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Reacciones a la Carta al papa León XIV, de Martha Zechmeister
Juan Antonio Vinagre
Gracias por esta carta de Martha al Papa León. También yo la comparto plenamente en el fondo y en la forma. Es bueno y necesario que se escriban cartas así. Gracias, Martha.
Ahora solo añado la misma reflexión de hace unos días en torno a las palabras de Jesús a Pedro: “Yo he rezado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú una vez convertido (al Evangelio del Reino con tu testimonio de vida y con ideas evangélicas muy interiorizadas), fortalece en la fe (en el modo de vivir y de pensar y valorar y de esperar…) a tus hermanos”. Si Pedro no es testimonio de vida evangélica, si compagina tradiciones ostentosas, lujos y machismos con el Evangelio del Reino…, entonces la fe de muchos se debilita.
Por eso, creo que la primera necesidad de la Iglesia de Jesús, dirigida por Pedro -por el Pedro de cada tiempo- es la de convertirse él y las estructuras humanas históricas al espíritu evangélico. Sin ese testimonio personal -incluidas las estructuras y algunas enseñanzas y tradiciones-costumbres humanas- resulta difícil, es prácticamente casi imposible fortalecer la fe. En este caso de poca fe o de fe débil, solo la acción del Espíritu es la que puede hacer que la fe no desaparezca… Insisto, la primera y más urgente necesidad en la Iglesia es -a mi juicio- que ésta y sus dirigentes “servidores” se conviertan al Evangelio y den testimonio de vida. El mejor predicador, quien mejor anuncia el Reino de Dios Padre es el ejemplo de vida, es el testimonio de ideas evangélicas, empezando por el Pedro de cada época. Sin testimonio comprometido y con coherencia evangélica, la Iglesia se convierte en reino de este mundo… Esta es uno de las grandes desviaciones de la Iglesia: Comportarse como reino de este mundo. Si no se predica con el ejemplo de vida -de vida, no solo de ideas-, la Iglesia de la Tradición, que en algunos aspectos importantes ha marginado el Evangelio, no puede fortalecer la fe. Al contrario: la debilita.
En suma, la Iglesia necesita urgentemente convertirse al Evangelio y por ello debe desprenderse de las muchas adherencias de valores de los reinos de este mundo. Este tipo de conversión sinodal es cada vez más urgente. Este tipo de conversión, que exige mucho compromiso personal, acabaría con el carrerismo que tanto daño ha causado en la Iglesia. Los discípulos de Jesús, también los discípulos de nuestro tiempo, no comprendemos bien el Mensaje del Reino. Por eso, tantas “compatibilizaciones” no evangélicas… En este contexto es muy necesario rezar por el papa León, porque su labor de servicio y orientación es muy difícil… (Hay muchos “demonios” dentro -o en el entorno- de la Iglesia, demonios con mucho poder de persuasión y de regalos…)
Mariano Alvarez Valenzuela: La revolución personalista que nadie quiere ver
Una relectura de:” Carta abierta al papa León XIV” de Martha Zechmeister
La reciente intervención de Martha Zechmeister con esta carta en Atrio, puede ser interpretada por muchos como una valiente reivindicación del papel de la mujer en la Iglesia. Pero esta lectura, aunque acertada en su superficie, se quedaría corta si no se profundizase en la raíz antropológica y filosófica de lo que en ella se puede percibir y a través del testimonio personal de su autora. No es solo por lo que dice, sino como lo dice y en qué contexto lo dice.
La propuesta de Martha no es una petición de inclusión, sino una denuncia de una antropología rota y una llamada a una revolución integral del concepto de “persona”, que trasciende los límites de la institución eclesial católica. Aunque bien mirado, este ámbito podría actuar de catalizador de todo orden social, institucional y personal. Así entiendo que la autora señale a esta institución como punto neurálgico para una transformación universal. De nada serviría que se quedase enclaustrada en ella. Todos los que desde fuera se lo reclaman, bien harían también, en reclamárselo a ellos mismos, pero en los términos en los que el artículo (la Carta), lo da a entender.
