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El gen de la libertad

Este artículo de Mariano tiene dos características que lo hacen especial y por eso merece ser conocido antes del próximo lunes que es el día reservado a los suyos. Por una parte, es prolongación de otro anterior de Antonio Llaguno, Un poquito de ciencia experimental. Confirma así mi convicción de que ATRIO puede seguir siendo lugar de encuentro y diálogo. Por otra parte, me compromete más a expresar aquí también mi testimonio sobre cómo la experiencia espiritual es capaz de ponerme en contacto con el Ser, cocreando con Él sentido y realidad, a pesar de ser tan pobre de ser por mí mismo. AD.

Y la insuficiencia del experimento

  1. Prólogo y exposición

Esta reflexión, surge de la lectura del artículo recientemente aparecido en Atrio bajo el título: “Un poquito de física experimental”, muy bien expuesto por Antonio Llaguno, con quien sintonizo tanto en su forma de pensar como de expresar lo que piensa. Ahora soy yo quien le toma la palabra para aportar mi visión personal, también con mis limitaciones, al tema que nos presenta.

Tomo su propuesta como punto de partida para ir más allá del horizonte “experimental”, allí donde el conocimiento precisa ser confirmado.

A mi modo de ver —que no es solo modo de entender, sino de ser— el artículo se sostiene sobre un paradigma hoy agotado: el que supone que todo lo real puede observarse, medirse y comprenderse mediante instrumentos que forman parte del mismo nivel óntico y ontológico que la realidad observada.

Aquí no se trata solo de una paradoja epistemológica, sino de una crisis más honda: una crisis ontológica. Porque lo que se llama “realidad” no es un ente autónomo, cerrado sobre sí mismo, que nos espera ahí fuera para ser descubierto y experimentado objetivamente por un observador neutral. No. La realidad emerge con y desde el ser humano que la nombra y la experimenta. Y lo hace desde una dimensión que no puede deducirse ni contenerse en la pura combinatoria de los entes biológicos (genes, proteínas…) ni de los entes materiales inanimados (moléculas, átomos, electrones…)

De ahí que esta reflexión no busque refutar la ciencia, sino liberarla de una prisión conceptual: la de pensarse autosuficiente, cerrada sobre sus propios medios, incapaz de pensar más allá de lo que puede controlar, contrastar y experimentar. No es cuestión de más datos, sino de otra mirada: una apertura a lo que no se puede cuantificar pero que, sin embargo, funda todo lo que puede ser cuantificado.

He de confesar que me quedo con ganas de expresar todo lo que pienso y siento al respecto. Conforme lo iba escribiendo he tenido que ir suprimiendo gran cantidad de pensamientos que sobrepasarían enormemente lo que en un artículo se debe decir. Por eso lo que el lector apreciará a partir de este punto, está muy esquematizado en forma de “flash”. Además, ya he adelantado de forma implícita que, el paradigma del que parto, trata de eludir todo relativismo y todo determinismo. El Gen de la libertad no los tolera.

En definitiva, lo que intento es:

  • Integrar la palabra como acto creador ontológico antes que interpretativo, y colocar la libertad de la persona en posición de irreductibilidad radical, pero llevada a una dimensión antropológica profunda, existencial y no tecnocrática.
  • Proponer que la realidad no se revela, se funda en el libre decir, lo que me lleva nuevamente a esa dimensión antropológica no objetivable que es la persona, donde cada una es realidad singular, única, concreta e irrepetible, y además es autora de su propio mundo. De su propia realidad.
  • Con todo esto, más que argumentar intento “per-formar” un discurso, un logos, un decir, en forma incipiente de flashes, imágenes y balbuceos, que a su vez inviten a una participación activa del lector en un contexto muy contrario a todo determinismo científico y tecnocrático.

Soy consciente del tono reiterativo empleado, pero no redundante, en un intento de profundización, de perforación, incluso de la misma palabra. También soy consciente de su dificultad interpretativa y del rechazo por incapacidad comprensiva de muchos ante esta forma de expresarme.

