
En ATRIO ha estado presente Darwin y se ha vuelto a hablar de cómo puede quitar la fe en un Dios Creador. El autor de este artículo fue ceducado en el más estricto ateísmo. Y fue una conferencia sobre Darwin y la Evolución la que, según él, a los 14 años, por pura lógica, le hizo deísta (saber que hubo una Inteligencia exterior al Universo en el principio de todo). Solo 44 años después (noviembre de 1986) supo que Dios estaba presente en lo más interior de su ser espiritual o alma. Por eso creo que interesará conocer lo que pensaba de Darwin, al final de su última obra conocida. Se puede leer solo las frases en negrita o leerlo reposadamnte, siguiendo la prosa ágil y, a veces humorística, del autor. AD.
Alexander Grothendieck (1928-2014), al final de su obra La Llave de los Sueños o Diálogo con el Buen Dios (1987-1988), incluye una segunda parte que titula NOTAS y que ocupan dos terceras partes del total de páginas. No sé por qué esta parte se ha omitido (espero que temporalmente, como dice el editor (Éditions du Sandre) en la publicación oficial del libro en francés. En esta parte de Nota,s más de la mitad de las páginas está reservada a tratar de las persona que, sugún él, más han contribuido al cambio de paradigmas mentales. AG los llama Los Mutantes. Y analiza cómo esos cambios (metanoias o metamorfosis) no han sido solo a nivel de conocimientos científicos o religiosos sino que han ransformado también a las personas que los expresaron pues incluían también una maduración espiritual. Los últimos capítulos de su obra los dedica a Darwin y Freud, los dos “mutantes” mayores en la manera como el homo actual entiende la naturalez y su interior como persona. Aquí, hoy en ATRIO, el número íntegro que Grothendieck dedica a la aportación de Darwin. Como el texto es largo, resaltamos los párrafos que resumen lo principal.
139. Darwin – o la Aventura de la especie
(24-25 de enero y 19-20 de marzo 1988)[1]
Si he incluido a Darwin entre “mis mutantes”, es a causa de la profunda influencia que su teoría de la Evolución ha ejercido sobre la historia del pensamiento, y más particularmente, sobre la concepción que el hombre se hace de sí mismo, de su historia y de su lugar en el reino de lo vivo. Seguramente hay pocos hombres, en el curso de nuestra historia, que hayan ejercido una influencia de alcance comparable. En los tiempos modernos apenas veo a Freud (cuya influencia me parece más profunda y aún más crucial). Es verdad que desde el punto de vista espiritual que aquí es el mío, ese papel excepcional de Darwin no implica necesariamente que esté justificado ver en él un “mutante”. No obstante, después de que me decidiera (un poco “al azar”, como con Hahnemann, en un momento en que todavía no sabía casi nada de él) a incluirlo en mi lista de mutantes, me he procurado algunos libros suyos y sobre él, y he tenido así ocasión de conocer un poco mejor su obra y su persona. Quisiera ahora intentar situarlas brevemente.
Por supuesto que estoy interesado en situar su obra no en una óptica “científica” en el sentido estrecho del término (lo que además se escaparía a mi competencia), sino en una óptica “filosófica”. Lo que aquí me interesa no es cierto saber más o menos técnico y especializado de un naturalista, además de geólogo y paleontólogo, sino más bien una visión del Mundo y del hombre en el Mundo – una visión que nos concierne a todos, y (en principio al menos) accesible a todos. En esa óptica, creo que la principal aportación de Darwin es haber hecho de la Evolución de las especies vivas en general, y de la especie humana en particular, una realidad ya irrecusable. Desde hace más de un siglo, esa realidad forma parte del “bagaje cultural” de toda persona por poco cultivada que sea. Y sobre todo, está presente, se quiera o no, en toda reflexión sobre el devenir humano a largo plazo, se trate de un pasado que se pierde infinitamente lejano en la noche de los tiempos, o de los destinos que nos aguardan (¡salvo contratiempos!) y que nos llaman, en un futuro no menos ahogado en brumas.
