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¿SÍ O NO?

  ¿TIENE LA VIDA HUMANA UN SENTIDO
Y EL HOMBRE, LA PERSONA, UN  DESTINO?

        Esta pregunta nos pone como vulgarmente se dice en términos pugilísticos, ante las cuerdas, nos enfrenta ante la cuestión más radical de nuestra existencia en esa doble dimensión de realidad histórica de toda la humanidad y de realidad concreta, única e irrepetible de cada persona con independencia del tiempo de su existencia. La cuestión del sentido.

        El hombre, la persona concreta es un preguntón, pero de todas las posibles preguntas que se pueda hacer, solo una es la que dotará de sentido a todas las demás y esta pregunta por el sentido de su vida, es la que debe inaugurar todo preguntar o cuando menos incorporarlo inmediatamente para poder ser y estar, en realidad con sentido.

        El ser humano in-augura la realidad, no la crea, por eso nunca puede llegar a su esencia, está siempre frente a ella augurándola. Dispone de ella solamente en ese modo, dejándose presentir, presagiar, predecir, imaginar, pero nunca tocar ni ser poseída en su más íntima intimidad, en su esencia, y por eso cualquier acercamiento que quiera apoderarse de ella conlleva también su negación, su desaparición.

 

La reponsabilidad de ser libre

        Todo lo que el ser humano in-augura en la realidad lleva implícito el principio de contradicción en forma de cuestionamiento, de afirmación o de negación y entre los que media su voluntad. Este es el espacio insondable de su libertad que está por encima de toda racionalidad. Espacio que le dota de su singularidad concreta, única e irrepetible y que a su vez le convierte en realidad responsable del sentido de su propia realidad, de su ser. En este acto de voluntad, la persona toma posesión de sí misma para responder de sí misma pero no solo ante sí misma. En este punto reside su victoria o su tragedia para poder acabar “siendo lo que debe ser” o “siendo lo que no debe ser”.

        Desde que el ser humano se instaló en la racionalidad para ser persona, quiere no solamente ser y obrar, sino que quiere saber “para qué ser” y “para qué obrar”, in-augurando así una experiencia de sentido, de finalidad, y así resulta que desde la razón filosófica emergen entre otras disciplinas la axiología, la teleología, la metafísica…, dándose la mano para bucear en el sentido de la vida, quedando para la teología el sentido de la muerte. No es que la razón filosófica no aborde también este tema, pero parece que tenga escrúpulos racionales para sobrepasar los límites de la razón, que siempre demanda de un modo u otro un principio de causalidad racional o un principio de sospecha sobre toda creencia, y con toda razón porque la propia razón así termina siempre manifestándoselo.

        Esta experiencia de sentido de la muerte, es experiencia de realidad existencial y no de racionalidad al antecederla. Toda experiencia reclama en última instancia la razón que, de razón de ella, o si se prefiere dicho a la inversa; sin experiencia no hay razones. La racionalidad será consecuencia de dicha demanda existencial inconscientemente presentida y demandada en cada acto de su existencia y no en una contingencia final al ser éste un acto trascendental en toda existencia. La muerte contemplada como contingencia pierde su sentido y de paso el de la propia vida.

        La pregunta sobre el sentido es una pregunta sobre el “deber ser”, que nos lleva a una reflexión sobre la libertad y la responsabilidad, no se trata de instintos como algunos muchos tratan de hacernos creer, sino de exigencias axiológicas inscritas en la más profunda realidad humana, realidad que experimenta la realidad del bien y del mal en lo más profundo de su ser y que es la expresión última de su singularidad. No hay actividad humana en la que ambos principios (el bien y el mal) no coexistan. Ellos son los detonantes de la búsqueda racional del sentido de la vida.

       

Vivir para dar sentido a la propia muerte

La última pregunta que deberá dar sentido a todas las penúltimas preguntas es precisamente la del sentido de la muerte. ¿Tiene o no sentido la muerte para que la vida no acabe siendo un absurdo o, mejor dicho, acabe siendo lo que no debe ser?

