su misterio más profundo. Misterio que limita con la libertad, al ser ésta la expresión más radical de su “ser”. Tan radical, que es en ella donde la persona expresa su singularidad, única, concreta e irrepetible.

La voluntad solo es posible donde hay libertad. Sin ella, se reduce a un mecanismo de reacción, a una mera función del organismo sometido a determinismos biológicos, psicológicos o sociológicos. Si el ser humano posee voluntad en sentido pleno, es porque su capacidad de querer no está encadenada a una causalidad ciega, sino que se abre a una finalidad que trasciende todo determinismo biológico, psicológico y racional.

En los seres no humanos, lo que llamamos «voluntad» no es más que un complejo sistema de respuestas sometidas a procesos probabilísticos. Un animal, por más sofisticado que sea su cerebro, no elige en el sentido en que lo hace una persona. Su conducta responde a instintos, condicionamientos y procesos de optimización adaptativa. Su voluntad es un deseo automatizado, no una determinación libre.

El ser humano, en cambio, no se rige por un simple equilibrio de fuerzas naturales. Es capaz de interrumpir el flujo de todo determinismo y ejercer un acto irreductible de autodeterminación. No elige solo entre opciones dadas, sino que puede desafiar su propio contexto, negar sus impulsos, sacrificar su interés inmediato por un bien superior, actuar en contra de su propio beneficio o asumir causas que trascienden su existencia. No solo responde al mundo: lo configura y lo reconfigura, porque su misma realidad es dinámica y autoenvolvente en dicho dinamismo configurador y reconfigurador. Dinamismo que emerge de algo inobjetivable e inefable llamado libertad.

La razón puede analizar, la emoción puede impulsar, pero sin la voluntad libre, el ser humano no sería más que un objeto más de esa realidad que es incapaz de salir de sí y poder ser espectador de sí mismo. Su existencia estaría confinada a una red de causalidades que operarían sobre él sin que pudiera afirmarse, en un sentido pleno, que algo le pertenece en su origen.

Aquí radica la diferencia esencial: la voluntad humana no es la fuerza que lo empuja, sino la facultad que le permite sostenerse ante el abismo de la libertad. Porque la libertad no es solo la ausencia de coerción, sino la posibilidad de orientar el ser hacia un fin que no está impuesto, sino descubierto y elegido.

Sin voluntad libre, el ser humano no sería humano. Sería un organismo altamente evolucionado, pero no una persona. Y si esto es así, se sigue una consecuencia decisiva: el sentido último de la existencia no está inscrito en el orden natural, sino en la respuesta que cada ser humano da al don de su propio ser. En ese reconocimiento en el que el ser se reconoce no como una realidad autosuficiente.

Si hay algo que define la realidad humana, que la constituye en su esencia más profunda, es el binomio de voluntad y libertad. En él se cifra el misterio de la persona, su irreductibilidad, su singularidad. Ningún sistema, ningún orden, ninguna estructura social o colectiva puede absorberla sin traicionarla. Porque la voluntad no es solo la capacidad de decidir, ni la libertad la simple ausencia de ataduras. Son, juntas, el núcleo del ser mismo, el espacio donde la existencia se afirma o se niega, donde el don de la vida es aceptado o rechazado.

E

n un mundo dominado por la objetivación y la cuantificación, el ser humano resiste. Su voluntad y su libertad lo hacen irreductible a cualquier esquema, lo sustraen a cualquier intento de ser absorbido por el gregarismo. No hay medición posible para la decisión última del ser, porque su elección no es un fenómeno, sino un acto de ser. Decía Mounier, que el Acontecimiento es nuestro maestro interior. En el Acontecimiento el ser “es”.

Desde la psicología hasta la neurociencia, desde la antropología hasta la inteligencia artificial, todos los intentos de capturar el secreto de la voluntad humana terminan en el umbral de lo inefable. La persona no puede ser reducida a sus procesos neuronales, ni sus decisiones explicadas enteramente por condicionantes externos. Se pueden analizar los factores que influyen en su actuar, pero el acto mismo de elegir, el acontecimiento del ser, escapa a toda predicción absoluta. Es el espacio donde la ciencia choca contra su límite, donde toda epistemología debe rendirse ante el hecho irreductible de la libertad.