Al pensar en Darwin y la Evolución, enseguida se piensa en el Árbol de la Evolución (también llamado “árbol filogenético”) – ese “Árbol” gigantesco formado por todas las especies vegetales y animales presentes y pasadas, surgidas unas de otras a partir de un mismo tronco común que representa innumerables generaciones de especies originales de seres unicelulares; un Árbol en el que nuestra frágil y altiva especie es una de las últimas ramitas en una proliferación exuberante de tallos, ramas, ramitas y yemas que han brotado una a una y han crecido y se han ramificado hasta el infinito a lo largo de milares de millares de miles de años. Esa poderosa imagen mental del Árbol nos da además una llamativa perspectiva de la unidad esencial detrás de todas las formas de vida conocidas sobre la tierra, y del incesante proceso creativo de crecimiento y de transformación que actúa en esa unidad infinitamente diversa, prodigiosamente rica de lo vivo. Y el que, más allá de un “bagaje cultural” muy cerebral, haya visto y sentido plenamente esa inimaginable unidad y sin embargo ahora bien tangible, irrecusablemente real; el que comprenda que nuestra especie tal y como hoy la conocemos (y en un momento bien malo…) es, como cualquier otra en la proliferación de las innumerables especies vivas, el resultado de un larguísimo camino evolucionista, que ha proseguido durante miles de millones de años a través de un número prodigioso de momentos creativos (o “mutaciones”), a partir de la especie original más primitiva de todas, cuyos individuos, en vez de ser hombres y mujeres, se reducen cada uno a una sola célula viva (como un primer esbozo del Hombre que ya se perfilaba en el horizonte de los tiempos todavía infinitamente lejanos…) – en ése los ojos están preparados para abrirse también a la consecuencia lógica, para los tiempos aún no consumados, de esa visión de un pasado vertiginoso. Pues todo presente está llamado a ser pasado y ocupar su lugar como una etapa en los mismos procesos del devenir que podemos observar y contemplar en la historia pasada. La Evolución que vemos realizarse a lo largo de duraciones que confunden a la imaginación, de tanto que superan a la escala humana – ¡ese proceso creativo inmemorial no se ha detenido ni ayer ni hoy, como por encantamiento!
Incluso en este momento en que escribo estas líneas, y mientras en esta tierra germinen y crezcan los musgos y las briznas de hierba y los matorrales y los árboles y se apareen y proliferen las bestias de la tierra y de las aguas y de los aires, el Árbol de la Vida crece y brota y se despliega bajo el impulso de una misma savia que sube desde los oscuros trasfondos de la eternidad. Si hay una fuerza que actúa en el mundo de lo vivo y que con razón podemos esperar que continúa y continuará actuando para siempre jamás (mientras que pueblos e imperios y religiones y continentes y las mismas especies pasan como pasa la arena bajo el viento…), ésa es la Fuerza que obra en la Evolución, es esa poderosa subida de la Savia que no ha cesado de actuar y de crear, desde el día infinitamente lejano en que la vida tímidamente se puso a germinar en el fondo de las aguas, en un planeta desnudo. Y si de una célula primitiva, de bagaje genético de lo más tosco, y a través de miríadas de formas diversas se ha ido esbozando gradualmente y se ha formado laboriosamente el hombre tal y como ahora lo conocemos (para lo mejor y para lo peor…), ¿en qué pues nosotros, hombres de hoy, suspendidos entre dos eternidades, en este ínfimo instante arrastrado por la incesante corriente del devenir que nos lleva hacia delante – en qué estamos llamados a nuestra vez a transformarnos?
Esta visión de la Evolución, de ese Árbol de la Vida que, abrazando toda la multitud de especies, crece y brota y se despliega desde los orígenes del Mundo Vivo y que en este mismo momento sigue creciendo y brotando en una ascensión sin fin cuyas leyes y fines se nos escapan – esta visión es la única que me importa. ¡Una visión tan simple que un niño puede comprenderla! (Y la comprenderá y hará suya mejor y con más plenitud, seguramente, que la mayoría de los adultos de este tiempo de tinieblas…) Poco importan, en el fondo, los detalles que rellenen el cuadro. Yo mismo sería incapaz de nombrar algunas de las principales etapas en el sinuoso camino de rama en rama, que lleva desde el tronco común hasta nosotros: tales esponjas o tales corales o quizás tales peces, o tal línea de mamíferos… Aún no he tenido la curiosidad, lo reconozco, de ir a buscar una obra d ereferencia para informarme de el estado del arte en este tema.
En los tiempos de Darwin, además, sólo se conocían pequeñas partes del Árbol, y seguramente estaban bien lejos de poder asegurar que realmente era un sólo Árbol, y no todo un Bosque – que sólo hay un tronco, y no dos, ¡o cien! Pero al menos, con la publicación de “El Origen de las Especies” en 1859 (cuatro años después de las “Hojas de Hierba” de Whitman…), el saque inicial estaba hecho: la Evolución era una realidad visible y tangible, presentada con un lujo de detalles impresionante. Por la lógica interna de la investigación, una vez vistas las ramas y ciertas ramificaciones que las relacionan, no podían dejar de remontarse poco a poco hasta el tronco y, con el tiempo, de desentrañar una imagen de conjunto más o menos grosera o más o menos detallada de todo el Árbol de la Vida[2].
