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El concilio de Trento en un cambio de época (1/2)

No se trata de hacer una historia rigurosa. Y menos, de un comentario teológico. Buscamos en la evocación histórica, uniendo hechos y personas reales con reanimación literaria, una iluminación de la situavión actual. A Trento, concilio más largo y complejo que Nicea, le vamos a dedicar sólo dos pinceladas.

I.- La Iglesia anclada en plena  Edad Media

Corría el año 1545. Diego Hurtado de Mendoza, Embajador de  Carlos I en Venecia, atravesaba Sierra Morena por el Muradal buscando el camino más corto para llegar a Toledo en los últimos días de Noviembre. Llevaba ya tres semanas de viaje, cruzando el sureste  peninsular desde Cartagena pasando por Granada donde se detuvo unos días con su familia.

El Emperador, a la sazón residente en Toledo, le había hecho llamar para asignarle plenos poderes ante el Papa. Carlos I conocía muy bien la historia de Constantino y Nicea. Un Concilio podría reunificar una Iglesia amenazada  por la reforma de Calvino, Lutero y Enrique VIII. En Nicea el Emperador y la Iglesia consiguieron la desaparición casi total del arrianismo. Invitando ahora a los representantes de las distintas facciones cristianas a dialogar, se podría lograr una vez más una Iglesia unida y un imperio fuerte para arremeter contra  el peligro sarraceno.

Desde años atrás se esperaba la convocatoria definitiva de un concilio que  por la indecisión de Paulo III se  había pospuesto ya dos veces en Mantua y Vicenza.

Carlos había sido coronado Emperador del Sacro Imperio Romano por el Papa Clemente VII  viendo renacer así el viejo concepto de que el poder real tiene un origen divino. A la Iglesia le correspondía señalar sobre quien debería recaer esa voluntad sobrenatural. La autoridad del Emperador sobre los fieles era inmensa. Los monarcas ejercían varias facultades atribuidas a la Iglesia en el gobierno de los fieles. El nombramiento de Obispos adeptos quedaba en sus manos.  Las disposiciones emanadas del Papa, de las Nunciaturas y de los Concilios debían obtener el Pase Regio antes de ser publicados en España y sus dominios. Si eran perjudiciales para el Estado se aplicaba el derecho de retención y se impedía su difusión.

El Embajador Hurtado de Mendoza con  su séquito se dirigió a la Venta del Viso en la vertiente norte de la sierra donde se encontraría con los ejércitos de Córdoba y Sevilla que luego embarcarían con él hacia Italia. Carlos I tenía serios conflictos políticos y militares creados por la codicia del Papa y de  su hijo Pedro Luis Farnesio. También tendría que hacerse presente en el Concilio que se reuniría por fin en Trento a principios de diciembre.

— Que se detengan los recién llegados y declaren quienes son. Por orden del Rey debemos saber quién se mueve por estas tierras desamparadas de la sierra y así detener a todos los que no sean gente de paz—, exclamó el posadero desde dentro de la posada.

—Mis saludos a ti y a todos lo que se hallan contigo. Somos gente de paz y venimos por orden del Emperador Carlos I.

—Esperábamos a su señoría. Hay aquí dos oficiales de los ejércitos del Rey, también de paso. Ellos nos anunciaron la llegada de vuestras mercedes. Descansen y encontrarán la cena servida. Después de la cena nos reuniremos con los demás comensales que se sentirán agradecidos con los que ustedes nos cuenten. Por estas tierras solitarias de la sierra no tenemos otro esparcimiento que oír a los viajeros de bien que pasan por aquí.

El posadero inició la sobremesa introduciendo a los presentes: Además del Embajador y los capitanes Don Álvaro Medina y  Don Luis Menadas se encontraban allí Fray Policarpo de la Virgen Santa, Fray Apolonio de la Pasión, el Cura del Viso, el licenciado Peláez, el cuidador de los ganados del Conde de Aguares y algunos otros comensales.

Después de una cena frugal se sentaron todos junto al fuego y el posadero, comentó:

—Sabemos que los recién llegados son  gente de paz pero no entendemos que el Rey les mande a Roma con un ejército. Aquí entendemos que a Roma sólo van los buenos cristianos, reyes, oficiales, soldados o terrenales, como nosotros,  para hacer penitencia por sus pecados y para que el Papa les perdone.

—Siento que no nos vamos a entender fácilmente —respondió Don Diego— desde aquí en plena Sierra Morena, rodeados de peligros y donde no hay más seguridad que los ejércitos del Rey, el poder de Dios y de la Iglesia y el consuelo de los santos monjes que nos encontramos en el camino: ustedes ven la realidad desde ese punto de vista. Esta es una parcela reducida de la realidad.  Ustedes han ido construyendo sus defensas ante los peligros,  con sus creencias y su fe. Dios nos libre de intentar  destruir esa fe.