Si la voluntad y la libertad son el fundamento del ser humano, entonces todo orden social es por definición insuficiente. No hay estructura, norma o sistema que pueda acomodar de manera perfecta la espontaneidad de la persona sin sofocarla.

Desde la República de Platón hasta el racionalismo de la Ilustración, desde las utopías marxistas hasta los proyectos tecnocráticos contemporáneos, la humanidad ha buscado construir un orden perfecto, un equilibrio definitivo donde las tensiones de la existencia queden resueltas.

Pero todas estas empresas han fracasado y fracasarán siempre, porque parten de un presupuesto erróneo: suponen que el ser humano es integrable en un todo sin perder su singularidad. Pero, la voluntad no es integrable. No es una función de la sociedad, sino su límite. El hombre no es para la sociedad; la sociedad es para el hombre. Cuando este principio se invierte, cuando se subordina a la persona a la colectividad, el resultado es siempre el mismo: despersonalización, alienación y, en el peor de los casos, totalitarismo.

No es casualidad que los grandes regímenes totalitarios del siglo XX hayan buscado anular la voluntad individual en nombre de un destino colectivo. El comunismo, el fascismo, incluso las democracias masificadas y domesticadas han tendido a considerar la voluntad individual como un obstáculo para la armonía del sistema. Pero ese es el error fundamental: pretender que el orden social puede suplantar la libertad.

Nuevamente en esta reflexión he de exclamar: El Reino de los Cielos no lo construye el hombre:

Si la voluntad y la libertad son irreductibles, entonces la armonía social no puede alcanzarse por medios humanos. No hay estructura política, económica o filosófica capaz de fundar un reino de justicia plena, porque la raíz del problema no está en la sociedad, sino en el corazón del hombre.

Aquí radica la gran verdad olvidada por todas las ideologías: el ser no se construye, se recibe. Y si se recibe, implica que es un don. Y si es un don, solo puede ser aceptado o rechazado, nunca fabricado.

Los grandes proyectos históricos que han pretendido edificar el paraíso en la Tierra han fracasado precisamente porque han partido de una premisa falsa: que el hombre puede darse a sí mismo su propio ser, que puede autosustentarse en su libertad sin referencia a un don originario. Pero la libertad absoluta no es la autarquía del individuo, sino su capacidad de responder al don del ser.

El Reino de los Cielos no es una utopía realizable, ni un sistema social optimizable. Ni un dinamismo evolutivo en el que la razón madure hasta alcanzar una sabiduría universal. Es el espacio donde la voluntad humana se encuentra cara a cara con su origen primordial, donde la libertad se mide no por su independencia, sino por su capacidad de reconocer y responder al don recibido.

Conclusión: la voluntad como signo del misterio

En última instancia, la voluntad y la libertad son los signos más profundos del misterio del ser humano. No pueden ser subsumidas en ninguna estructura, no pueden ser agotadas por ninguna explicación. Son el resquicio por donde la persona se asoma al abismo de su propia trascendencia.

Por eso, no hay ni habrá jamás un orden social perfecto, porque el orden no es el destino del hombre, sino su camino. Mientras el ser siga siendo un don y la libertad sea verdadera, el hombre no podrá encerrarse en ningún sistema. Solo podrá elegir entre aceptar el don o rechazarlo.

Ese es, en última instancia, el verdadero drama de la existencia. Y en esa decisión irreductible, en ese acto de ser, se juega todo.

No hay, ni habrá, epistemologías interdisciplinarias que sean capaces de subordinar a la voluntad humana. Si esto sucediese la responsabilidad desaparecería al instante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7 comentarios

  • M. Luisa

    :El subjetivismo, que no la subjetividad humana, es precisamente, Santiago, el  resultado negativo de haber objetivado  la realidad que es, justo, de esa objetividad   de lo que hay que prescindir para evitar la confusión entre el tema de la voluntad y el tema del deber. 