Los mecanismos que Darwin puso en evidencia (los de “selección natural” y de “selección sexual” especialmente), que entran en juego en la formación de especies nuevas a partir de especies antiguas, por interesantes e importantes que le parezcan al sabio naturalista, me parecen relativamente secundarios desde una óptica filosófica. Conforme al espíritu de su tiempo, y como reacción contra el secular dominio de un pensamiento religioso tiránico y mezquino, el espejismo que obsesionó a Darwin y a la mayoría de los sabios de su tiempo (e incluso de hoy, con ayuda de la inercia humana…) fue tener una “explicación” totalmente “mecanicista” de todos los fenómenos observables, incluyendo el proceso de la Evolución. A la manera, un poco, del funcionamiento de un reloj, mediante engranajes; sólo que un poco más delicado, pues estaba claro que las “leyes del azar” tendrían tanta voz en el capítulo como las leyes matemáticas, físico-químicas, fisiológicas, incluso psicológicas. En el siglo pasado, y en menor medida aún en nuestro siglo, ese “espejismo” (como acabo de llamarlo) fue “fecundo” (como también fue fecunda, en su tiempo, la igualmente imposible búsqueda de la famosa “piedra filosofal” que convertiría el plomo en oro…): condujo a los sabios a poner en evidencia mecanismos y a estudiarlos de cerca, allí donde podían, incluyendo las ciencias de la vida; mecanismos que seguramente era necesario que descubriéramos algún día, aunque sólo fuera para hacernos una idea realista, algún día, de hasta dónde llega exactamente el dominio de “la mecánica” (incluyendo el del azar), y dónde se sitúa exactamente el punto (si verdaderamente se puede situarlo) donde entra en el cuadro una Inteligencia y una Intención creadoras…
Que sin embargo, bajo la forma simplista del credo mecanicista, es realmente un espejismo lo que se perseguía, y que había que estar ciego (si no loco de atar…) para creerlo, o para simular que se lo creía (pues no hay nadie que se lo pueda creer “verdaderamente ”…), es una mera cuestión de buen sentido (o de sano instinto) filosófico. Por supuesto ni Darwin ni nadie en su sano juicio pretendería, viendo (digamos) un pintor que pinta un cuadro[3], que eso sólo es un juego puramente fortuito de mecanismos anatómicos y fisiológicos y (por el lado de la tela y el pincel) físicos y mecánicos, desplegándose al azar, o el resultado estocástico de un torbellino de átomos y electrones; que sería pues un proceso sin relación con un propósito, con una intención que estuvieran presentes en el pintor y que actuarían, en todo momento, para traducirse en su obra a medida que ésta progresa y que el mismo propósito evoluciona y madura. Los medios materiales, como la tela, los pinceles, los tubos de pintura… o los huesos, los tendones, las células nerviosas…, así como los “mecanismos” en que esos “medios” se insertan y las “leyes” que los rigen, aparecen aquí como subordinados, como instrumentos del propósito creativo que actúa ante nuestros ojos. Y si los cuadros (¡y hasta los peores bodrios!) que adornan nuestros apartamentos o las paredes de nuestros museos pasan por ser creaciones, sería difícil rehusar esa cualidad al prodigioso Retablo Viviente que es el florecimiento y la evolución de la vida sobre nuestra tierra, a partir de su estado inicial amorfo de planeta hirviente y desierto (como una tela virgen esperando el pincel del Maestro…); una Obra magistral en verdad, la Obra de las obras, de la que esas obras maestras y toda obra humana no son, después de todo, más que ¡ínfimas y esporádicas manifestaciones marginales[4]!
No más que en los detalles sobre la topografía del Árbol de la Vida, o sobre ciertos mecanismos ecológicos o moleculares que actúan en el brote y el desarrollo de sus nuevas ramas, no estoy particularmente interesado, en esta visión de la Evolución a la que el nombre de Darwin estará siempre ligado, en aclarar la parte que él mismo aportó, y lo que en su tiempo ya estaba más o menos “en el aire”, antes de la publicación de el “Origen de las Especies”[5]. Lo que es seguro es que en el momento en que aparece esa síntesis magistral, los tiempos estaban maduros, en el mundo científico y en un gran público de “gente ilustrada”, para recibirla con los brazos abiertos.
Había entonces, en el mundo intelectual, una gran fermentación de los espíritus alrededor de la idea de transformación. Desde hacía un siglo, ya se estaba descubriendo que nuestro buen y viejo Universo, y a cualquier nivel que se mirase, muy lejos de ser inmutable como se había creído desde siempre, por el contrario se transformaba sin parar. Todo lo que nuestros inveterados hábitos de pensamiento, y la irrisoria duración de una vida humana, nos habían presentado como fijo y sólido como la roca, de repente se ponía a moverse y a fluir, ¡cual un Río inasequible sin principio ni fin! Sobre la tierra firme y dura que habitamos, las montañas nacen, se levantan y se disgregan o se hunden para desaparecer en el mar; el mar se extiende, se ahonda, después se retrae y se seca para dar paso al desierto, conquistado a su vez por la sabana, seguida por bosques que parecen eternos