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Del Reino del César al Reino del Espíritu

Mariano empieza proponiendo otros títulos posibles para centrar mejor su reflexión. Yo propongo otro más: De individuo de una especie natural a persona Si el conocimiento de un ser vivo se basa en clasificarlo dentro su especie en el variadísimo abanico de la naturaleza, todo el conocimiento a que podrá llegar la razón y la ciencia sobre ese fugaz individuo será inferior al que, con más o menos “claridad y distinción” llegue desde su conocimiento interior a saberse una persona. Un ser con libertad en proceso de autocrearse sin cesar. Ahí estamos, Mariano. AD.

También podría haber titulado esta reflexión como: “Del reino de la necesidad al reino de la libertad” pues ambos títulos tratan de reflejar el mismo itinerario que toda persona en todo tiempo, bien de forma consciente o inconsciente, realiza en el transcurso de su existencia, y que finalmente podría titular también como: “Del reino del Mundo al reino de Dios”.

Este itinerario discurre sobre dos raíles paralelos por necesidad estructural, es decir: por construcción, tal y como se suele decir en geometría, que: “Un triángulo está formado por tres ángulos y tres lados simplemente por construcción”, sin más argumentos necesarios.

Uno de los raíles es patrimonio de la persona y el otro es patrimonio del Creador de la Vida, que la ofrece como “don gratuito”, pero ambos nunca deben separarse para poder encontrase unidos en la estación terminal, final del trayecto, del trayecto de la existencia en la vida y no en la muerte.

Un camino sin fin es como una historia sin fin, ambos no conducen a ninguna parte, dejando de ser camino y dejando de ser historia. Un tiempo sin fin es el agobio del ser. El “ser” del “ser en el tiempo “, que siempre reclamará la muerte, porque lo que lo que anhela no es la infinitud de su indigencia que es como un no vivir eterno y al que considera mucho peor que el morir, desea un tiempo en plenitud.

Este camino presenta una doble dimensión: La personal y la social e histórica, porque la persona, también por necesidad estructural, es decir: “Por Creación, es una realidad relacional ya desde su origen”. Relación que liga su singularidad única, concreta e irrepetible, con todo lo creado, independientemente del tiempo en que exista. Por eso, la historia del ser humano, de todo ser humano, participa de esa doble dimensión que garantiza a toda la creación de un destino universal común de principio a fin.

Esto contrasta con el reino del mundo, el reino de la necesidad, del poder, del César, que sólo circula por un raíl: el de la necesidad, sin otra meta que un final cosmológico, donde los que aún queden en pie, compartirán ese mismo fin.

¿Para qué, entonces, tanta ciencia, tanta técnica, tanta filosofía, tanta metafísica, tanta razón…? ¿Para acabar todos en un colapso cosmológico, o para reiniciar un ciclo sin memoria ni propósito? ¿Acaso creemos que con nuestros propios medios seremos capaces algún día de vencer a la muerte, o de sobrevivir espiritualmente en la memoria de quienes lleguen a ese utópico y absurdo final, a esa irracionalidad?

Todo materialismo y también todo espiritualismo que postulen una meta reservada únicamente a los que lleguen a alcanzarla, no es más que una inconsciente proyección de sí mismos sobre la existencia de otros en otro tiempo. Esta ilusión no solo revela su irracionalidad, sino también una inconsciente negación a morir.

Es evidente que la persona es un ser natural, vinculado en cuerpo y alma a la naturaleza, al mundo, al cosmos. Pero también es evidente que posee una facultad que se sitúa por encima de esa realidad y que opera sobre ella, enfrentándola desde un orden superior: clasificándola, ordenándola, nombrándola. Esta facultad que le libera del dinamismo ciego de la naturaleza, surge de su dimensión espiritual, o si se prefiere, sobrenatural, si es que queremos ser más rigurosos con el lenguaje descriptivo de la realidad.

En la persona se dan la mano dos mundos, dos realidades que conforman una única realidad nueva, indivisible e irrepetible. No se trata de la suma de dos partes, sino de una nueva dimensión. No debería sorprendernos esta singularidad, pues incluso la mera razón científica admite distintas realidades dimensionales que reconfiguran lo que entendemos por “realidad” y que se rigen por propiedades y atributos diversos. (Véase Evolución, inercia de la creación. Por Mariano Álvarez Valenzuela. Atrio 10-12-23)

Si el ser humano fuera solo naturaleza, su muerte no tendría nada de trágico: sería lo más natural. Pero solo un ser con ansias de infinitud, de inmortalidad, de plenitud eterna, puede percibir la muerte como una tragedia. Así, la persona es a la vez esclava y reina de la naturaleza.

He ahí el drama: recorre el camino de su existencia por dos raíles, sin tener el dominio pleno sobre ambos. El destino de la humanidad se juega precisamente en este itinerario, en el que el reino del César se enfrenta al reino del Espíritu; el reino de la necesidad y el poder, frente al reino de la libertad; el reino del mundo, frente al reino de Dios.

Todo esfuerzo humano sólo adquiere pleno sentido cuando se orienta hacia el raíl del Espíritu.

Por uno de los raíles, la persona tiene la misión de sobreponerse al mundo en su tiempo secular, escudriñando las energías que laten en sus entrañas, penetrándolas para dominarlas y ponerlas a su servicio. En esta tarea, su razón y su praxis dan lugar a la ciencia y a la técnica, como instrumentos que deben ir venciendo las fuerzas disgregadoras que conducen a la muerte, ya para beneficio propio en su trayecto existencial.

