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“¡Gracias, por no ser mujer !”

Entre bromas y veras, verdades como puños. AD.

        En los tiempos sinodales en los que se vive, o se pretende vivir dentro de la Iglesia, las noticias “religiosas” resultan ser aún más frecuentes. Originales e interesantes”, aunque no siempre lleguen a serlo por falta de sensibilidad  –a veces dolosa–  en los  ·informadores del ramo o, entre tantas otras  de mayor y más calificada importancia, sin descartar el dato repugnante de las abultadas dosis de bilis  viscosas que generan  otras informaciones, también sinodales, como las relativas a la pederastia y más.

        El contenido de la reflexión que aquí y ahora intitulo “¡Gracias por no ser mujer!”, me la hizo llegar en versión literal su protagonista:

“En una de las reuniones “fraternas” que tuvimos un grupo de seglares  con el señor obispo de la diócesis , y en gesto  de más o menos forzada cercanía, presidiendo la celebración eucarística,  en su homilía pretendió romper con los esquemas de siempre, y decidió improvisar  una larga y fervorosa letanía  de acción de gracias a Dios por los favores recibidos  durante el ejercicio -ministerio pastoral a lo largo y ancho de su vida. Desde los más remotos tiempos seminarísticos, “vocacionales”, apenas si hubo episodio o detalle que le quedara inédito  en su particular acción de gracias, –Eucaristía–, con inclusión del nombre  de sus padres, abuela y maestro, hasta que el Espíritu Santo tuvo a bien  elegirlo, precisamente a él, como obispo.

Como a mí me enseñaron que la palabra “homilía”, más que con “sermón”, hay que hacerla rimar con “charla familiar y amistosa”,  me pareció plenamente correcto y hasta litúrgico, al terminar su letanía,  decirle en público que  completara  la devota   acción de gracias, –la suya  y la  de sus hermanos en el episcopado–, con el agradecimiento a Dios  por ser hombre y no mujer. “Si usted hubiera sido una de las “nuestras”, es decir, mujer, que no varón, no sería ni sacerdote ni obispo”.

“¿Que si le pareció mal mi sugerencia personal? Pues yo creo que no. Es posible que les pareciera peor a los participantes –sacerdotes y aún laicos y laicas- en la celebración eucarística. Se limitó a decirme con sencillez y humildad que “todo se andará”, y que todos y todas recemos por que el camino a recorrer  no resulte demasiadamente incómodo, con consideración y “respeto” al trazado  y reconocido en la Iglesia  como propio y específico del “devoto sexo femenino”.

        Sí, “¡Gracias por no ser mujer…!”

        Es parte de la letanía y de la praxis, de cuya programación, teología y pastoral está necesitada la Iglesia no solo para serlo de verdad, sino también, y de manera eficaz, para tener asegurada  su pervivencia sobre la faz de la tierra, como redentora respuesta  de salvación  y de vida para cristianos y aspirantes a serlo, entre los que las desesperanzas son tantas y notorias.

        Mi informadora, de nombre Mercedes, me adelantó que, en otra ocasión, le pidió al mismo obispo que tuviera a bien dejar en la sacristía, o en el palacio episcopal, el anillo, cuando celebre la santa misa porque, como joya, reluce tanto y llama la atención  al elevar la Sagrada Forma para ser adorada por los fieles, a quienes los distrae y  les” hace perder comba” litúrgica, además de religiosa. (El PAN se parte y reparte, pero no el ORO del anillo

        Sería de lamentar que la petición de inscribir en la letanía de acción de gracias a Dios por parte del obispo, la referente a la situación de mujer en la Iglesia  ni tuviera ni tenga cabida, imperando  el machismo revestido de ornamentos que se dicen “sagrados”, pero que rezuman paganerías por todos sus  poros, avalados además y ofensivamente “en el nombre de Dios”.

        El protocolo, es decir, la liturgia social, llega a ser mucho más santa, que la tomada al pie de la letra de los cánones, con sus respectivas, rutinarias, rituales y decretadas “bendiciones apostólicas”. Así lo testifica también “la fémina desobediente y contumaz” abulense cuyo nombre es Teresa, con sus apellidos Sánchez de Cepeda y Dávila.

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