como las montañas de antes. Éstos desaparecen a su vez, pulidos por los glaciares o sumergidos por las olas. Lo mismo a escala cósmica. Kant (1724-1804) enseñaba que el Universo entero había nacido y se transformaba bajo la acción de fuerzas físicas y leyes inmutables (menos mal…) que deberíamos poder descubrir y formular. La historia mostraba el espectáculo del nacimiento, al auge, el declive y la muerte de lenguas, creencias y culturas, de pueblos e imperios. Desde Buffon (1707-1788), en fin, la historia natural sugería (sin atreverse a decirlo demasiado claro…) que las especies vivas también evolucionan y se transforman unas en otras, según mecanismos que permanecían misteriosos y que podíamos esperar poner en claro. Y cuando se habla de “especies”, no puede dejarse de pensar en esa especie algo distinta de las demás que es la nuestra; y la Iglesia de alarmarse y mucha gente honrada de alborotarse, en nombre de las santas Escrituras, de la Religión y de la Moral…
Sí, el “Origen de las Especies” llegaba en buen momento. “Todo el mundo” sabía ya que Darwin (que entonces tenía 50 años y había tenido tiempo de dar qué hablar) tramaba algo importante. El 24 de noviembre de 1859 se publicaron 1250 ejemplares, ¡y se vendieron el mismo día! Estamos lejos, decididamente, de la acogida glacial, incluso ofendida, que tuvieron las “Hojas de Hierba” de Whitman cuatro años antes, de los que apenas se vendieron cien ejemplares en X años. Y algo muy parecido con “Hacia la Democracia” de Edward Carpenter, quince años después del gran happening del Origen de las Especies. No, no a todos se les concede nadar contra la gran corriente, ni ser frágiles yemas de las que brotará la rama de mañana…
Sin querer minimizar la originalidad y la poderosa visión de Darwin (o también, lo que con razón se llamaría su “genio”), no se puede sin embargo dejar de constatar que su obra y su misión consistieron mucho más en dar una expresión magistral a lo que, ya en su tiempo, fermentaba en los espíritus y requería expresión, que en lanzarse muy por delante, como pionero solitario, e intentar mal que bien después llevar a sus pesados y reticentes congéneres a esas nuevas tierras que fue el primero en pisar. En eso, me parece, Darwin se aparta claramente de los otros hombres en mi lista de “mutantes”[6]. Ciertamente, no faltaron feroces adversarios de sus teorías, y mucho tiempo después de su muerte los combates hacían furor. Pero incluso esos combates eran para él un signo de que su obra había dado en el blanco, una prueba aplastante de éxito y notoriedad. Rara vez una obra capital en nuestra historia fue recibida con tal ardor (en “pro” y en “contra”), rara vez un sabio recibió de sus contemporáneos un estímulo tan exaltado. Quién de nosotros, soñando una “grandeza” de la que nuestra propia vida nos parece a menudo tan desesperadamente desprovista, no soñaría cambiar su mediocre existencia por la gran, la magnífica y embriagadora aventura de un Darwin, ¡aclamado en vida como el gran Prometeo de su tiempo!
Es cierto que esos no son los efluvios que rodean la aventura espiritual, bien al contrario. Esa aventura es pesada de llevar. Nadie, por así decir, es candidato para asumirla. Si la aventura de Darwin tiene sin embargo una dimensión espiritual, es (creo) a nivel del devenir de toda nuestra especie, como un destacado episodio en un camino colectivo, y no a nivel de su propia aventura personal, de su propia maduración. Para ser una aventura espiritual y no sólo intelectual, le falta la doble dimensión de la soledad y el riesgo, que traspasan de parte a parte la aventura espiritual: el riesgo (en términos de razón humana) de un fracaso irremediable y, peor aún, de la vanidad de la misión – una voz solitaria que se desgañita en el desierto, una ola temeraria que se estrella contra el acantilado inerte, inmutable, altanero de la indiferencia de todos. Es en la soledad del ser, que decanta en sí mismo un conocimiento que es el único en atreverse a presentir el precio; solo frente a un mundo obtuso, impermeable, indiferente, arisco; solo frente a la voz de la duda (¡oh cuán razonable!) que viene, como un insidioso eco, a hacer coro con la indiferencia y el desprecio de todos para lo más valioso que lleva – es bajo la dolorosa tensión de ese vacío, estirado hasta el extremo hacia una oscura e imposible realización, donde se templa al hilo de los años y se padece a lo largo de una vida la verdadera misión – la única que tiene cualidad de obra espiritual.
Así, en la obra de Darwin veo esta aparente paradoja: marca una etapa importante en la aventura espiritual de nuestra especie, en busca a tientas del conocimiento de sí misma y de su destino, sin que por ello tenga, en la vida misma de su creador, ¡cualidad de obra espiritual! Por decirlo de otro modo: dudo que con esa obra Darwin haya madurado espiritualmente[7]. (Mientras que no hay ninguna duda de que al nivel de una comprensión intelectual del Mundo, incluyendo una comprensión del camino de su propio pensamiento y del pensamiento científico en general, Darwin ha aprendido enormemente a lo largo de su trabajo de toda una vida).