He aquí algunos de los flashes, que al querer ser pronunciados se quedan en balbuceos porque ellos limitan con lo inefable, invitando a salir de la rigidez argumentativa de todo método.

 

El mundo que espera la palabra:

Tal vez nunca hubo un mundo ahí fuera. Tal vez lo que llamamos realidad ha estado siempre en suspenso, como un latido aún no pronunciado, como una melodía sin oído que la escuche. Ese mundo carecía del tiempo. Ese límite que nos insinúa la física cuántica en el llamado muro de Planck.

En el mundo cuántico, todo está por ser. Las partículas vibran en múltiples estados, como si esperaran una palabra que las fijara en el espacio-tiempo. El gato de Schrödinger no está ni vivo ni muerto: espera que alguien lo diga.

Así también nosotros. No caminamos sobre un suelo firme, sino sobre un lenguaje que va y se va inventando con cada paso. No vemos un universo dado, sino un vacío pleno de sentido por nacer.

Y cada palabra que decimos con verdad, cada acto que brota de la libertad, no repite el mundo: lo crea. Porque en el principio no estaba la medida, ni la fórmula, ni el dato. En el principio estaba la Palabra.

El ADN como lenguaje de la vida (en clave lingüística)

El ADN no solo codifica la vida: la escribe. Es, en términos estrictamente lingüísticos, un alfabeto bioquímico compuesto por cuatro letras: A (adenina), T (timina), C (citosina) y G (guanina). Estas letras, combinadas de tres en tres (codones), forman unidades de significado que instruyen la construcción de proteínas, las moléculas activas del organismo.

Desde esta perspectiva: Las letras son como el alfabeto. Los codones como palabras. Las proteínas son frases funcionales que “hacen” cosas en el cuerpo. El genoma completo es un libro viviente, único y dinámico.

Pero como todo lenguaje, el ADN no tiene sentido por sí solo. Necesita un lector, un intérprete, un hablante. Es decir, el lenguaje biológico presupone un principio anterior al código: la capacidad de significar, que solo puede venir de una conciencia libre. Libre del determinismo que establece al pronunciarse.

 

Recapitulando, pero reafirmando:

LA PALABRA TRAS EL ADN DE LA VIDA

La biología molecular ha revelado que el ADN no es solo una molécula funcional, sino una escritura codificada: un sistema compuesto por cuatro letras bioquímicas (A, T, C, G), cuya combinación en tríadas forma palabras moleculares llamadas codones. Estas, a su vez, dan lugar a proteínas, que actúan como frases que instruyen y estructuran la vida. La propia reproducción biológica es un logos interminable.

Así, el ADN se comporta como un lenguaje primario de la vida, una gramática orgánica que organiza la complejidad biológica. Pero como todo lenguaje, no se basta a sí mismo. Toda escritura necesita un lector, un sentido, una intención que la pronuncie o la interprete. Y esto no puede surgir de la misma materia que la configura.

Aquí emerge la verdadera ruptura: la palabra está antes que el código. O, mejor dicho, la capacidad de significar está antes que cualquier signo. El ser humano no solo descifra el ADN: se sabe capaz de preguntarse por él, de modificarlo, incluso de narrarlo. Y esa narración no está escrita en los genes, sino en el acto libre de pronunciar sentido.

Si el ADN es el alfabeto de la vida, “la libertad es su gramática profunda”. Su declinación. Porque en el origen no hay solo información: hay formación, hay palabra. No una palabra dicha por otro, sino la Palabra que se dice a sí misma, que funda toda posibilidad de decir, de conocer y de crear. La palabra, antes que sonido es arte.

 

Volvamos al nivel cuántico – la latencia de lo real

En el nivel cuántico, sabemos que las partículas no existen en estados definidos hasta que son medidas: están en superposición de estados, es decir, en posibilidades aún no reales. Lo real no está “ya ahíesperando, sino que acontece al entrar en una relación significativa con el observador (el acto de medida, el verdadero experimento).

