
Esta semana José Sols centra sus reflexiones en dos temas diferentes. Uno, de terrible realismo, sobre la criminalidad en México y otro sobre el debatido origen del Universo.
I. El infierno está cerca de casa
Tenemos el infierno cerca de nuestras casas, al menos en México. El pasado 5 de marzo, un grupo del colectivo Guerreros Buscadores Jalisco, tras un aviso anónimo, entró en el rancho Izaguirre y descubrió lo que se ha denominado un “campo de adiestramiento y de exterminio”. Se trata de un terreno que había sido robado por la fuerza a una familia propietaria y posteriormente vallado y cerrado en el municipio de Teuchitlán (Jalisco), a unos 65 kilómetros de Guadalajara.
La fiscalía del estado conocía la existencia de este campo desde septiembre de 2024, pero “no le había dado seguimiento al hallazgo”, lo que no hace sino confirmar las sospechas de complicidad de gobernantes, juristas y fuerzas de seguridad con los narcos, tal como denuncian no pocos analistas políticos mexicanos desde hace años. Probablemente haya otros campos similares a este repartidos por todo el territorio nacional. “Adiestramiento” significa que aquí se formaba a futuros asesinos profesionales al servicio de los narcos (está por ver si voluntariamente o forzados), y “de exterminio” quiere decir que aquí se mataba a personas secuestradas cuyos cuerpos eran quemados en hornos como los de los campos nazis. Julia y yo ya hemos escrito sobre esto en Religión Digital: Obispos y laicos reaccionan con contundencia ante los campos de exterminio en México. Querría ahora dar continuidad a esa reflexión.
Se calcula en más de 125 000 el número de desaparecidos en México, de los cuales la mitad son de los últimos seis años. Además, tenemos 103 homicidios dolosos al día (o sea, 37 600 al año). Si estas cantidades son monstruosas, todavía es peor el hecho de constatar que no hacen más que aumentar, y que el tema no es prioritario para los gobernantes.
Hace año y medio se puso en marcha el Movimiento Nacional por la Paz, promovido por la Compañía de Jesús con el apoyo de la Conferencia Episcopal Mexicana, congregaciones religiosas y buen número de entidades religiosas y civiles. El horror y la corrupción están presentes en todos los sectores de la sociedad mexicana, y por ello el inicio del fin de todo ello tendría que brotar también de todos esos sectores, y no solo de uno de ellos. El grito de “¡Basta ya!” debería recorrer todas las instituciones religiosas, civiles, culturales, sociales, educativas y políticas del país y penetrar en el espíritu de cada mexicano de buena voluntad. Así como Jesús convirtió el agua en vino en las Bodas de Caná, así también hay que convertir el espíritu de victimismo y de lamento conformista en un grito en favor de la justicia, empezando por el microcosmos en el que nos movemos para irnos abriendo poco a poco a la totalidad del territorio nacional.
II. El inicio de todo
¿Cuál es el inicio de todo? Hay dos maneras de tratar de contestar esta pregunta, que se convierten en tres porque la segunda se subdivide en dos. La primera manera es con fe religiosa, y la segunda sin ella; y esta a su vez se subdivide en científica y filosófica.
Con fe religiosa, concretamente con fe en el Dios de Israel y de Jesucristo, que ha recorrido toda la historia de Occidente desde hace dos mil años ―recordemos que la fe del pueblo de Israel tiene cerca de 3 300 años y la fe cristiana cerca de 2 000, y se ha extendido por otros continentes―, podemos afirmar que Dios creó el universo y su energía expansiva, en la que aún estamos inmersos. No decimos solo que Dios creó el universo en el inicio y luego dejó que este se desplegara autónomamente con leyes propias, sino que de algún modo sigue creando y haciéndonos cocreadores a través de nuestra libertad y de nuestra inteligencia.
Sin fe religiosa y con el actual conocimiento científico, podemos afirmar que el universo proviene del denominado “big bang”, esto es, el “huevo cósmico” del que habló el sacerdote científico belga Georges Lemaître (1894-1966), del que muchos científicos se burlaron, hasta que los cálculos acabaron demostrando el acierto de la teoría del P. Lemaître y el ridículo hecho por sus detractores, incapaces de asimilar el hecho de que una de las mayores verdades científicas de nuestra época vinera de un hombre de Dios. Hubo científicos rusos que murieron en los gulags de Siberia por dar la razón a Lemaître, como muy bien explican Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies en su libro súper ventas Dios, la ciencia, las pruebas. El big bang aconteció hace 13.800 millones de años. Científicamente podemos saber incluso lo que pasó en el primer segundo, algo asombroso. Con la ciencia podemos llegar hasta ese primer segundo del big bang, pero no podemos contestar estas preguntas: ¿Qué hacía ahí ese huevo cósmico? ¿Quién lo había puesto ahí? ¿Había surgido de la nada? ¿Procedía de universos previos que no conocemos? Ninguna de estas preguntas tiene respuesta en el marco de la ciencia. El científico que se anime a hacerlo deja de serlo.
Ahora bien, también podemos tratar de contestar esa primera pregunta (“¿Cuál es el inicio de todo?”) sin fe religiosa y al margen de la ciencia. Esto es lo que trata de hacer la filosofía. A diferencia de la ciencia, la filosofía puede hacerse preguntas cuyas respuestas no sean comprobables empíricamente. Se utiliza la razón, pero no la experiencia cuantificable. Sería un error creer que el único conocimiento válido es el científico por el hecho de que sus leyes sean formulables con lenguaje matemático. El conocimiento humano es vasto y diverso, y solo una de sus formas es el conocimiento científico, que sirve para un tipo de preguntas, pero no para todas, desgraciadamente no para las más importantes. Hay otros tipos de conocimiento que permiten abordar otras preguntas.
En filosofía es razonable afirmar que así como un reloj requiere un relojero, el universo requiere una inteligencia creadora superior a él, más razonable que afirmar que de la nada pueda surgir algo, peor aún, todo. Claro que entonces nos preguntaríamos de dónde procede esa inteligencia creadora: qué había antes de ella. El problema reside en que con el big bang se inició la materia, el tiempo y el espacio. Nosotros, seres humanos, pensamos en categorías espaciotemporales (como bien afirmó Immanuel Kant): ese es nuestro modo de conocer; y nos cuesta entender qué hubo “antes del tiempo”, una expresión en realidad imposible porque “antes” es un adverbio temporal, que solo tiene sentido “en el tiempo”, pero no “antes de él”; “antes” también puede ser un adverbio de lugar, y ocurre lo mismo: solo tiene sentido “en el espacio”, pero no “antes de él”.
Estamos ante tres tipos de conocimiento: el religioso (“Dios lo creó todo”), el científico (“el universo procede del big bang”) y el filosófico (“es razonable afirmar que hubiera una inteligencia creadora del universo”). Demasiadas veces uno ha intentado devorar a los otros dos. Lo afirmamos aquí con convicción: la respuesta a la pregunta saldrá del diálogo entre los tres modos de conocimiento.
Seguiré, espero.