Igual que el mismo Freud (que tiene tres años cuando aparece el Origen de las Especies) hará más tarde, Darwin tiene buen cuidado de limitarse al terreno considerado sólido y seguro de la ciencia: reúne y ordena un vasto abanico de hechos, avanza hipótesis para “explicarlos”, apoyadas por argumentos o pruebas parciales más o menos concluyentes. Al hacerlo, no ignora sin embargo que el cuadro que está trazando tiene un alcance que desborda con mucho el de una disciplina científica, feudo de un puñado de especialistas. Ha aportado materiales, ha iniciado un vasto edificio – ¡que cada uno haga con él lo que quiera! Y ya en los siguientes decenios, ciertamente no faltaron. Rara vez una teoría científica, y además una teoría muy técnica, habrá sido tan usada en todas las salsas, incluyendo y sobre todo las menos recomendables. Se ha querido ver en las “leyes” de la “lucha por la existencia” y de la “supervivencia de los más aptos” una justificación “científica” de la competitividad a ultranza, la brutalidad implacable y hasta las guerras y los holocaustos, que todavía hoy son la regla y la ley en la mayoría de las sociedades humanas y los grupos humanos. Igual que en los buenos viejos tiempos, bajo el báculo de las santas Iglesias, era la sempiterna “voluntad de Dios” la que se suponía que sancionaba las innumerables iniquidades y barbaries que llenaban la sociedad, ahora que al fin estábamos a punto de superar supersticiones y beaterías (¡el Progreso no se detiene!) es la Ciencia la que debía reemplazar los oficios del buen Dios: el Darwinismo, en buena hora, ¡venía al pelo para reflotar la famosa “Ley del más fuerte” tan universalmente estimada!
Así no hay que extrañarse de que para un Fujii Guruji, cuya misión es la del respeto a todos los seres y todas las cosas, el nombre de Darwin sea sinónimo de “ley de la jungla”, y encarne el aspecto profundamente maléfico del triunfo y el culto de “la Ciencia”, y de un cierto espíritu que hace alarde de ese nombre y que él denuncia con razón[8]. No es el único, en mi lista de mutantes, que no ha podido dejar de enfrentarse a poco que sea con el pensamiento de Darwin y sus consecuencias inmediatas. Así Kropotkine, inspirándose en las ideas de Darwin, toma a contrapié las bienpensantes interpretaciones “junglistas” en su libro de nombre bien elocuente “La Ayuda mutua – un Factor de la Evolución”. Pone en evidencia que dentro de las especies de animales superiores, la ayuda mutua es una ley de la naturaleza y un factor de evolución no menos importante que los de la competitividad, que Darwin resaltaba[9]. En muchas páginas de su hermoso libro se nota vivamente hasta qué punto el hombre de corazón (tanto y más aún que de razón) que fue Kropotkine, era sensible a la presencia silenciosa e intensamente activa de una fuerza de esencia espiritual en la vida animal. (Incluso si se guardó mucho de formular en esos términos, casi “religiosos”, ese aliento de misteriosa solidaridad que tan vivamente percibía…)
Más aún que en el caso de Kropotkine, los mensajes de R.M. Bucke y de Teilhard de Chardin son casi impensables fuera del marco de referencia evolucionista proporcionado por Darwin. También Freud, y todavía más Rudolf Steiner, estaban familiarizados con el pensamiento de Darwin. Es cierto que el nombre de Darwin estaba en todos los labios en el mundo culto, en el momento en que uno y otro estudiaron y se impregnaron del espíritu de su tiempo.
En fin, Edward Carpenter, que bajo su aspecto siempre modesto y sin pretensiones tenía una cultura tanto científica como humanista impresionante por su extensión y solidez, también estaba al corriente de las ideas de su prestigioso compatriota algo mayor. (Tiene quince años cuando aparece el Origen de las Especies.) Vista su extraordinaria autonomía interior, apenas hace falta decir que no se dejó arrastrar por entusiasmo de la vanguardia científica de su tiempo por el “Darwinismo”. Veía claramente hasta qué punto las tentativas de “explicaciones” mecanicistas de la Evolución yerran totalmente en lo esencial. Verdaderamente sentía “con las tripas”, en este caso hay que decirlo, el extraordinario hecho de la Evolución, como un proceso creativo que se ha desarrollado en todo tiempo, cual un Génesis sin fin que comenzó mucho antes de la aparición de la vida orgánica sobre la tierra, cuando la materia sordamente se prepara a recibirla y a llevarla, trabajo que se sigue realizando a través de las vicisitudes de la historia de los hombres y de su largo camino hasta hoy mismo, y que nos empuja adelante hacia nuestros desconocidos destinos (inimaginablemente gloriosos) por toda la eternidad. Esa viva percepción del hecho de la Evolución, y del sentido de la unidad cósmica de la vida humana con toda vida vegetal y animal y la del Universo en su globalidad, están en el corazón mismo de su visión del Hombre, de su lugar y sus destinos; el “verdadero hombre”, el hombre plenamente consciente de su unidad y de su naturaleza divina, que es el último punto culminante del eterno movimiento, eternamente retomado y jamás acabado de la Creación[10].