El capitán Álvaro Medina intervino:

—Yo añadiría a las sabias palabra de mi señor Don Diego  que cada uno siga viviendo en su mundo. Para muchos de vosotros  no hay más realidad que la del  mundo en que viven. ¿Es esa realidad con su Iglesia, su Dios y sus santos lo que les hace felices y les salva? Sigan viviendo en ella. Pero será bueno que sepan que hay otros mundos. Más allá de los mares hemos descubierto nuevos mundos.  Nosotros vivimos en el mundo del Emperador que debe defender los intereses de España por otras partes, y quizás también por donde anda el Papa.

El Cura del Viso no se pudo contener:

—No, mi capitán; ustedes les están dando la razón a los herejes: eso es lo que ellos quieren, su propio papa, su propia iglesia, sus creencias, un dios a su manera. El que se haga con más adeptos es el que gana.

Fray Policarpo añadió:

—Preferimos ser ignorantes, pobres y sumisos con nuestro Dios y nuestra Iglesia. Ser ilustrados, ricos y fuertes en la nueva sociedad que se ha inventado el Erasmo ese de Róterdam, que es vuestro nuevo evangelio, no nos interesa.

—Hay otra forma de verlo —propuso el Embajador— seguro que habréis leído ese librillo que divierte tanto a la gente porque es partirse de risa. Pues no señor, el Lazarillo de Tormes es un libro muy serio que nos dice en cada página cómo somos todos nosotros. Es el libro que mejor describe la sociedad actual. Es verdad que está fundado en el mejor humanismo de Erasmo y con ello comienza a nacer una nueva época. La sociedad del pasado nos pone como intocable todo lo que nos rodea, Las cosas son solo así. Todos somos algo de Lazarillos: vemos al mismo Emperador, al mismo Papa, a la misma Iglesia, al mismo cura,  al mismo Dios, pero cada uno lo ve de forma distinta. O sea que cada uno está metido en una realidad social distinta.  El Lazarillo salta de unas manos a otras.  Como él dice, ‘escapé del trueno y di en el relámpago’, escapó del ciego cruel y dio con el clérigo avaro. El autor anónimo del Lazarillo describe en detalle la sociedad de los siglos pasados y nos invita a salir de ella ya que sus valores sociales son intolerables: esa sociedad se nutría de nuestra ignorancia.

—Quiero decir algo: —interpuso el Licenciado Peláez— las palabras del señor Embajador me parecen exactas y adecuadas. Vivimos anclados en el pasado y una reforma hacía falta. Si nos concentrarnos ahora en la lucha contra la reforma ya iniciada,  dejaríamos el problema de fondo sin resolver. Llamamos justicia a una injusta repartición de la riqueza, adoramos al rico y despreciamos al pobre. El poder da seguridad y bienestar. El que no tiene poder es un ser despreciable. Se le ve como un retraso mental y moral. Por otra parte el clero y la jerarquía niegan los valores del Evangelio con su codicia y su desprecio de la dignidad humana.  El individuo, si quiere sobrevivir, tiene que luchar contra lo imposible, robar, matar  y adaptarse a la corrupción que le rodea. No te dejan pensar por ti mismo. Tienes que pensar desde fuera de ti mismo como te mandan los poderes sociales y la Iglesia. Así el potencial del individuo para el progreso queda anulado. La Iglesia mantiene toda la verdad y todo el poder.

Fray Apolonio se revolvió contra todo aquello:

—Hablábamos del pecado de los individuos que no era pecado de la Iglesia. Él seguiría creyendo en la santidad de la Iglesia, de la jerarquía y del papado.

El Licenciado respondió que el pecado era un invento innecesario, la cortina de humo que no dejaba ver los males profundos de la Iglesia y de la sociedad.

El Embajador intervino:

—Gracias por vuestras apreciaciones. Mi tarea en el Concilio va a ser así más fácil. Voy a representar al Emperador pero intentaré representar a vuestras mercedes, al pueblo que no puede llegar allí. El Concilio de Trento debe recoger lo más puro del erasmismo y conseguir que la Iglesia lo lleve por todas partes para confirmar el cambio a la nueva época que se avecina. Sería recuperar la doctrina del Evangelio, ese reino de justicia, de respeto a la persona, de igualdad entre todos, que Jesús de Nazaret llamaba el Reino de Dios y que está ya en medio de nosotros.

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