Por el otro raíl, tiene la misión de ordenar y orientar sus propias fuerzas que operan sobre el mundo, dotándolas de un sentido que le garantice que el final del trayecto sea el esperado, el de la vida y no el de la absurda muerte.

A lo largo de esta praxis que une al ser humano con el mundo, podemos distinguir a grandes rasgos, cuatro etapas.

En la primera, se encuentra totalmente inmerso en la propia naturaleza de forma aún indiferenciada de ella. Su dependencia es total. Está bajo el influjo de sus energías, sus deseos, sus necesidades, y supeditado a lo que ella le brinda o le exige. Es un objeto más dentro del orden natural, aunque ya con un matiz mágico y mitológico que le confiere una singularidad de la que aún no es consciente.

En la segunda, esta singularidad comienza a manifestarse con cierta presión interna, a modo de ascesis, es decir, una praxis interior destinada a liberar sus fuerzas espirituales. En ella nace una incipiente metanoia, un giro interior que despierta progresivamente su autoconciencia, su percepción de diferencia respecto a la naturaleza circundante.

En la tercera, esa metanoia, ese trabajo interior, eclosiona de forma vehemente sobre su realidad exterior de la que ya se percibe por encima y empieza a ejercer su reinado sobre ella a través de su técnica rudimentaria, expresión esta última totalmente incorrecta, pues si lo comparásemos con los descubrimientos actuales tiene mucho más mérito que éstos. Tema digno de una reflexión aparte y que se podría argumentar científica y racionalmente dejando en evidencia a estos últimos en relación a aquellos primigenios sin la más mínima traza de duda.

Estas tres etapas de tipo telúrico acabaron eclosionando en una nueva cosmogonía que ha dado origen a nuestra etapa actual. Si en los inicios de la fase telúrica la cosmovisión del llamado hombre primitivo tenía que dar entrada en su mundo, en su universo personal a unos seres superiores llamados dioses para encontrar sentido a todo lo que le acontecía, en esta última etapa también introduce otros nuevos dioses. La historia se repite en su esencia, pero con distintos collares, con distintos ropajes, con distintos dioses. El “Hombre”, el ser humano por más que lo intenta no puede prescindir de un Tú superior a él, lo precisa, es su único sustento para no caer en el absurdo de la nada.

En esta cuarta y posiblemente penúltima etapa de la existencia, el hombre actual, deslumbrado por lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño gracias a su saber y su hacer, su ciencia y su técnica le llevan a un estado tanto de optimismo como de pesimismo. Por un lado, siente su poder desbordante sobre la naturaleza para dominarla en beneficio propio, pero también siente y cada vez más su poder destructor sobre el medio en el que vive y que se vuelve en contra suya, ya no solamente desde el de la propia naturaleza, también desde el de él mismo al usarlos contra sí mismo, hasta el punto de que su nuevo mundo, acabe también apoderándose de su propio poder.

El mismo hombre que está venciendo a las fuerzas de la evolución tomando el control sobre ellas con su gen mutante de la técnica en un ser “trans” y en “un mundo virtual, empieza a sentir la amenaza de este nuevo ser y de ese nuevo mundo reclamando una moratoria para replantearse la situación de su futuro, no sea que él mismo sea quien provoque su nueva esclavitud.

Nuestra época se caracteriza por la unión de lo racional con lo irracional. La razón necesita la sinrazón para poder realizar su función lógica en su busca de la verdad. La razón en la persona está orientada al sentido de la existencia, por eso participa del sentido de la vida. La razón también duda y gracias a ella (a la duda) razona, diferencia, clasifica, excluye, incluye, elige desecha… Quien crea que la fe no tiene razones le sugiero que lo razone. Sin la duda no haría falta ni la palabra…ni las matemáticas ni….

El mundo actual está situado en el no sentido de la vida y rehúye el reconocimiento del único sentido que podría oponerse a ese sinsentido.

En esta etapa actual, nos deslizamos en unas tinieblas racionalizadas con su anverso y su reverso, empezando a perder la fe en esa nueva razón vacilante, aunque todavía ésta sea incipiente. Por eso todos los procesos sociales, políticos, económicos y de cualquier índole se hacen contradictorios, tensionando la vida social a nivel global.

En esta dinámica vacilante, racionalmente irracional, la fe en la ciencia y la técnica como hijas de la razón y de la sinrazón, están modulando y modelando la deshumanización del hombre, al haber emulado a las fuerzas de la naturaleza, es decir a las razones de la naturaleza, razones en las que no existe la duda, no la precisa, ni siquiera le hacen falta leyes que le digan cómo comportarse, ella y su ley son lo mismo. En esta dinámica estamos intentando conseguir una mutación artificial, acontecimiento universalmente nuevo y único en la historia del universo.

Por otra parte, la tentación a la negación del progreso de la ciencia y la técnica resultaría tan absurda como la fe sin límite en ellas. Olvidamos con demasiada frecuencia nuestra realidad espiritual.

Nada más que por este principio espiritual, el hombre se podrá independizar de la necesidad natural y del poder de la técnica, pero sin despreciarlas, incorporándolas a su propio sentido existencial dotándolas de pleno sentido ya en este presente secular ligado al tiempo, pero con un sentido escatológico de un tiempo en plenitud, muy distinto del tiempo secular infinito y sin estación terminal, trayecto agobiante sin fin que demandará una infinitud de mutaciones.

Es por esto que no será el hombre, ser finito con facultades finitas quien pueda poner el sello al fin de la historia del universo entero, sólo Quien está por encima de todo tiempo es Quien pondrá ese sello.

Entre tanto deberemos orientar nuestra praxis cotidiana para dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, sin olvidar que toda la Creación es obra de Dios.

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