NOTAS AL FINAL
[1] Continuación de la nota anterior “El Iluminador”. El primer borrador de la presente nota es del 24 y 25 de enero, y fue escrita durante la redacción de la nota “Los mutantes (5): el abanico de mutantes” (no 112), del 24-26 de enero. Entonces se trataba, de paso, de explicarme a mí mismo por qué había incluido a Darwin entre mis mutantes. En lugar de unas líneas o de una página o dos, fueron ocho páginas, así que hice una nota separada que pensaba insertar en los siguientes días. Más vale tarde que nunca…
[2] Antes del impresionante auge de la biología molecular en la segunda mitad de este siglo, el único medio conocido para determinar las filiaciones entre especies y, con eso, de trazar partes del Árbol filogenético, era el estudio de vestigios fósiles (paleontología). A base de un prodigio de ingeniosidad se logró, a lo largo de un siglo, determinar a grandes rasgos la estructura del Árbol. Ese conocimiento fue considerablemente precisado gracias a los métodos, mucho más potente en lo que restecta a las especies actualmente vivas, de la biología molecular, basada en el estudio de las relaciones de parentesco entre ciertas macromoléculas orgánicas (proteínas), que se encuentran en formas parecidas en las especies que pertenecen a un gran grupo dado, e incluso en todas. Es notable que por dos métodos totalmente diferentes, y salvo correcciones menores en el cuadro“paleontológico”, se llegue a un mismo dibujo del Árbol (pero mucho más detallado con el método molecular). Su existencia ya no tiene nada de hipotético: ¡es uno de los hechos más sólidamente establecidos en las ciencias! Mientras que el “Darwinismo” en el sentido estrecho y técnico del término, como una tentativa de explicación mecanicista del proceso evolucionista, permanece como una hipótesis, y que tiene muy pocas posibilidades de ser probada alguna vez, pues es de sentido común que es falsa (e incluso, tomada al pie de la letra, loca de atar…).
[3] Por supuesto también podría haber puesto el ejemplo de un músico componeindo o tocando música, o de un sabio desarrollando una teoría (por ejemplo el mismo Darwin escribiendo el Origen de las Especies…): o incluso, tanto da, cualquier actividad humana o animal en que la presencia de un propósito, el único que da sentido a esa actividad y que es su verdadera “causa” (final), es evidente para todos.
[4] Compárese esta reflexión con las realizadas en las secciones “El Creador – o el lienzo y la pasta” y “La cascada de las maravillas – o Dios por la sana razón” (nos 24, 30). La visión evolucionista también se evoca en la nota “Richard maurice Bucke – o el apóstol de la otra realidad” (no 74).
[5] En este tema hay que mencionar a Lamark (1744-1829) como precursor directo de darwin, y Alfred Russel Wallace (1823-1913), naturalista inglés que desarrolló (entre otras) una teoría de la selección natural independientemente de Darwin y hacia el mismo momento. Tengo la impresión, por lo poco que sé de uno y otro, que son dos sabios de una originalidad y una profundidad notables, y de una talla totalmente comparable a la de Darwin. Si para el gran público el nombre de Darwin es el que, desde hace más de un siglo, está ligado a la idea de Evolución, mientras que los de Lamark y Wallace están relegados a un relativo olvido, es sin duda porque Darwin encarna la visión mecanicista de la Evolución, que ha tenido el favor del mundo científico hasta hoy, mientras que Wallace igual que Lamark, a riesgo de ir a contracorriente de las tendencias dominantes en el mundo científico, no podían dejar de sentir, en el despliegue de la ida sobre la tierra y en la transformación de unas especies en otras, que no actuaba el juego de mecanismos ciegos, sino una fuerza creativa de naturaleza espiritual. Así, no me parece que esté totalmente excluido que en las próximas generaciones, rectificando el tiro, se asocien tanto los nombres de Lamark y de Wallace como el de Darwin al descubrimiento fundamental del hecho de la Evolución. Además fue el mismo Wallace el que dio el nombre hoy consagrado de “Darwinismo” a la teoría de la selección natural que hasta entonces se llamaba “Teoría de Darwin-Wallace”, al elegirlo como título de la obra (un clásico sobre el tema) en que expone esa teoría. Las costumbres decididamente han cambiado mucho en un siglo…
[6] Conviene hacer una excepción parcial con Krishnamurti. No más que Darwin, no tuvo que abrirse camino a través de un mundo indiferente u hostil, ¡y con mucho! Por el contrario, está muy claro que las opiniones más penetrantes de Krishnamurti no estaban en modo alguno “en el aire” (y tampoco lo están hoy), como estaban las de Darwin.
[7] Véanse al respecto los breves comentarios sobre Darwin en la nota “Los mutantes (9): los mutantes y las hermanas enfrentadas” (no 133), página 882.
[8] Respecto a la actitud de Guruji frente a la ciencia en general y Darwin en particular, véase la nota citada en la anterior nota a pie de página, especialmente las páginas 886-888.