    Es evidente que tú lo enfocas en esta última dirección  y además como imponiéndola. Por otra parte, y para  seguir  un poco en tu línea, no es que “podamos” sentir, y en virtud de ese poder, la razón en cuestión de ética  nos diera el camino correcto, no, nada de eso, es nada menos que a la inversa. Es lógico que si objetivamos la realidad de nuestra voluntad, nos sobrevenga un código de moralidad,  pero si  la voluntad se entiende como un constituyente nuestro, entonces serán nuestros sentidos los que la harán aflorar.      Son nuestros sentidos los  que, como humanos,  nos constituyen en la realidad que somos.

    No vale, pues, Santiago   atribuir a los sentidos una exclusividad sensitiva  que les retrotrajera a lo meramente material de la impresión.  Sino que,  como la impresión lo es de  realidad y no  producida por estímulo alguno,  el sentir humano se abre a ella  en alteridad intelectiva cuya unidad  es lo que formalmente, fuera de todo subjetivismo subjetual (sujeto a) constituye el carácter de la   subjetividad  propiamente humana.

  • Santiago

    Es la voluntad el signo de nuestra libertad pues en ella y por ella decidimos nuestro destino…Como dice Mariano la voluntad es el signo distintivo del ser humano y de nuestra racionalidad. Y si carecemos de fuerza de voluntad nuestra vida se destruirá poco a poco… En la actualidad moderna todo se ha desplazado a “sentimiento subjetivo” prescindiendo de la realidad objetiva. Si, podemos “sentir”, ….pero no podemos consentir a lo que percibimos como “ilícito”….. y es que la razón y la ética nos dicen el camino correcto y entonces debemos seguir lo que es y va a ser el bien nuestro y el bien “común” que es patrimonio de todos.En la voluntad está el amor porque el amor consiste -no exclusivamente “el sentir”, -sino pricipalmente en buscar la felicidad del ser que amamos, y honrar sus cualidades y es aquí entran el amor al prójimo, y el amor a Dios…En la voluntad reside también la búsqueda y el encuentro del camino del bien huyendo de la adicción al mal que  destruirá el propósito  y destino final de nuestra existencia que es la unión posesiva del Amor. Un saludo cordialSantiago Hernández

    • Isidoro García

      Utilizo el responder. Perdón y gracias.

       
      (Este comentario está basado en la entrada, “La Tiranía del Mérito”, del psiquiatra Pablo Malo, sobre un pequeño resumen del libro de Michael J. Sandel, del mismo título).
              El tema de las “tentaciones” y la fuerza de voluntad, es un tema para aplicar el “mas vale maña que fuerza”. Y sobre todo en que es evidente que cuando nos enfrentamos a un problema muy complejo, con múltiples causas posibles, es un error filosofar sobre él, en el vacío, sino que hay que acudir lo mas posible a la Ciencia, y los estudios prácticos de la Realidad.
            Cuando no conocemos bien, los complejos mecanismos de la mente y de la Realidad, mas tendemos a resolver los problemas a lo bruto.
          Es como subir la cuerda, que el que mejor la sube no es el que la sube a lo bestia, a base solo de bíceps, sino el que sabe utilizar el truco de subirla colgándose con los brazos de la cuerda, flexionar las piernas, apoyando los pies en la cuerda, pinzándola, y luego subir tranquilamente con las piernas, que son  mucho mas fuertes que los brazos.
       