        Si ya de entrada no es fácil fijar con precisión lo que la muerte es o significa, aspecto que no debería extrañarnos lo más mínimo al ser ésta la que rubrica el sentido de la existencia estando ligada a ella dese su primer instante, mucho menos fácil será encontrarle su sentido.

        Aquí, las razones al igual que en el origen de la vida, zozobran, carecen de argumentos racionales, pero no por ello de argumentos existenciales. Si la naturaleza no humana, sea del tipo que sea, mineral, vegetal o animal, viene dotada de recursos para adaptarse a la propia dinámica natural de y en la que emerge, también la naturaleza humana, la persona, viene dotada en su origen de los recursos supra-racionales, infra-racionales o trans-racionales o como queramos llamarlos, que le facultan a esa apertura trascendente de la vida que le lleva a buscar el sentido de su existencia y que en su ausencia no precisaría de ningún sentido. El sentido es precisamente la respuesta intrínseca y pre-racional al principio de acción que le dota de su dinamismo vital existencial. El ser humano en su origen ya es un ser en busca de su sentido, es un ser llamado, invocado e invitado a ser, y este dinamismo modulará su existencia, no tiene otra posibilidad, es más es su auténtica posibilidad de ser, convirtiéndose en necesidad y para ello está dotado ya en origen.

        Es en este momento en el que esta apertura le sobreviene, le sorprende y le envuelve percibiéndose como ser visitado, concernido y por tanto no aislado en un su “sí mismo” en el que no cree deber nada a nadie más que a sí mismo, es entonces cuando surge otra lógica, la lógica del don, que le faculta para reconocerse como ser donado, como ser deudor de su ser.

        Si la persona es un ser en devenir, si existe como proyecto, como ser que se anticipa constantemente a su futuro, entonces podemos afirmar que toda su praxis existencial deberá estar impregnada por la necesidad de tener presente el sentido de su último acto en cada acto de su existencia. El aquí y él ahora ha de ser consustancial con su acto final.

        Aquí debemos corregir la conocida frase, de que el hombre es un ser para la muerte, por la de que, es un ser para dar sentido a su muerte, pues si como mera naturaleza el ser humano vive la muerte como necesidad, como persona la afronta desde su libertad y la convierte como un deber ineludible, abierto a su libertad.

        El sentido de la muerte debe gozar de una constante presencia en la vida de todo hombre, de toda persona, en todo tiempo, y en virtud de la cual el futuro se hace intencionalmente presente que le hace apto para morir en cualquier momento perdiendo así su carácter inesperado, contingente y fortuito para in-augurar su verdadero sentido de realidad en la realidad de cada instante de su real existencia. No basta considerarla como el evento terminal, su sombra debe proyectarse sobre el entero curso de su existencia, constituyéndose en el remate de un proceso que comenzó con su primer aliento.

        La razón filosófica que busca la ontología del ser acaba encontrándose con la razón ontodológica que le abre el camino para encontrar el sentido de su ser. La razón filosófica constituye un momento importante en dicha búsqueda, pero no puede alcanzar ese momento cumbre, porque una vez descubierto el sentido ya se sitúa por encima de toda sospecha, que le coartaba su progreso.

        Esta presencia nos impone la obligación de tomar constantemente postura ante ella y este tomar postura es mutándola en posibilidad sujeta a la acción de nuestra libertad. Ante ella somos actores activos y no pasivos. Nos confiere la posibilidad de elegir nuestro destino en uno de los dos modos ya citados, en cada acto de nuestra existencia para no pillarnos desprevenidos.

        La muerte misma pierde su temido aguijón de muerte al no perder su sentido en vida.

        Sólo así la razón filosófica puede convertirse en razón profética, en movimiento del ser hacia el ser, en un camino hacia la plenitud del ser en lo que debe ser o de vaciamiento del ser en lo que no debe ser y del cual carecemos no ya de razones sino de lo que es peor, carecemos radicalmente de experiencia posible alguna.

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