[9] Seguramente no es casualidad que Darwin, que (al contrario que su compatriota y contemporáneo Carpenter) formaba parte de la sociedad y compartía totalmente los prejuicios sociales de su tiempo, haya resaltado Las fronteras del pensamiento la competitividad como factor principal de la Evolución, en una sociedad ella misma ferozmente competitiva. Aquí se ve claramente cómo una inmadurez espiritual, una falta de autonomía interior frente a un “espíritu de los tiempos” que entonces impregnaba todas las mentalidades, repercute profundamente al nivel del trabajo científico. Aunque era un genio, espiritualmente llevaba las mismas orejeras que todos. Y tampoco es una casualidad que su teoría haya servido sobre todo (fuera de las ciencias naturales) para justificar el bárbaro orden social existente, y que su nombre esté desde hace un siglo en el zenit de la gloria, mientras que el de Carpenter, después de medio siglo ya, esté prácticamente olvidado…
[10] Esta visión evolucionista se presenta como en filigrana a través de todo su libro “Civilisation – it’s cause and Cure” (publicado en 1889), en el que un capítulo está explícitamente consagrado a la Evolución. Carpenter se inspira en el pensamiento de Lamark, del que habla calurosamente, más que en el de Darwin que gozaba del favor del público en ese momento (y que lo sigue teniendo después de casi siglo y medio). Seguramente tendré que volver sobre la visión de la Evolución que Carpenter desarrolla en ese libro, sin dejarse intimidar por el hecho de que él mismo no era naturalista, y dejándose guiar por su propia experiencia de los procesos creativos en la vida humana como en la vida vegetal y animal. Espero y creo que esa visión de la Evolución, exenta de todo tecnicismo, será fuente de inspiración para las generaciones futuras, incluyendo también a los naturalistas. ¡Ya es hora de que un viento llegado de otra parte irrumpa en sus laboratorios y en sus museos! En cuanto al libro “Civilisation…”, recopilación de inspiradas meditaciones sobre una enfermedad infantil llamada “Civilización”, es a mis ojos (y a riesgo de que me llamen de todo…) un libro no menos capital en la historia de nuestra especie que el Origen de las Especies de Darwin. La obra de Darwin cierra de alguna manera la pasada Era (que a veces llamo, con un poco de irreverencia, “la Era del Rebaño”). La de Edward Carpenter, como las de Whitman, Freud y Neill ya prefiguran y abren la Nueva Era.

Es muy bueno este análisis donde el azar no es lo que determina la evolución ya que NO existe selección natural de algoritmos o códigos. El proceso de selección es adaptativo y conveniente. La selección natural solo actúa en el “output” de los algoritmos o planes codificados.El algoritmo inicial es siempre extrínseco y supone una inteligencia superior y basta el más ligero cambio en el “código” (máquina de Turing) para rendirlo completamente inútil.La selección pues actúa “por fuera” y no puede -en absoluto- prescribir el propio algoritmo y por tanto tampoco prescribir información para la organización del código o mensaje ni de la más mínima función biológica. La organización de la vida siempre surge de la elección contingente pero no de la necesidad o de la oportunidad de contingencia, ya que no se puede “cuantificar” la información prescrita. Existe un ordenador con un código nuclear y mitochondrial en el que está escrito el “software” de la célula con un conjunto de algoritmos que dirigen las funciones metabólicas, la adaptación al entorno y la reproducción . Este algoritmo, programa o plan vital que se encuentra escrito en la célula consiste en un horario perfectamente coordinado para la función celular cuya complejidad es tal que requiere una inteligencia superior que no se encuentra en la simple materia pues está necesita “ser informada extrínsecamente” para poder funcionar coherente y perfectamente. No es posible la “autorregulación” sin el previo concurso de una información algoritmicamente que ha sido enviada “desde fuera”Un plan implica una construcción inteligente. El viento puede producir silbidos “musicales” de modo “natural” pero éstos NO se encuentran escritos en ninguna partitura que pueda registrar “un plan” de producción a fin de poder ser reproducidos con “orden y armonía perfecta” Y EL PLAN implica “modos” de decisión por el que sean “elegidas” las acciones a tomar, de acuerdo a la finalidad deseada para la estructura. El “plan biológico” implica inteligencia superior y compleja y sus características NO pueden ser producidas por el solo concurso de leyes y atracciones físico-químicas.La selección natural nunca actúa sobre las ideas inherentes a los planes codificados en el algoritmo vital-funcional.Un saludo cordialSantiago Hernández
Gracias Antonio.Sé que es del señor este al que estás leyendo. Lo dices. Lo dice él con su manera de escribir. Nada que ver con la tuya . Nada. Bueno, ni mil palabras más. Todo lo que escribo no creas que nace de una mente atormentada. Son cosas más antiguas que el sol. Me muero de la risa . Mira que me han dicho cosas , pero esto, jamás. Y, como tú, me cuido lo que puedo. Y si mi imagen aquí es de ser atormentado, lo mejor que puedo hacer es salir corriendo. Besos. Y, por favor, publícalo.