              Como dice el Dr. Louis Aronne: “Intentar 20 veces bajar peso y no conseguirlo, ¿es un problema de fuerza de voluntad, o un problema que no responde a la fuerza de voluntad?
           Psicológicamente, se ha visto, (Marina Milyavskaya y Michael Inzlicht), que los que consiguen mejor sus objetivos, no son los que tienen mas autocontrol voluntarioso, sino los que tienen menos “tentaciones”, y por ello, precisan usar menos la “voluntad”.
       1.- La gente que es buena en autocontrol en realidad disfruta las actividades que a otros nos suponen esfuerzo, como comer sano, estudiar o hacer ejercicio.
            Para ellos es divertido lo que para otros es sufrimiento.    
      2- La gente que es buena en autocontrol ha aprendido buenos hábitos. Estructuran su vida de manera que no tenga que utilizar la fuerza de voluntad, mediante rutinas aprendidas y adoptadas.
      3- Algunas personas genéticamente experimentan menos tentaciones. El rasgo de personalidad llamado responsabilidad, se asocia con esta característica y cualquier rasgo de personalidad, tiene una heredabilidad media del 50%.
      4- Es más fácil tener autocontrol cuando eres rico. La pobreza estimula el cortoplacismo.

      • mariano alvarez valenzula

        Querido Isidoro, Estoy «de-acuerdo» con todo lo que dices y como lo dices, pero a su vez estoy en total «des-acuerdo». Tú, supeditas la voluntad al conocimiento fáctico del mundo contingente y a las habilidades que sortean las tentaciones – Tema éste muy interesante de analizar-.  Yo, al mundo integral de la persona que, quiera o no quiera, está por encima de toda facticidad. Aquí el conocimiento y las habilidades no están acotadas, pues por mucho que sepamos y por muchas facultades habilidosas en las que nos ejercitemos y materialicemos, siempre habrán infinitos grados de libertad para ejercitarlos. En caso contrario no seríamos personas, a lo más, seríamos autómatas irresponsables, que por muchos grados de libertad que tuviésemos siempre estaríamos acotados y determinados.

        Este es el gran misterio que encierra la voluntad en todo ser humano, además de ser su mayor grandeza. Por la voluntad el ser humano puede ser capaz de renunciar a lo más valioso en él, a la vida, a la vez que no claudicar ante la adversidad más perversa. Como verás ahí, tanto el saber como la habilidad se doblegan ante su voluntad.

        La libertad para bien, o para mal nos hace libres. Acaso no es este nuestro mayor deseo. Pero recuerda: la libertad nos compromete, pero no nos determina. En todo caso nos determinamos en ella, por voluntad propia.

  • M. Luisa

    Gracias, Mariano, por tus  objeciones   a mi comentario, una de ellas  me la planteas así:
    ¿No crees que reconocer este papel soberano de la voluntad, lejos de anular las tendencias que tú citas, las integra, permitiéndonos afirmar nuestra condición de seres libres y responsables?
    Respuesta: Si la voluntad fuera  soberana, es decir, una condición a priori, ¿qué papel harían en nosotros las tendencias? La voluntad es en sí misma formal y constitutivamente tendente. Es un proceso de liberación de los estímulos en orden al sentir intelectivo propiamente  humano,  en el que  las tendencias ceden el paso a la volición,  del mismo modo que el afecto o la afección ceden el paso al sentimiento, no de otro modo hay que entender cuando se habla aquí de estructuración interna.
    Solo hay volición y sentimiento cuando el tender volitivo y el afecto sensitivo  envuelven el momento de realidad.  Es un proceso  de liberación  y de realización a la vez. Afirmar nuestra condición de seres libres  sin esta probación física de realidad sería a mi juicio hacer de la libertad y de la voluntad meras abstracciones.  

    La otra cuestión me la planteas con esta pregunta ¿Cuál es esa Realidad Absoluta que nos mantiene atados de pies y manos?

    Respuesta: Tal osadía definitoria   no se me ha ocurrido nunca. 
    Fue tan solo un supuesto  hablar sobre la Realidad Absoluta, motivado este precisamente por la nuestra que de ella, de nuestra realidad sí sabemos que es relativa.  Y, por tanto,  algo es relativo siempre y cuando esté respectivamente orientado  hacia la absolutez de algo otro, porque si no no tendría sentido hablar de la ya conocida  relatividad, como decía ya en mi comentario anterior.  Ahora bien, ¿No nos ha de bastar con que la Realidad   sea abierta, absolutamente abierta, dando de sí más y más? Y si es así, ¿por qué  dices que nos mantiene atados de pies y manos?  Todo lo contrario nos hace mantener abiertos muy ricamente…
    Gracias, Mariano!

