
Si en marzo de 2013, poco antes del cónclave, me hubieran preguntado por el papa que yo soñaba tener, habría esbozado una persona imposible y, sin embargo, mi retrato robot no le llega al papa Francisco ni a la suela de los zapatos, un papa real y al mismo tiempo de ensueño.
Tenemos que pellizcarnos para darnos cuenta de que lo que hemos vivido no ha sido un sueño; en verdad ha existido ese papa que en su última salida del Vaticano, con una salud al borde de la muerte, fue una vez más en Jueves Santo a la cárcel romana de “Regina Caeli” [Reina del Cielo] con la intención de lavar y besar los pies de los presos, aunque esta vez no pudo hacerlo porque le fallaban las fuerzas, pero sí logró conversar con ellos, que lo consideraban “uno de nosotros”. Dice san Juan en la última línea de su evangelio: “Otras muchas cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, me parece que los libros no cabrían en el mundo”. Con espíritu joánico, yo también quiero decir que si escribiéramos todo lo extraordinario que Francisco dijo e hizo, los libros que lo explicaran no cabrían en el mundo. Estos doce años de papado (marzo 2013 – abril 2025), desde el minuto 1 en la plaza de San Pedro (“Recen por este papa”, pidió a la multitud) hasta su última intervención, ante el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, católico converso (“Señor vicepresidente, Estados Unidos debe cambiar su política migratoria”), han sido un don que nadie se imaginaba recibir, tanto católicos como no católicos, porque Francisco no ha sido solo el papa de los católicos: ha sido el papa de todos.
Ya publiqué una nota acerca de él para Prensa Ibero: https://ibero.mx/prensa/opinion-el-papado-de-regreso-al-evangelio.[1] No repetiré lo que ya escribí allí. Querría ahora añadir unas pocas ideas más:
- Tras la muerte por asesinato en El Salvador del arzobispo mártir san Óscar Romero, en marzo de 1980, Ignacio Ellacuría afirmó: “Con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”. Yo deseo decir hoy lo siguiente: “Con el papa Francisco, Dios ha pasado por la humanidad”.
- El papa Francisco no ha querido ser un Jefe de Estado, sino un discípulo de Jesús, y al igual que su Maestro, se ha abajado tanto como le ha sido posible al servicio de la Iglesia, de la humanidad, en particular de los pobres, los que sufren, los inmigrantes, los enfermos, las víctimas de la violencia, inspirándose para todo ello en san Francisco de Asís y en san Ignacio de Loyola, ambos marcados por su deseo de seguir a Jesús.
- Francisco no fue un papa progresista ni conservador; fue un papa cristiano. En él, las etiquetas políticas “progresista” y “conservador” resultan ridículas.
- Era consciente de que su papado iba a ser breve porque había sido elegido ya anciano, con 76 años, y tal vez por ello apretó el acelerador desde el primer día, como en su momento había hecho san Juan XXIII, con quien compartía talante pastoral. Olvidó avisarnos de que nos abrocháramos el cinturón de seguridad. Las sacudidas han sido enormes: fenomenales para muchos; incomprensibles para otros. Igual que Jesús en el Evangelio.
- Pocos años después, consciente de que había un peligro de cisma en la Iglesia (algunos denominados “integristas” amenazaban con dejar la barca de Pedro), el papa moderó la velocidad. Recordó lo que decía san Pablo a los cristianos de Corinto (1Cor 8,8-13): aun cuando sepamos que llevamos razón, nunca hay que escandalizar a los pequeños de la comunidad. Afortunadamente, nadie se ha ido; al contrario, muchos que habían dejado la Iglesia años atrás han regresado.
- El papa clamó contra una Iglesia clerical (solo llevada por el papa, los obispos y los sacerdotes) y anunció la necesidad de una Iglesia sinodal (en la que todos puedan participar) y abierta (a la que los no católicos se sientan invitados). Precisamente por ello abogó por una Iglesia en salida, no encerrada en la sacristía, ni en los despachos clericales, las instituciones con identidad segura, los discursos que solo satisfacen a quien los da. Somos cuando salimos.
- Ahora que ya está sepultado el papa Francisco, podemos hablar de su posible sucesor (“cualquier varón bautizado en la Iglesia Católica”, no lo olvidemos, no solo un cardenal del cónclave). Creo que aspirar a tener una personalidad semejante a Francisco es demasiado soñar (¿lo es?), pero sí podemos esperar que el que venga continúe lo que Francisco inició, que lo haga en todos los sentidos y que lo lleve a cabo de corazón, no representando un papel. Sería una pena desmantelar en los próximos años lo construido por Francisco, mejor dicho, lo que aún estaba en construcción. Y como en cualquier edificio en construcción, no solo hacen falta arquitectos, ni solo técnicos, ni solo proveedores, ni solo albañiles: hacemos falta todos. Nadie está de más en la construcción de la Iglesia y de la humanidad del siglo XXI.
Que el mismo Espíritu que inspiró a los cardenales en el cónclave de marzo de 2013 inspire a los del próximo cónclave de mayo de 2025.
Una última y brevísima oración:
“Gracias, Señor, por el papa Francisco”.
Seguiré, espero.