Ese acontecimiento no es físico, sino lingüístico. La “medida” es ya una palabra, un acto de significación. Lo real posible se hace realidad en forma de palabra.

 

Saltemos al nivel clásico: físico-material y energético

La materia, la energía, la forma, la estructura… todo lo que llamamos “realidad física” no sería simplemente lo que es, sino lo que puede ser nombrado y significar algo.

No es que la palabra describa lo físico, sino que lo físico se da a la conciencia como palabra, como forma significativa. La energía también “dice algo”, porque no es solo cantidad, sino intensidad con dirección, es decir, gesto, expresión, palabra latente.

 

Demos ahora el gran salto al nivel humano-lingüístico – la palabra fundante.

El ser humano no solo emite sonidos o símbolos, sino que habita el lenguaje como forma de realidad, y al nombrar, crea mundo. Aquí se realiza lo que el mundo cuántico anticipa en clave latente, y el mundo clásico como la experiencia, el experimento en su mayor dimensión, el paso de lo posible a lo real ocurre como acto de palabra que etiqueta a lo experimentado.

Todo esto es, ni más ni menos que, la genuina expresión secular del logos de Jn,1,1: “En el principio era la Palabra (Logos), y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. […] Todo fue hecho por ella, y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.” Es como una ontología renovada, lo que nos sugiere ese texto sapiencial: la palabra no es solo expresión del ser, es el modo de ser.

 

Recapitulemos nuevamente:

El universo cuántico nos ofrece una imagen en la que lo real aún no ha emergido del todo: las partículas no están “ahí” de forma definida, sino en una latencia vibrante de posibilidades. Lo real posible no es todavía forma, pero espera ser pronunciado.

No se trata de que el observador “colapse” el estado con un instrumento. Se trata de que, en un nivel más profundo, la realidad se deja decir. Emerge como palabra, se ofrece como forma que puede ser habitada, comprendida, amada…

Por eso, lo físico no precede a lo lingüístico. Lo energético no precede al sentido. Toda realidad, por más elemental que parezca, no es pura cantidad: es llamada. Y solo en la palabra encuentra su umbral para ser.

En esencia: Nuestra esencia espera ser llamada para responder a esa llamada y nuestra respuesta es el sentido del mundo que construimos.

 

CONCLUSIÓN: El hombre, experimento de lo no-experimentable

El ser humano es el único experimento que puede preguntarse por el sentido del experimento. El único fenómeno que no se reduce a fenómeno. La única realidad que sabe que es, y que, al saberlo, se reconoce como libre.

Aquí aprecio, no solo mi singularidad. También la singularidad de todo ser humano. Singularidad intrínseca a su ser. Singularidad libre que no admite copias. Singularidad que singulariza a toda la realidad. Singularidad de singularidades. Plenitud de plenitudes singulares. Destellos de la Singularidad Absoluta. Singularidad no identificable por palabra alguna, pues ella es la Palabra Absoluta. No una inteligencia de orden superior. Lo Absoluto no es enmarcable en categorías de orden.

Querer demostrar su existencia, más que una utopía es una distopía.

Esta reflexión no propone una metafísica de evasión ni una mística sin tierra. Propone una epistemología encarnada en la libertad creativa del ser humano. Libertada no replicativa. Una ciencia más humilde, no porque sepa menos, sino porque sabe desde otro lugar: el de quien, sabiendo que no puede explicarse del todo, se atreve a vivir y a decir lo inexplicable.

Porque solo lo que no puede ser experimentado del todo merece ser vivido hasta el fondo, no como posesión y si como aceptación a una llamada que espera mi aceptación o rechazo. Esa es la esencia de la libertad.

 

Si alguien desea comentar este artículo, puede dirigirse al autor ( malvarezvalenzuela@telefonica.net )
o a ATRIO (antonio.duato.gn@gmail.com ).

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