  • M. Luisa

    En efecto, sí  que tales expresiones como Juez Supremo y Omnipotente no solo pueden retrotraernos al  pasado, sino que explícitamente están expresando  el intento por mantenernos, en el presente, con ellos. La solución, por tanto, no es que individualmente se  tenga la voluntad de olvidar o de superar  todos estos conceptos y ya está, sino que  pensando, no tan solo  en el ser cristiano, sino en la realidad  del cristianismo  y en la humanidad en su  totalidad,  deben estos conceptos ser actualizados.  Es una exigencia. Nuestra amiga Carmen nos lo está diciendo (exigiendo con razón)  constantemente. Hay que ir al fondo del asunto, a ella no le valen paños calientes. 

    En qué consiste esta actualización?  En poner la atención en el aquí y ahora de la realidad  en la que “entre” cosas estamos los humanos. 

    Del Ser Supremo no conocemos nada, a diferencia de que, como ya “sabemos”   que nosotros los humanos somos realidad  relativa ,sí cabe preguntarnos, entonces, desde la relatividad misma,  ¿relativos a qué?, a la realidad absolutamente absoluta.

    Es, pues, desde ahí  por lo que  quedamos abiertos, abiertos  “a”  a un  contar ya  desde aquí con lo Absoluto de la Realidad, el absoluto   que nos hace ser relativamente absolutos ya  en el aquí y ahora…

    Más concretamente, sobre el tema de la voluntad, mi reflexión va en el sentido  según el cual diría que  la voluntad, sin más, no está facultada. Creo que hay que hablar de la voluntad como “capacidad” de querer y, por tanto,  de sentirnos  libres. La libertad no es una entidad que se apoye sobre sí misma, creo más bien que  la libertad es   cualidad de una voluntad tendente. Si los humanos no tuviésemos  tendencias, no tendríamos  posibilidad ninguna de ser efectivamente libres.

    • mariano alvarez valenzula

      Estimada M. Luisa,
      En el  artículo planteo que la voluntad, entre todas las facultades humanas, tiene la última palabra, incluso frente a la razón o la sinrazón de la muerte, porque es la expresión más genuina de nuestra libertad. Además, La libertad, como expresión singular de cada persona, sostiene su dignidad y responsabilidad ante sí misma y los demás. Sin ella, quedaríamos atrapados en un mecanicismo determinista, por complejo que fuera. La voluntad no solo decide, sino que actúa, haciendo posible que no estemos determinados por fuerzas externas o internas.
      ¿No crees que reconocer este papel soberano de la voluntad, lejos de anular las tendencias que tú citas, las integra, permitiéndonos afirmar nuestra condición de seres libres y responsables?
      Dices que la voluntad es una “capacidad” vinculada a la libertad, pero acto seguido, afirmas que  esta libertad no es independiente, sino que surge de las tendencias humanas. ¿No encuentras contradictorio el hablar de libertad y a su vez condicionarlas por las tendencias humanas? ¿Acaso las tendencias humanas son libres en su esencia?
      También afirmas que la voluntad solo cobra sentido al estar orientada por algo más profundo: las tendencias humanas y la apertura a lo Absoluto de la Realidad. ¿Cuál es esa Realidad Absoluta que nos mantiene atados de pies y manos? Si así fuese la libertad dominaría toda la realidad. Una libertad dominante no es libertad. Personalmente no me siento atraído por esa libertad.
      Cuando nuestra razón se apega a la razón contingente, razón objetiva, la propia realidad nos evidencia su no objetividad.
      Como siempre, valoro lo que expones. El que no lo comparta en su totalidad es natural, pero esa discrepancia nos enriquece mutuamente.
      Gracias por tu atención a mi palabra escrita.