La persona no es una función matemática, ni una entidad aislada, ni un sujeto que se autoconstruye, sino una realidad encarnada, libre, relacional, vocacional y trascendente. La persona es cuerpo y espíritu, historia y vocación, libertad y don. Esta definición, profundamente anclada en una cristología encarnada, desautoriza cualquier intento de reducir al ser humano a una clasificación taxonómica, a una identidad de género, a una cuota estadística o a un rol social.
La carta de Martha, sin mencionarlo explícitamente, opera desde esta visión: su llamada no es una petición de justicia distributiva o de representación, sino una reivindicación de la dignidad y la verdad de la persona, en su expresión femenina, dentro de la vida de la Iglesia. Su propuesta, por tanto, no se ciñe a una ideología de género. Es, de hecho, su superación. Pero una superación a todos los niveles de expresión humana, no solo la eclesial. Si así fuese, volveríamos a compartimentar la realidad humana desintegrándola de su praxis existencial como persona.
Desde la óptica de la realidad “Persona” ya explicitada, las llamadas “cuotas de igualdad” son un parche externo y tecnocrático a un problema más profundo. Imponer porcentajes de presencia femenina en instituciones eclesiales, políticas, educativas o de cualquier tipo, no resuelve la cuestión fundamental: el reconocimiento de la dignidad de la persona como sujeto de vocación, de comunión y reflejo del don recibido, dándose sin límites. Toda etiqueta priva de libertad.
Las cuotas, en su versión más extendida, suponen que hay un conflicto de intereses entre géneros y que la equidad se alcanza al contabilizar la representación de forma simétrica. Pero esto contradice la visión integral de la propia realidad personal, que no mide la dignidad en porcentajes, sino en fidelidad al ser y a la vocación. La justicia no consiste en que haya 50% de ambos sexos o géneros en una asamblea, sino en que nadie sea excluido de su llamada por razones extrínsecas a su condición de persona. Una democracia que atienda a factores cuantitativos y no cualitativos, acaba amordazando la libertad humana. Deshumaniza. Cualitativamente la dignidad humana es indivisible.
La hermana Martha, al hablar desde su condición de mujer consagrada, no reclama cuotas. Reclama reconocimiento, escucha y presencia según la verdad de su ser. Esta demanda cuestiona tanto al clericalismo eclesiástico como a las ideologías de género que pretenden instrumentalizar el feminismo para otros fines.
Uno de los efectos más profundos de asumir esta propuesta sería la desactivación del paradigma de lucha de sexos que domina tanto el pensamiento feminista radical como el de otras muchas posturas conservadoras. El pensamiento centrado en la persona propone una unidad diferenciada, no una uniformidad ni una oposición. Hombre y mujer no son rivales, sino corresponsables del bien común, y su diferencia es fuente de fecundidad, no de jerarquía.
Este planteamiento transfigura la realidad social en todas sus dimensiones con consecuencias radicales e inimaginables. Defender cuotas como límites es una pobreza espiritual, es renunciar desde un principio al todo, es querer saberse diferente con una etiqueta.
Las identidades sexuales, o des-identidades personales, que se multiplican en un abanico ilimitado no responden a una pluralidad de formas de ser persona, sino a una crisis profunda de la comprensión unificada e integral de lo humano. La hermana Martha, al hablar desde su ser mujer consagrada, está mostrando un camino alternativo: no la imposición de una norma, sino el testimonio de una identidad reconciliada.
Quizá lo más sorprendente sea que esta propuesta no se limite al ámbito eclesial. Si se asumiera plenamente, la transformación de la cultura sería radical. No habría necesidad de cuotas ni de leyes de paridad; no habría luchas de representación simbólica ni guerras culturales en nombre del género. Lo que habría sería un nuevo modelo de presencia, de escucha, de comunidad entre personas, y no entre clases etiquetadas.
Esta es la gran tarea del cristianismo en el siglo XXI: no adaptarse a los lenguajes del mundo, sino ofrecer una antropología verdadera, encarnada, libre, trascendente y comunitaria.
Lo que ha dicho la hermana Martha no es una queja ni una exigencia. Es una profecía. Y, como toda profecía, no se dirige solo a la institución eclesial, sino al corazón mismo de nuestra cultura.
Y es que, como diría Mounier: La revolución no comienza en las estructuras, sino en la conversión del corazón a la verdad de la persona.