Buen texto. Este señor es creacionista a tope. Por eso dice que la teoría evolucionista de Darwin adolece de una visión más completa. Como que le ‘ reprocha’ que todo lo deje en manos de un azar impersonal, inhumano. Pero no es así. Habla de adaptación a un medio en concreto de una especie en concreto. De esa idea parte. Y si va hacia atrás hacia atrás…llega a la conclusión de que tiene que haber ancestros comunes. Y por lo visto, actualmente, en el mundo científico está aceptada la idea. Pero, cuidado, no es una teoría del caos matemática. No. En Darwin no. Sigue una especie de ley de supervivencia en un medio determinado y eso dirige la evolución. Nada de caos. No. La teoría del caos es otra historia. Viene a decir que cuando en un proceso el número de variables supera un numero crítico, se convierte en una especie de función impredecible, porque no hay manera matemática de controlarla. Supongo que ahora, con la inteligencia artificial, que es capaz de hacer cosas increíbles, a lo mejor, no sé, esa teoría sufre cambios. Porque quizás es capaz de controlar un numero enorrrrme de variables. No lo sé. Cuando se dice que la vida es fruto del azar, es otra historia. Parece ser que, y digo parece y por lo que he leído, la vida primitiva empezaría en una especie de océano, donde fueron capaces de unirse nuevas formas que debido a la integración de la energía en nuevos compuestos químicos que se iban formando, debido a la colisión de estos, a veces se fusionaban. A veces. La vida empezaría entonces cuando unos nuevos ‘ ‘ ‘orgánulos’ tuviesen la capacidad de duplicarse. Ahí hay quienes consideran que empieza ‘ la vida ‘. Porque un ser vivo para considerarse como tal, tiene que pertenecer a una especie con capacidad reproductora, porque si no la tuviese, pues no habría especie. Está clarísimo. Y no quiere decir que todossss los individuos se tengan que reproducir, sino La Especie en su conjunto. Y en ese momento, a jugar… Cómo se llegó a formar la primera célula procariota, es decir, sin núcleo diferenciado…pues…vaya usted a saber…por qué un tipo de células aprendió a hacer la fotosíntesis y otras no? Ni idea . Y ahí empezó el proceso de adaptación a la vida. Nadie dice que todo se formó jugando a la ruleta. Es que eso no es así. Pero bueno . A lo que va este artículo o trocito de libro. Es muy sencillo. Todo esto está dirigido por un ser superior o no? Pues los creacionistas dicen, piensan que es obvio… Y los no creacionistas piensan… O no… O las cosas así fueron…Quién tiene razón? Pues es obvio que hay un interés filosófico religioso en el creacionismo. Unos por estar convencidos y otros por intereses religiosos, más allá de su propio pensamiento. Y ahí empieza el jaleo gordo. No sé la lista de mutantes de este señor, no me parece un término adecuado, no son mutantes, son pensantes sin miedo a pensar y con una dedicación al trabajo y una capacidad reflexiva, comprensiva… totalmente envidiable. Porque el término mutante aplicado a un texto en el que se habla de proceso evolutivo, me parece que lleva a confusión. Eso creo. Me parece estupendísima la reflexión de este señor. Estupenda. Pero existimos otras personas que pensamos que ese proceso no tiene porqué estar dirigido por un ser superior. Siempre con su permiso. Y esa es la clave actual de si Dios creador existe o no existe. Esa es. Lo tengo clarísimo. Y hay mucho en juego. Muchísimo. Tengo claro también que ganarán los de siempre, pero no COMO siempre. Porque ya tenemos acceso a leer libros. Ya no ganarán por goleada. Dicen que no se trata de ganar…sino de que comprendamos de que es LA VERDAD. Dios mío, La VERDAD … Qué será eso? Siento la extensión, no lo lean, léanlo por encima, en diagonal o como quieran, si es que quieren, pero lo escribo. Y si Antonio tiene a bien publicarlo, que lo publique y si no, pues no. Buen día.
Hola, Carmen!
Claro que te apruebo todos los comentarios que envías. Sé que en todos está expresado todo lo que piensas-sientes (como sueles decir) con gran sinceridad, comunicando a los demás sin imponer y menos desautorizarles. Si lo crees necesario para desahogarte, no dejes de hacerlo. Para algo habrá servido ATRIO y tienes razón: el que no quiera leerte de nuevo, que no te lea. Y punto.
Pero no deja de preocuparme esa tormenta de ideas en tu mente y dudo si tanto escribir tdo en ATRIO puede ser bueno o no para ti. Prescindo ya de preocuparme de la moderación y limitar el número de participaciones diarias de un comentaristas en cada hilo. Ya no me interesa el futuro de ATRIO. Me preocupa el que yo no tenga capacidad para irte contestando una a una las cuestiones que planteas.
Co frecuencia aludes a lo que yo he dicho o a los textos que he elegido para la página central. En el caso de hoy a los escrito por Alexander. No tengo tiempo ni capacidad para sistematizar -y menos para expresar- todos los pensamientos o verdaderas tormentas mentales que me surgen de tus comentarios. Perdona que no te conteste con detalle. No es desatención. Ni cobardía. Es discapacidad.
Y, como tú me dices, cuídate mucho. Serena tu alma, que remanse tu agitado mar de ideas. Que penetre en tu vida la luz que se os da para iluminar e impulsar toda vida. Que buena suerte tenemos los que hemos nacido en esta orilla del Maditerráneo. Aún podemos esperar que tndremos una florida primavera en en esta año de nuestra vida.